DIEZ TRUCOS MÁGICOS PARA SOBREVIVIR A LA ASAMBLEA DE SU CONJUNTO

  1. Deje su ego guardado en la casa. La asamblea no se diseñó para que usted alardee de sus afiladas conjeturas, de su don de palabra, o de mando; ni presuma de su pinta o de cuánto viaja; tampoco para que restriegue su profesión a las amas de casa, a los vagos, a los desempleados o a los odontólogos.
  2. Si necesita reconocimiento búsquelo en otra parte. A nadie le interesa saber sus niveles de conocimiento en un lugar en donde a lo que se apela es a un mínimo nivel de sentido común. Frases como “soy abogado y el orden del día que proponen es ilegal” o “soy ingeniero y el piso de la escalera no cumple con la norma AJÁ-9034 de tráfico pesado” o “soy financiero y en el rubro de fotocopias hay una diferencia de 200 pesos” solamente entorpecen una reunión que se diseñó para solucionar y no para sobresalir. Si usted es de los ofendidos y este tipo de comentarios le molestan, absténgase de responder “y yo soy médico y usted tiene halitosis”.
  3. A nadie le importa su indignación histriónica. Más bien vaya a clases de teatro. Recuerde que las quejas no arreglan los problemas, así los exprese con furor. Plantee el inconveniente seguido de una propuesta sensata.
  4. A nadie le interesan sus anécdotas personales. Si quiere compartirlas, invite a sus vecinos a unas onces en otra ocasión. Aunque la asamblea es un evento importante que, anualmente, como la Navidad, muchos residentes aburridos o solitarios esperan ilusionados, la socialización es secundaria frente al protocolo que se debe cumplir por ley. Deje los comentarios y los juicios inoportunos, como “¿sí supieron que en el edificio del lado se murió el vigilante de un infarto, justo cuando abría la puerta?, qué peligro, se hubieran podido entrar los ladrones”. Al final, estos comentarios fútiles lo único que hacen es revelar quién es usted realmente.
  5. No saque a flote los problemas personales que usted no pudo arreglar con su vecino, ni busque que los demás tomen partido. Arréglelos con antelación y más bien láncese a la política.
  6. Dé prioridad al bien común sobre el bien particular. Por ejemplo, aunque usted no use el ascensor porque vive en el primer piso, puede, o debe votar para que le cambien el espejo que ya está oxidado. Tampoco llegue al final de la asamblea, justo cuando van en el numeral 16 de “proposiciones y varios”, para plantear una inquietud que solo a usted le incumbe.
  7. Si quiere sentirse poderoso haga pesas, trote, medite o póngase retos. No hay necesidad de sentirse superior a otros, por ejemplo, atacando, pordebajeando o ninguneando. Puede participar para aportar, no para humillar. Ataque el problema y no a la persona, ni siquiera con leves indirectas tales como “con todo lo bajita y lo rechoncha, pero para hacer ruido sí las vale”. No se ensañe contra el contador, que siempre es tímido, nunca conoce a nadie (así viva en el edificio), no ha aprendido a defenderse por andar siempre entre cuentas y papeleos y, para colmo, nadie se va a atrever a defender por no poner en evidencia su ignorancia en tan tediosos asuntos.
  8. Tampoco se deje intimidar por la aparente autoridad del “doctor” del pent-house que sale en televisión. En la asamblea él es simplemente un residente más con los mismos deberes y derechos que los demás residentes (aunque él tenga la manía de cometer ciertos abusos o tomarse el mismo tipo de prebendas que atrevidamente se toma en el gobierno, por ejemplo, usar el parqueadero de visitantes para los carros de sus escoltas o paralizar por horas el ascensor mientras acaba el desayuno)
  9. Tenga en cuenta el tiempo. Si el administrador se equivocó en la gramática de la lectura del acta anterior o el comentario de un vecino le pareció estúpido (hay muchos), por favor, ni siquiera lo exprese, ni siquiera sonría, solo ríase en sus profundidades, de lo contrario la reunión acabará (como siempre ocurre) a media noche.
  10. Piense, aunque no parezca, que la asamblea tiene un propósito. Siga las reglas y el orden del día. Deje sus inquietudes netamente personales o de baja prioridad para las “proposiciones y varios”. No pregunte tonterías. Guarde los comentarios innecesarios para la salida, si le quedan ganas de seguir despierto hablando pendejadas.

