¡Ay! las ventas…

Me pregunto si el arte de vender es un talento nato, una habilidad adquirida o una labor de monitoreo continuo de la propia estima. Admiro a aquellos insistentes vendedores de productos difíciles, como las aspiradoras o los seguros de vida, que nunca se dan por vencidos a pesar de la cantidad de negaciones que deben de recibir a borbotones. Me pregunto qué hacen con tanto rechazo y si tantos “no” afectarán su amor propio. Los compadezco cuando pienso que su sustento depende de ello, y también su trabajo cuando tienen que cumplir las aterradoras metas de ventas que, además, cuando por fin las cumplen, las suben, pues injustamente suponen que debieron de estar muy bajas.

A lo largo de mi vida he vendido ciertos productos, unos muy exitosos y otros no tanto. Pero de todos he aprendido. Recuerdo, de pequeña, la primera vez que vendí. Eran unas laminitas para tatuarse en la piel, de Mazinger, un robot ochentero que robaba audiencia en los recién salidos televisores a color. Mi hermano me las vendía “a peso” después de que se las regalaba un compañero cuyo padre trabajaba en la empresa del jabón Rexona, que saldría pronto como promoción con dichas láminas de regalo. Yo las vendía a 10 pesos. Cuando mi hermano se enteró de mi fortuna me tildó de estafadora, poco antes de que los jabones con la promoción salieran al comercio y mis compañeras también me llamaran de la misma forma. El negocio se acabó por punta y punta.

Luego siguió el tráfico ilegal de bombombunes, supercocos y hasta sánduches durante toda la época del colegio, hasta que me gradué o, casi al mismo tiempo, hasta que me hicieron un reclamo por un pelo que salió en una lechuga y no sé si aquella indelicadeza me desprestigió o no me atreví a vender más productos sin los procedimientos higiénicos que hoy recomienda el Invima.

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Solicitud a un hombre difícil

1947, DOÑA LUCÍA, AL MARIDO

Unidos por la Iglesia y con el salvoconducto divino, le recuerdo que soy toda suya, incluido mi reservado cuerpo para que me haga otro hijo. Dios es testigo de que el sudor que empapa las sábanas, el cosquilleo de mi entrepierna y las ansias de un abrazo entero suyo no son más que llamados a cumplir con el deber de procrear, igual que el de asumir mi deber de esposa y así compartir mi carne para que sea una sola con la suya, como dice la Sagrada Biblia. No me deje sola esta noche sin su compañía, ya van varias otras de espera y solo siento su calor lejano en la profundidad de mis sueños. Tranquilo que no le estoy juzgando, tampoco es mi derecho preguntarle por qué anda usted tan ocupado hasta altas horas de la noche, yo sé callar, como toda mujer respetable debe hacerlo. Hace tiempo no se emociona usted al verme peinar mis cabellos, ni se atreve a arrebatarme de mis inocuas cavilaciones cuando me toma de mi brazo frágil, me dirige a nuestro lecho y me embiste con afán mientras sube mi camisón blanco, que bordé con tanto entusiasmo pensando en usted. Hace tiempo no disfruto de su voz sonora, exclusiva, ofrecida solo a mí y libre de las palabras intelectuales que usa dirigir a su público de aduladores. Hace tiempo que no le veo quitarse su frac, su chaleco y su sombrero mientras sus ojos se clavan en los míos, haciéndolos suyos.  Espero su atención como el mismo piano triste de la sala que, al esperar ser tocado, guarda una hermosa melodía. Cuando me aplico la sábila que Rosario arranca del jardín trasero sobre mis piernas pienso en sus gentiles manos y solo ayudo a la criada a amasar las arepas porque el movimiento de mis manos ansiosas me hace pensar en sus bien formados músculos, y que Dios me perdone si no es porque ya Hernancito tiene dos años y necesita un hermano. Sigue leyendo “Solicitud a un hombre difícil”

El idioma y la “realidad”

Hace unos días recibí una llamada del colegio de mis hijos en la que me invitaban a participar en una charla en conmemoración del día del idioma. Hoy me mandaron unas preguntas –que no sé si hicieron los niños o los profesores– para que las prepare para el siguiente día, cuando lastimosamente tendré que responderlas con cierta vergüenza en el momento en que llegue la hora de decir que, de niña, contrario a los famosos escritores que se sumergían en las grandes bibliotecas de sus padres o de sus tutores o de su escuela o de una biblioteca pública, más
bien me conformaba con valerme de la imaginación de mis juegos infantiles y, entonces, era poco lo que leía.

