El arte de mirar

Hace pocos días estuve en Nabusímake, ciudad indígena habitada por los Arhuacos y capital de la Sierra Nevada de Santa Marta. Es un lugar que actualmente se encuentra restringido para los visitantes (somos pocos a los que nos llegó una suerte repentina y pudimos llegar sin problema). Por eso, después de cuatro horas de carretera maltrecha desde Valledupar, nos vimos obligados a pasar por el control de ingreso en la entrada del resguardo.

Un indígena moreno, con el cabello negro y grueso, su manta blanca y su sombrero encocado, que custodiaba la entrada, se acercó a nuestra camioneta 4×4 de llantas altas, con las que habíamos lidiado el tortuoso camino. No hizo preguntas, solo nos inspeccionó con aquella mirada que no necesita palabras. En ese momento entendí su privilegiada capacidad de observación, que reconoce más allá de las apariencias, propia de quienes viven con serenidad. Nos clavó sus ojos de soslayo, sin quitárnoslos de encima, como si con ellos nos escudriñara el alma. Fue una mirada muy fuerte, atrevida, poderosa, pero a la vez infantil, con esa especie de inocencia que tienen los niños cuando contemplan sin prejuicios.

Entonces, me pregunté, cuándo nosotros, los hombres civilizados, remplazamos nuestras miradas por las palabras. Cuándo las trajinamos tanto que los ojos se sometieron a ellas y perdieron la utilidad de ver la verdad, de leer lo que no se dice, de expresar lo que quiere el corazón. Porque una mirada intimida, porque una mirada expresa, porque una mirada conecta, revela, escudriña, acompaña.

Nos enseñaron que la intrepidez no es bien vista y entonces, mientras crecemos, poco a poco vamos domesticando nuestros ojos y dejamos de ver con descaro, con ingenuidad o con curiosidad. Entonces nos vestimos con los trajes convencionales de lo que debemos ser, poniéndonos las máscaras que nos esconden de los otros y, en reciprocidad, nos sometemos a la prudencia, que no es sino la solidaridad para que los otros también se escondan, condenando a nuestros ojos a mantenerse siempre inquietos, paseantes, fugitivos. Muy poco nos miramos para decirnos algo, eso se lo dejamos a las palabras, no siempre sinceras. Evitamos los ojos del mesero, de un conductor o incluso, de nuestros seres queridos. Mirarse es conectarse alma a alma, eso bien lo saben los enamorados, pero luego lo olvidan.

Hace tiempo asistí a unas danzas rituales, se llaman biodanza, y me pareció una manera hermosa de conectarnos como humanidad. En un círculo, todos tomados de la mano, hacíamos una especie de ronda, girando hacia la derecha, mirando hacia adentro. Había otro círculo interior, cadenas de personas cogidas de la mano, que miraban hacia afuera, hacia nosotros. Ellos giraban hacia el lado contrario, y así, establecíamos contacto visual persona a persona, los de adentro con los de afuera. El giro era lento, parsimonioso, místico y el propósito era conectarse, compenetrarse, mirarse, sin pensar, sin juzgar. Un paso al lado, otra mirada. En esos segundos de conexión con el otro se entendía tanto… Sentí que quien se encontraba frente a mí era “otro yo”, viviendo, aprendiendo, sufriendo, buscando felicidad, con el mismo corazón frágil que todos tenemos y que tratamos de ocultar cueste lo que cueste. Sentí unidad, compasión, afecto, amor.

Quise repetir la experiencia en una “rumba yógica” (el término exacto no lo recuerdo), a la que asistí hace poco. Una noche nos reunimos varios aficionados a bailar en un centro de yoga, a sentir nuestro cuerpo, a conectarnos con él, o a desconectarnos, a movernos como se nos antojara. Nos explicaron que podíamos buscar contacto visual con cualquiera de los asistentes y bailar frente a esa persona. Cuando ya sintiéramos que era suficiente, podríamos poner las manos en forma de oración y agradecerle mentalmente con un Namasté (que significa “reconozco y saludo la divinidad que hay en ti”). No sé si seremos los bogotanos, o los colombianos, o los occidentales, los que tenemos ojos que no se miran, ya sea porque somos débiles, o tímidos, o porque creemos que mirarse es una intromisión o mala educación. Esa noche el contacto visual fue completamente nulo y la mayoría de los asistentes resultamos bailando con los ojos cerrados, unos en una especie de trance, otros con desánimo y otros como si el parco salón para hacer yoga fuera una discoteca (la hubiera preferido con creces).

Una mirada sostenida revela fuerza, amor, sinceridad. Bajarla puede ser sumisión, evitarla insinúa mentira. Ahí es cuando las palabras llegan a hacer su trabajo de convencimiento. Cuando miramos a alguien a los ojos no necesitamos decir nada. En cambio, es costumbre querer decir mucho, para no mirar. Rellenamos el sutil y delicado silencio con palabras innecesarias y se nos olvida que también es válido simplemente “estar”. Sin decir. Nos enseñaron a sentir urgencia cuando un silencio se interpone, a vencerlo como sea, muchas veces con palabras superficiales. Lo que no nos dicen es que el silencio también habla, su aliado es la contemplación.

Me sorprendió ver la paz que emanan los Arhuacos, su poco hablar que evidencia serenidad, pero estoy segura de que se comunican en silencio y que de él leen lo que nosotros somos incapaces de ver. Dicen que cuando alguien nos va a agredir, a robar, a atracar, etc. solo basta mirarlo profundamente a los ojos y no será capaz de hacernos daño. No lo he probado, pero sí he notado, por ejemplo, que cuando en el tráfico pesado de Bogotá un conductor no quiere darme el paso, o me va a mandar encima el carro, no se atreve a mirar.

Un viaje vale la pena cuando nos cambia la forma de ver el mundo, por ejemplo, cuando viajamos a Oriente o a lugares exóticos en donde la cultura es un choque contra nuestras costumbres y despierta de nuevo nuestro asombro, ya dormido. Aunque, la verdad, no importa el lugar, sino los ojos con los que observamos y la apertura mental que llevemos para aprender. Los viajes nos regalan experiencias, nos brindan placer y nos generan aprendizajes culturales, históricos, gastronómicos. En este caso, Nabusimake me llegó al corazón cuando avivó mi mirada y acalló mis palabras.

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4 comentarios sobre “El arte de mirar

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  1. hace un tiempo entendí la diferencia que hay en el mirar y el observar, la mirada pasa rápido, la observación detalla con la mente, analiza, estudia, detalla.
    Gracias por compartir.

  2. Caro, en constelaciones f. se da mucho el mirar a los ojos. De hecho es muy importante detectar si las personas se pueden mirar o simplemente no lo logran. Me parece super linda tu reflexión!!! Deberíamos poder mirarnos más….

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