MI ÑAPA (como el 1,2,3 de Yamid): Tampoco se vale estar ausente, de espectador, simplemente contemplando el denigrante espectáculo de egos desesperados que buscan saciar su alma vacía mientras usted sacia su paladar goloso con las galletas de la mesa. Mucho menos se vale que, al final, cuando todo haya acabado, usted por fin se manifieste en privado, con el vecino de enfrente, justo cuando va a abrir la puerta de su apartamento, diciendo que estuvo en desacuerdo con todo lo que dijeron.

MI ÑAPA 2: Tampoco se vale andar merodeando antes de la asamblea, como un buitre, en búsqueda de poderes de quienes le huyen a dicho espectáculo, ya sea por tedio, por indiferencia o porque la vergüenza de no haber pagado varias cuotas de administración, para afectar la votación en pro de sus intereses personales.

MI ÑAPA 3: Declaración de sensatez (para ser entregada a la entrada de la asamblea). La palabra “conjunto” bien puede ser remplazada por “club”, “empresa”, “fundación”, etc. así como la de “residente” puede ser remplazada por la de “socio” o “padre de familia”.

Yo, XXX, residente del edificio/conjunto XXX, me comprometo a escuchar, a respetar la palabra de quien habla, a levantar la mano solamente para participar cuando sea necesario y para bien de la comunidad, con puntualidad y precisión, es decir, yendo al grano. Evitaré buscar la atención que no tengo en casa, o en la oficina. No sacaré a relucir asuntos pasados, querellas viejas o incompetencias irrelevantes de quienes intentan hacer lo mejor posible. Reconozco que en este espacio soy solamente, exclusivamente, un residente en igualdad de condiciones que los demás vecinos, quienes se merecen el mismo respeto que yo me merezco. Prometo no levantar la voz, no desviarme del orden del día, no hacer sonrojar al contador, no sabotear la reunión ni comerme todas las galletas mientras los demás vecinos discuten acaloradamente.

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Dime que no

A los diez años, una niña primorosa y que prometía ser una gran bailarina se presentó ante el director de una de las mejores academias del país. Nerviosa, hacía su debut, mientras poco a poco se iba soltando, dejando fluir por su sangre la música que le devolvía arte en sus movimientos. Al final de la presentación el director la rechazó, derrumbando el sueño de una pequeña con un futuro, hasta ese momento, bienaventurado. Años más tarde la niña, hecha ya una señorita trabajadora e independiente, tal vez una dependienta de un almacén o una profesora de kínder, asistió a un espectáculo del gran ballet al que ella, en la ilusión de su infancia, se presentó. Cuando se terminó la función, con su sensibilidad a flote, decidió acudir a donde el director, para felicitarlo.

–¿Se acuerda de mí? –le preguntó–. Fui aquella chiquilla talentosa que se presentó en el año 96 y bailó El Cascanueces, a quien usted rechazó.

–A todas les digo que no. Yo solo recuerdo a las que vuelven al siguiente año.

Esta historia trillada por los conferencistas motivacionales y por los libros de autoayuda insinúan que dar un no, no solo a veces es un favor, sino que es una respuesta temporal, una invitación a mejorar, a reintentar, a cambiar de fórmula o a reflexionar, nunca a darse por vencido, como le ocurrió a la chica de la historia.

Y, sin embargo, en la cotidianidad de nuestras vidas, poniéndonos del lado del director del ballet, nos cuesta trabajo decir que no. No sé si es porque nos han acostumbrado a quedar bien, o porque vivimos muertos de miedo a todo, por ejemplo, a ser juzgados por indolentes o por insensibles o por desconsiderados, o simplemente tememos no ser queridos. Decir que sí es una forma de garantizar el cariño de los demás.

Tal vez sea la razón por la cual rechazamos las invitaciones a punta de disculpas, siempre seguidas de un “es que”, en una imperante necesidad de explicar nuestros desaciertos. Lo que es peor, y que es muy colombiano, es que por evitar las negativas se acepte una cita y luego no se llegue, o se cancele a última hora, seguramente por teléfono, cuando no haya que poner la cara, o mejor, con un mensaje de texto en donde tampoco haya que poner la voz. Y siempre con una disculpa trágica. Este hábito se ha vuelto tan inherente a nuestra cultura, que aceptamos propuestas a sabiendas de que no podremos ir, pues simplemente es más cómodo cancelar después. Es poco común recibir un “no gracias”, sin explicaciones o con palabras sinceras tales como “no tengo ganas” o “prefiero quedarme en casa”. En nuestra idiosincrasia es común pronunciar frases que son solo de cajón, como “nos tenemos que ver” o “tienen que ir a la casa”, sin ninguna intención verdadera. En este juego de la cortesía mentirosa nos malacostumbramos a decir sí, queriendo decir que no y a decir no queriendo decir que sí, funcionando colectivamente en el mismo juego tácito de las imprecisiones.