Mientras los escritores famosos a edad precoz se leyeron El Quijote o las grandes obras de literatura universal intuyendo el gran tesoro que guardan los libros yo lo único que atinaba a leer era Condorito y Mafalda. Y mientras ellos, grandes maestros, podían ya esbozar la comprensión de Borges o encontrarle sentido a la poesía y regocijarse con las aventuras de Tom Sawyer a los cinco años, yo a los doce solamente podía identificarme con la enamoradiza Susanita que soñaba con romances, hijitos y matrimonios. Esa es única respuesta que podría darles a los estudiantes a la segunda pregunta (con qué personaje de qué libro me identificaba) que me envió Jeny por WhatsApp, porque los pocos libros que leí de niña, más bien impuestos por el colegio, me parecieron aburridísimos (Platero y yo, El Moro, la María).

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Aila y Ajá

Era 1945 y Tita se iba a casar. Tenía quince años y parecía más una niña que una señorita. El matrimonio se llevaría a cabo en una iglesia ubicada en el centro de Bogotá, en la séptima con 19, a las cinco de la mañana. La familia Urbina caminaba apresuradamente desde la casa ubicada en la carrera segunda para cumplir la importante cita: la novia, los padres, el único hermano y sus tres hermanas, entre ellas mi abuela, que iba cojeando con una pierna herida, porque se había caído. El novio, León, un hombre alto, fornido y de voz imponente, hacía honor a su nombre esperando impaciente la llegada de su prometida mientras se paseaba como una fiera encerrada de un lado al otro del altar. Cuando por fin llegó Tita, en lugar de un saludo le espetó una frase seca: pues si quiere no nos casamos. Finalmente, el cura Sotomayor calmó al novio y concretó a los prometidos. Efraín, el hermano del novio, usualmente cantaba en la iglesia; ese día no fue la excepción.

Salieron de la ceremonia rumbo a la casa, varias cuadras empinadas arriba de la séptima, en el barrio Belén, exactamente en la calle 5 bis # 2-78, en donde se celebraría la boda con un desayuno. Tocó invitar al alférez, amigo del novio, un hombre serio, pulcro y de aspecto bonachón. Vaya le habla, que está como querido, le dijeron las hermanas a mi abuela. ¡No!, va a creer que como soy la única que falta por casarse me lo quiero cuadrar, les respondió. Entonces la que se dirigió a hablarle fue Carmenza, la más simpática, la menos tímida, la más atrevida. Poco después ella invitó a mi abuela Lucila, (Aila, como ahora le decimos todos desde que traté de llamarla por su nombre cuando apenas balbuceaba) a que se uniera a la conversación. Sigue leyendo “Aila y Ajá”

Nadar contra corriente

Hace unos días, poco después de que los estudiantes protestaran por el corto presupuesto de las universidades públicas, me uní a otra marcha, muy diferente, pero con el mismo trasfondo: el mal manejo de los recursos públicos. Al final, en lugar de evitar los desfalcos y los despilfarros o recuperar lo robado, lo único que se le ocurre al gobierno es exprimir con sevicia a los que nos encontramos “dentro del sistema”, jugando limpio.

Me junté con los empresarios e industriales de una de las zonas que se verán afectadas por el injusto impuesto de valorización (ya cobraron uno anterior, para obras que no se han hecho), que dizque se va a destinar para hacer unas obras no prioritarias de las que, seguramente, nuestros onorables (sí, sin hache, así de indecente es la palabra) concejales ya tienen amañados los contratos.

A las seis de la mañana llegué a una de las muchas calles parcas y sin gracia de ese sector, en donde de día deambulan los indigentes, al medio día toman el sol o la llovizna los empleados de salario mínimo que juegan fútbol en la cuadra antes de tomar el almuerzo que empacan en las madrugadas en su lonchera, y por la noche pasean las ratas, a ver qué dejaron los dos primeros (así de “valorizado” es el sector).

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Nosotras las cuarentonas

Mujeres maduras, ya con cierta sabiduría acumulada por la experiencia, pero sobre todo, con ansias de revelarla.

Ya tenemos la consciencia para usarla a nuestro favor, ya tenemos la confianza para compartirla con nuestras hermanas, ya sentimos que tenemos derecho y autoridad para reafirmarnos en lo que sabemos.