Se vuelve un problema cuando compartimos con otras culturas, como le ocurrió a una amiga quien, solo por cortesía, invitó a su casa en Colombia a un holandés que conoció en Europa, y el muy atrevido aceptó, llegó de sorpresa a importunar su vida –que para colmo estaba dotada con novio a bordo– y, por ese motivo, debí socorrerla atendiendo a su invitado. O lo que me ocurrió a mi cuando con un “no, tranquilo, me da pena” esperé la acostumbrada insistencia de nuestra tierra colombiana, que nunca llegó.

Tal vez creemos que decirle no a otro es un rechazo, es un agravio, es hacerle un desplante y por eso nuestras negativas son blandas, inseguras, tartamudeadas. Pero, decir que sí con actos incoherentes que evidencian un no o, peor, tomar del pelo con respuestas inexactas es menospreciar al otro. Me ocurría de joven cuando no les definía nada a mis pobres pretendientes, craso error que la vida me ha explicado con vivencias que suceden ahora en vía contraria, por ejemplo, cuando mis clientes potenciales no pasan al teléfono o no definen la compra, tal vez pensando en que un no podría ofender, o entristecer, cerrar una puerta o desilusionar y yo lo que quiero es definir, como las bailarinas, qué hacer con la decisión que se me dé.  Porque no hay nada más desgastante que una respuesta a medias, o la falta de respuesta.

Creer que un no hará daño al receptor es subestimarlo, es castrarle su capacidad de compresión (aunque no siempre es inmediata). Es lo mismo que permanecer en una relación o no despedir a un trabajador por lástima y lo que hacemos es bloquear el flujo natural de sus vidas. Dar un no es confiar en que nuestra respuesta es la mejor posible, como un regalo: para mejorar, reintentar, reflexionar, buscar otros caminos o cambiar de estrategia, como lo incentivaba el director de ballet.

Decir un sin convencimiento es fomentar la mediocridad, hacerle daño a quien puede dar más, es darle la bienvenida a la resignación, es dar por sentado que la vida es estática o que solo existe un camino.

Como decía Ricardo Arjona –a quien le deben de haber dicho muchos nos (y él sigue insistiendo)–, en su mezcla de cursilería, mal español y sabiduría:

“Si me dices que no puede que te equivoques, yo me daré a la tarea que me digas que si”

“Dime que no, me tendrás pensando todo el día, planeando una estrategia para un sí”.

Entre otras cosas, al pobre deberían haberle dicho que no, que arreglara esa canción, pues pide un “no camuflageado” que evidenció la carencia de un diccionario y lo condenó a la mala estima de un público que salió espantado.

Porque, en conclusión, los Noes son la razón de crecer y prepararnos para saborear los Síes. (No “nos”, ni “sis”, pues contrario al cantante en mención, yo sí tengo diccionario)

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¡No señor, yo quiero un tinto!

Después de una hora de congestión vehicular, propia de un diciembre en Bogotá, llego a La Macarena, exactamente a la cuadra que a paso lento ha sido gentrificada con restaurantes mexicanos, peruanos, franceses. Me han citado en uno italiano. Comparto con mis compañeros de yoga una linda noche de cuentos y anécdotas mientras disfruto de mi lasaña vegetariana (me privé de la pasta marinera por culpa de un examen de sangre que se me ocurrió leer antes de tiempo, es decir, antes de la comida, y que me restriega en la cara mi alto nivel de colesterol). Cuando ya los estómagos satisfechos inducen a conversaciones más tranquilas, se acerca el mesero a preguntarnos si queremos un agua aromática o un café.

–Un tinto –digo yo.

–¿Un americano? –me corrige con disimulo el mesero mientras, seguramente, lo anota así en su libreta.

Protesto. No quiero que el tinto, esa palabra tan nuestra, tan colombiana, la cambien por otra más internacional, pero carente de identidad, desarraigada, ajena. Yo quiero mi tinto, el que millones de colombianos nos tomamos a diario en las oficinas, en una sala de juntas o en la intimidad de nuestra casa, al desayuno o de sobremesa después del almuerzo. Quiero el tinto que guardan los vendedores ambulantes en termos gigantes y que ofrecen en vasitos plásticos en cualquier esquina o en la carretera de “la línea” cuando hay un trancón, producto de una mula varada, o que cargan en una greca portátil en forma de morral sobre la espalda y que más parece un fumigador con glifosato, repartiéndolo por los pasillos de Corferias o en las graderías del coliseo El Campín. El que se toma solo, con mantecada, con pandeyuca o con un tiramisú, mezclas siempre perfectas (aunque a estas alturas, creo que la combinación óptima es la de la arepaehuevo con Omega 3). El tinto que se prepara en un trapo, en un filtro de papel, en una cafetera o en una greca, el que nos hemos tomado durante años y que disfrutamos –hasta hace poco– en un restaurante elegante. Si el americano se prepara diferente al tinto no es el punto, pues la papa es papa se haga al vapor, frita o cocinada dentro de un sancocho. Tampoco es argumento que se pueda confundir con el vino tinto, ese es problema de los españoles, o de los chilenos, no nuestro. Si extrapolo el comentario, no creo que a los sevillanos les preocupe que, cuando ofrezcan una “caña”, los colombianos la vayamos a confundir con una vara rígida para pescar, o con la planta que nos provee de la panela y el azúcar.

–Deberías escribir sobre eso –me dice mi vecina de asiento, después de mi queja (eso a veces hacen los amigos lectores, nos sugieren temas. Hace poco, un amigo de mi papá me propuso escribir sobre por qué las mujeres jodemos tanto, y otro, sobre las confidencias que nos hacemos entre nosotras).

En ese momento me pareció que mi batalla de estar corrigiendo a los meseros, a quienes se han encargado de entrenar muy bien para que borren de su vocabulario la palabra tinto, no merecía un escrito. Pero luego pensé que sí, que el famoso “americano” es la punta del iceberg de la inevitable globalización que, como su mismo nombre lo indica, no solo nos ha perturbado a nosotros, los colombianos, sino a los demás habitantes del mundo.

Por ejemplo, en junio, cuando estuve en España, alquilamos un carro (no un coche, ni un auto) que nos llevaría por varias de sus provincias. Ansiaba encender la radio para escuchar las guitarras arrebatadas y a veces también melancólicas que invitan a zapateos y castañeos, o esas voces flamencas que cuando cantan revelan su alma y cuando gritan sacuden la nuestra. Me cansé de oprimir insistentemente el botón de búsqueda, durante días, pues lo único que encontraba repetidamente en las emisoras era la voz de Maluma alardeando que tenía cuatro beibis, al Fonce entonando Despacito y a los mismos angloparlantes que cantan en todas las emisoras del mundo, literalmente.

Otro intento de uniformarnos culturalmente lo he visto cuando uno que otro colombiano se ha empeñado en celebrar el día de “acción de gracias” y hasta compran un pavo, sin ni siquiera saber por qué los gringos lo celebran* (pero a duras penas saben qué pasó el 20 de julio, o porqué se celebra el festival de negros y blancos en Pasto). Lo justifican diciendo que les gusta aprovechar esa fecha para agradecer, sin caer en la cuenta de que las gracias se deberían dar –y enseñar a los hijos– durante todos los días del año: a quienes nos sirven, nos ayudan, nos quieren, nos venden o nos compran, nos comparten, nos acompañan, nos sugieren, nos aconsejan, nos enseñan, nos corrigen o nos leen. Y a Dios, por supuesto, si está incluido dentro de nuestro paquete de creencias.

La globalización es inevitable. Gracias a la tecnología el mundo es más pequeño, más accesible, más comprensible, más escarbable. Pero es imperdonable que desechemos nuestras tradiciones, lo local, lo único, lo que nos distingue de las demás culturas, de los demás pueblos, de las demás historias, del resto del mundo. Es frustrante que en algunos colegios los niños solo canten las canciones de las películas de Disney, en lugar atreverse, de vez en cuando, a interpretar un bambuco o un currulao, que cada año armen un musical adaptado de Broadway en vez de bailar una cumbia o evocar el carnaval de Barranquilla, produciendo el desarraigo propio de quienes no aman su tierra y, lo peor, no se preocupan por su gente (por eso deforestamos, vendemos el oro que subyace en nuestros páramos –el verdadero tesoro– a unos jeques árabes o desfalcamos las arcas del estado en detrimento de los más necesitados).

Porque está bien conocer, explorar, importar, adaptar, unificar, hasta imitar, pero no despreciar.

Feliz Navidad amigos (voy por un tintico) y gracias por leerme.