Ya sabemos que buscar respuestas afuera no tiene sentido y que no hay nada más reconfortante que buscarnos a nosotras mismas, como bien lo estamos haciendo las cuarentonas de esta generación.

No es coincidencia que seamos varias, muchas, es algo generacional. Somos a quienes nos tocó romper esquemas viejos y revelarnos contra la vida rígida o convencional que en su verdad y su infinito amor nos propusieron nuestros padres. Nos estamos atreviendo a cuestionar tradiciones y creencias, unas más antiguas que otras, a amañar, rechazar o acomodar la religión a lugares más cómodos y más creíbles, a educar a nuestros hijos de manera diferente reemplazando el miedo y el castigo por la toma de consciencia.

La generación que nos sigue viene limpia, a nosotras nos tocó el trabajo “sucio” de revisar y limpiar nuestra casa, creencia por creencia, pensamiento por pensamiento, decidir qué nos sirve y qué no, pues dicha casa será la cuna de las futuras generaciones. Es un trabajo largo, que ha durado años desde que nos comenzamos a cuestionar, desde que despertamos del sueño que nos decía que todo ya estaba estudiado, decidido e interpretado, desde que nos despojamos de las verdades impuestas en nuestra infancia cuando fuimos niñas obedientes. Fue un cuestionamiento lento, que tomó años en madurar.

No hay que envidiar a aquellas jóvenes que evitan ser complacientes y sueñan sin cobardía, porque nosotras fuimos sus consejeras. No las envidiemos cuando ellas emprendan sus sueños, mientras que nosotras hasta ahora nos estamos sacudiendo los patrones viejos, abandonando el trabajo de años o la carrera con que nos sostenemos para emprender desde cero lo que realmente queremos, o cuando nos priorizamos sobre las demandas de los demás que antes terminaban en la complacencia, porque nosotras, las cuarentonas, somos su ejemplo.

Hablo de las mujeres, caudillas de una nueva causa en la que los hombres intentan seguirnos, sorprendidos, curiosos, mientras nos miran amorosos, pero con poco entendimiento de aquello que nosotras ya entendimos pero que nos cuesta explicar, porque la única forma de hacerlo es con nuestros actos. Ellos en su natural simpleza no entienden nuestra complejidad y solo nos admiran al vernos más maduras, más sabias y más femeninas que nunca sin siquiera saber a dónde los estamos conduciendo a través de nosotras mismas. Les llegará su hora.

Nosotras las pioneras, ellos, los seguidores, nosotras a nuestra manera un poco mágica, y ellos a la suya, imperceptible, sin darse cuenta, con poca filosofía, pero con mucha practicidad, como lo presenta su género, confiando en aquello que nosotras estamos proyectando. Ellos toman lo que funciona y lo que no lo descartan, pero cuando miren hacia atrás no sabrán qué ocurrió, ni qué cambio se dio, simplemente verán el mundo diferente.

Es tan clara nuestra misión, que ni se menciona. La emprendemos sin arrogancia, sin batalla alguna. Es la misión silenciosa del redescubrimiento de nosotras mismas y del amor que les tenemos a los hombres para crear un mundo mejor.

No me gusta el fútbol, pero me encanta el mundial

Una visión femenina

Cada uno ve lo que quiere ver y el mundial de fútbol es un claro ejemplo. Nos amontonamos alrededor de una pantalla plana y, mientras que los señores se concentran en el juego sin despegarle el ojo al balón, comentan el fuera de lugar antes de que lo pite el árbitro, opinan que el delantero que se revuelca en el piso se cayó solo y pelean contra el televisor, nosotras, unas cuantas a las que nos importa un bledo qué equipo vaya a clasificar, nos entusiasmamos con el jugador que se prepara para remplazar al que le dijeron que descansara, que espera detrás de la línea blanca mientras hace un trotecito rápido para calentar los músculos que nosotras tratamos de adivinar bajo su camiseta de licra, fantaseando con su espada ancha y definida.

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Dime que no

A los diez años, una niña primorosa y que prometía ser una gran bailarina se presentó ante el director de una de las mejores academias del país. Nerviosa, hacía su debut, mientras poco a poco se iba soltando, dejando fluir por su sangre la música que le devolvía arte en sus movimientos. Al final de la presentación el director la rechazó, derrumbando el sueño de una pequeña con un futuro, hasta ese momento, Sigue leyendo “Dime que no”

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