*Un grupo de puritanos ingleses, que emigraban a América en el año 1620, arribaron a las costas americanas, justo en el duro invierno del mes de noviembre. Encontraron frio, hambre y desolación. Los indígenas Wampanoag los socorrieron, acogiéndolos y enseñándoles a cultivar el maíz.  En agradecimiento, el año siguiente, cuando ya estaban establecidos, los colonos decidieron compartir su cosecha con los indígenas. Este gesto pasaría luego a ser una de las tradiciones más importantes de E.U. Años después, los Wampanoag fueron desplazados de sus tierras, sus líderes fueron asesinados y descuartizados, su gente sometida a la servidumbre y otros tantos con mejor suerte vivieron al margen de la sociedad blanca durante varias generaciones.

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Borges y la higiene

Este fin de semana Mancho, mi hermano, me recordó el famoso poema erróneamente atribuido a Borges, “Instantes”, que consta de estrofas llenas de arrepentimientos que se traducen en consejos y aprendizajes. La conversación, poco seria y muy graciosa, giró en torno a una de sus frases: “sería menos higiénico”, idea que él inmediatamente tomó como bandera para justificar el no haber mencionado a su esposa que la arepa boyacense que le había llevado la mesera en sus manos desnudas había sido previamente contaminada con los billetes que recibió minutos antes.

Porque ser higiénico cuesta, como bien continuó explicando Mancho, cuando debió dejar de consumir los mejores perros calientes de Bogotá, que costaban solo mil pesos. Todo por la terca e insistente necesidad humana de curiosear, de mirar, de investigar, pues a él no le ha debido importar sino el producto final. Pero, el práctico proceso de abrir los panes con la larga y afilada uña del dedo gordo del empresario, no se sabe qué tan limpia, lo espantó.

Entonces recordé las generosas obleas que vendían a la salida de la universidad, a unos pocos pesos. Éramos felices cuando tomábamos el bus ejecutivo en las tardes saboreando nuestra oblea, hasta que vimos limpiar de manera muy práctica el cuchillo con que se esparcía el arequipe, con la mismísima lengua de quien las preparaba. También, contaba el “Gato”, exnovio de mi hermana, que su empleada doméstica alardeaba de la dicha que le producía amasar arepas, pues después le quedaban las uñas limpiecitas. El “Gato”, por remilgado, por higiénico, dejó de comer las arepas que Rosa le amasaba con cariño. A eso es a lo que creo que se refiere Borges, a las privaciones de las delicias y las magnificencias de la vida, a las que se someten los quisquillosos.

La higiene puede llevarnos a extremos en donde, sin haber confirmado una sospecha, llegamos a la desgracia misma. La imaginación, aliada de perversiones innecesarias, nos amarga hasta nuestros límites, como una esposa celosa cuando desconfía de un marido. Y entonces, mientras la señora se pregunta de dónde viene, con quién estaría, por qué le puso clave al celular o por qué contrató a esa mujer tan joven que ni experiencia debe tener; los higiénicos se preguntan si se lavaría las manos, si tiene gripa, dónde estaría guardado ese pan, si el mismo que cocina recibe el dinero y, si ese es el caso, si tiene unos guantes para recibirlo, si sí estarán bien lavados los cubiertos, o las naranjas, y con qué agua lo hicieron. Todas, preguntas obsesivas y dañinas para el buen vivir.

Inclusive, las infundadas obsesiones, tanto de los celosos como de los higiénicos, pueden inducir a sacar falsas conclusiones. Es el caso de la señora que, furibunda, pregunta al marido por qué tiene labial en el cuello de la camisa para luego tener que aceptar, con el rabo entre las piernas, la explicación de la mermelada que le untó al pan en el desayuno o, lo que me ocurrió hace algunos años, aceptar con vergüenza que el terrible pelo grueso que estaba en mi pechuga a la parrilla era producto de una brocha usada para aceitar y no de mis perversas suposiciones.

Además, se debe tener en cuenta que los gérmenes y las bacterias, en pequeñas dosis, como las vacunas, crean defensas. Bien lo pueden explicar los extranjeros quienes, no acostumbrados a nuestros bichos, se intoxican con una inofensiva morcilla del parque nacional.

Tal vez por eso pululan las cocinas improvisadas en las esquinas de Bogotá, por el gran mercado de los poco higiénicos que se benefician de los placeres de la calle, de las arepas de la 15 adobadas con esmog; las ensaladas de frutas saludables picadas por su propietario -que es el mismo que recibe el dinero y que quién sabe a dónde irá al baño-; el tinto del muchacho que anda en bicicleta; las empanadas de canasto que distribuye siempre una viejita caminante con un delantal no muy blanco; los pinchos de carne de quién sabe qué animal que se improvisan a la salida de los conciertos del Campín, de Jazz al Parque, o cuando las luces de navidad iluminan los árboles del parque de la 93 y las ollas y parrillas improvisadas decoran sus jardines. El patrón de todos estos microempresarios debe ser San Borges, no me cabe duda.

Cuanto más melindrosos, además, más se asciende en la escala social. Hacer cara de asco, ufanarse de un olfato selectivo más desarrollado (que entre otras cosas sí permite comerse un queso francés con olor a pecueca), resaltar que la comida popular no es de nuestro agrado o desprestigiar los corrientazos parece que da cierto estatus, claro está, a costa del bolsillo, del desarrollo natural de las defensas y, lo peor, de la libertad.

Yo hablo con la voz de la experiencia. Cuando mis hijos eran bebés la higiene se apoderó de mi serenidad y una ola de amargura invadió los fines de semana, días en que visitaba a mi suegra, muy querida ella, pero tenía dos perros grandes que les chupaban la boca a mis bebés, les lamían sus biberones y luego sus helados, después de haber paseado por la calle y haber olfateado traseros de otros perros en sus normales labores de reconocimiento. Cuando mis hijos gateaban sabía que después se iban a chupar sus manitas, que ya andaban llenas de pelos y que habían arrastrado donde los perros habían puesto sus descubiertos traseros. Además, mi tranquilidad se perturbaba porque debía estar alerta para que mis hijos no se fueran a comer el concentrado que tenían siempre servido en sus platos. En ese entonces usaba pañitos húmedos, de esos que contaminan el planeta, para estar limpiando y desinfectando todo. Uno de esos días, como un rayo celestial, me llegó una gran revelación, un mensaje divino que se resumía en las siguientes palabras: “deje tanta joda”. Sabia frase que, además, me ha servido en muchas otras situaciones de mi vida. Uno se imagina que los mensajes divinos o angelicales vienen de manera elegante, lírica, misteriosa o encriptada, pero descubrí que tampoco el lenguaje angelical es muy higiénico. Desde ese día desapareció mi sufrimiento, mis hijos convivieron con los perros y los pelos, entre todos compartieron lametazos, babas, helados y comida para perros y todos fuimos felices para siempre.

“Sería menos higiénico”…, dicen que dijo Borges, válida despreocupación en un mundo obsesionado con los gérmenes y las bacterias. Más limpios, sí, pero más amargados, cómo no. No sé si Borges se privó de los perros calientes o si se refería a otro tipo de remilgos. En todo caso, todos estos, definitivamente amargan la existencia.

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El arte de mirar

Hace pocos días estuve en Nabusímake, ciudad indígena habitada por los Arhuacos y capital de la Sierra Nevada de Santa Marta. Es un lugar que actualmente se encuentra restringido para los visitantes (somos pocos a los que nos llegó una suerte repentina y pudimos llegar sin problema). Por eso, después de cuatro horas de carretera maltrecha desde Valledupar, nos vimos obligados a pasar por el control de ingreso en la entrada del resguardo.

Un indígena moreno, con el cabello negro y grueso, su manta blanca y su sombrero encocado, que custodiaba la entrada, se acercó a nuestra camioneta 4×4 de llantas altas, con las que habíamos lidiado el tortuoso camino. No hizo preguntas, solo nos inspeccionó con aquella mirada que no necesita palabras. En ese momento entendí su privilegiada capacidad de observación, que reconoce más allá de las apariencias, propia de quienes viven con serenidad. Nos clavó sus ojos de soslayo, sin quitárnoslos de encima, como si con ellos nos escudriñara el alma. Fue una mirada muy fuerte, atrevida, poderosa, pero a la vez infantil, con esa especie de inocencia que tienen los niños cuando contemplan sin prejuicios.

Entonces, me pregunté, cuándo nosotros, los hombres civilizados, remplazamos nuestras miradas por las palabras. Cuándo las trajinamos tanto que los ojos se sometieron a ellas y perdieron la utilidad de ver la verdad, de leer lo que no se dice, de expresar lo que quiere el corazón. Porque una mirada intimida, porque una mirada expresa, porque una mirada conecta, revela, escudriña, acompaña.

Nos enseñaron que la intrepidez no es bien vista y entonces, mientras crecemos, poco a poco vamos domesticando nuestros ojos y dejamos de ver con descaro, con ingenuidad o con curiosidad. Entonces nos vestimos con los trajes convencionales de lo que debemos ser, poniéndonos las máscaras que nos esconden de los otros y, en reciprocidad, nos sometemos a la prudencia, que no es sino la solidaridad para que los otros también se escondan, condenando a nuestros ojos a mantenerse siempre inquietos, paseantes, fugitivos. Muy poco nos miramos para decirnos algo, eso se lo dejamos a las palabras, no siempre sinceras. Evitamos los ojos del mesero, de un conductor o incluso, de nuestros seres queridos. Mirarse es conectarse alma a alma, eso bien lo saben los enamorados, pero luego lo olvidan.

Hace tiempo asistí a unas danzas rituales, se llaman biodanza, y me pareció una manera hermosa de conectarnos como humanidad. En un círculo, todos tomados de la mano, hacíamos una especie de ronda, girando hacia la derecha, mirando hacia adentro. Había otro círculo interior, cadenas de personas cogidas de la mano, que miraban hacia afuera, hacia nosotros. Ellos giraban hacia el lado contrario, y así, establecíamos contacto visual persona a persona, los de adentro con los de afuera. El giro era lento, parsimonioso, místico y el propósito era conectarse, compenetrarse, mirarse, sin pensar, sin juzgar. Un paso al lado, otra mirada. En esos segundos de conexión con el otro se entendía tanto… Sentí que quien se encontraba frente a mí era “otro yo”, viviendo, aprendiendo, sufriendo, buscando felicidad, con el mismo corazón frágil que todos tenemos y que tratamos de ocultar cueste lo que cueste. Sentí unidad, compasión, afecto, amor.

Quise repetir la experiencia en una “rumba yógica” (el término exacto no lo recuerdo), a la que asistí hace poco. Una noche nos reunimos varios aficionados a bailar en un centro de yoga, a sentir nuestro cuerpo, a conectarnos con él, o a desconectarnos, a movernos como se nos antojara. Nos explicaron que podíamos buscar contacto visual con cualquiera de los asistentes y bailar frente a esa persona. Cuando ya sintiéramos que era suficiente, podríamos poner las manos en forma de oración y agradecerle mentalmente con un Namasté (que significa “reconozco y saludo la divinidad que hay en ti”). No sé si seremos los bogotanos, o los colombianos, o los occidentales, los que tenemos ojos que no se miran, ya sea porque somos débiles, o tímidos, o porque creemos que mirarse es una intromisión o mala educación. Esa noche el contacto visual fue completamente nulo y la mayoría de los asistentes resultamos bailando con los ojos cerrados, unos en una especie de trance, otros con desánimo y otros como si el parco salón para hacer yoga fuera una discoteca (la hubiera preferido con creces).

Una mirada sostenida revela fuerza, amor, sinceridad. Bajarla puede ser sumisión, evitarla insinúa mentira. Ahí es cuando las palabras llegan a hacer su trabajo de convencimiento. Cuando miramos a alguien a los ojos no necesitamos decir nada. En cambio, es costumbre querer decir mucho, para no mirar. Rellenamos el sutil y delicado silencio con palabras innecesarias y se nos olvida que también es válido simplemente “estar”. Sin decir. Nos enseñaron a sentir urgencia cuando un silencio se interpone, a vencerlo como sea, muchas veces con palabras superficiales. Lo que no nos dicen es que el silencio también habla, su aliado es la contemplación.

Me sorprendió ver la paz que emanan los Arhuacos, su poco hablar que evidencia serenidad, pero estoy segura de que se comunican en silencio y que de él leen lo que nosotros somos incapaces de ver. Dicen que cuando alguien nos va a agredir, a robar, a atracar, etc. solo basta mirarlo profundamente a los ojos y no será capaz de hacernos daño. No lo he probado, pero sí he notado, por ejemplo, que cuando en el tráfico pesado de Bogotá un conductor no quiere darme el paso, o me va a mandar encima el carro, no se atreve a mirar.

Un viaje vale la pena cuando nos cambia la forma de ver el mundo, por ejemplo, cuando viajamos a Oriente o a lugares exóticos en donde la cultura es un choque contra nuestras costumbres y despierta de nuevo nuestro asombro, ya dormido. Aunque, la verdad, no importa el lugar, sino los ojos con los que observamos y la apertura mental que llevemos para aprender. Los viajes nos regalan experiencias, nos brindan placer y nos generan aprendizajes culturales, históricos, gastronómicos. En este caso, Nabusimake me llegó al corazón cuando avivó mi mirada y acalló mis palabras.

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Confesiones de una mamá sin talento

Con las vacaciones de mis hijos a mí me pasa algo parecido a lo que le pasó al argentino que se fue a vivir a Canadá. Tan pronto llegó se conmovió por los paisajes blancuzcos, la caída de la nieve y los lindos ciervos que veía pasear libremente a través de su ventana, hasta tal punto que se le escurrían las lágrimas. Casi podría haberse ganado un concurso de poesía con sus turbadoras descripciones. Dos meses después, en pleno invierno, lo único que se le ocurría era putear a la nieve, los ciervos, los vecinos y Canadá.

La primera semana de vacaciones sentí una gran alegría de poder tener a mis hijos por más tiempo del acostumbrado. Entonces comimos helado, nos levantamos más tarde, nos arrunchamos, almorzamos juntos, fuimos al parque y tomamos el sol, me acompañaron a hacer varias vueltas, vimos películas y nos sentimos libres, sin responsabilidades ni horarios. Ya van los mismos dos eternos meses del argentino y ahora ando en la etapa de la añoranza (el que putea es él, no yo), que es cuando los padres buscamos cómo deshacernos de los hijos.

El método más fácil para lograrlo es con dinero, que todo lo compra, todo lo puede y todo lo organiza. Podemos adquirir un plan que incluya comidas, dormida y entretención, como los campamentos que se organizan en lugares campestres alejados de la ciudad, o en cualquier parte del mundo, caso en que se incluye la práctica de otro idioma.

Para los que tenemos presupuestos más bajos, el problema es más complicado. Y sí, me atrevo a reconocer que los hijos en vacaciones se vuelven un problema cuando las mamás queremos nuestro espacio, no queremos jugar, ni hacerles pastelitos. O cuando se levantan tarde en la mañana, el desayuno se junta casi con el almuerzo, se bañan al medio día, viven entre su desorden, se pegan al televisor o a los aparatos electrónicos y, si les reclamamos, la culpa es nuestra por no haberles organizado algún plan, como si nosotros fuéramos sus “manager” y ellos, la señorita Colombia.

No solo a los hijos sino a los padres de esta época nos aterra el aburrimiento, al que vemos como un gran enemigo angustioso al que debemos vencer a toda costa, así sea con soluciones perjudiciales, y desconocemos que precisamente éste fue el que formó a los grandes pensadores, el que hizo pronunciar “eureka” a Arquímedes, descubrir la relación de los catetos con la hipotenusa a Pitágoras, componer poemas a Lorca o fabricar sus propios juguetes a mi papá. (Contrariamente, en estos días agitados de vacaciones yo invoco el aburrimiento, lo imploro devotamente, pero uno privado, silencioso, sin invitados, solo para mí. En eso soy egoísta).

Es hora de que las madres “salgamos del closet” y confesemos que, a veces, los hijos estorban. Que soñamos con que, en lugar de que estén pegados a una tableta, un televisor o un teléfono, estuvieran pegados a un libro o a un balón. En ambos casos, para lograr acercarnos a esa bella ilusión, debemos menguar nuestras actividades cotidianas y leer con ellos, o salir al parque a correr un rato. Confieso que he usado esta herramienta con mucho cariño y entusiasmo, pero me dura poco. Luego de sudar y patear el balón me doy por vencida, sobre todo cuando miro el reloj y compruebo que todavía el día en su letargo no se acomide a terminar. Es cuando bendigo la tecnología, (me conformo con creer que no es tan grave si se quedan brutos) que media hora más tarde maldigo.

Las abuelas podrán decir que las madres modernas somos muy flojas, pues ellas criaron un racimo de hijos, que además eran mucho más educados, menos respondones y todos resultaron ser personas de bien. Sin desmeritarlas ni mucho menos juzgarlas, eso es un mito, queridas veteranas. Ustedes solo parían. Confiesen que los hijos mayores criaron a todo el chorro de hermanos que les sucedieron. Ustedes solo lidiaron con el primero. Reconozcan que habitaban una casa grande con solar, que vivían entre uno que otro potrero, ya fuera en el campo o en la cuidad, en donde todos sus niños se desaforaban corriendo, gritando y jugando sin que ustedes se perturbaran. Cosa que se facilitaba porque en aquella época había más seguridad, menos malicia o menos miedo, ya fuera porque con tantos hijos que tenían era fácil reemplazar a uno. O quizás sus niños andaban libres porque ustedes tenían menos información y no se enteraban de todo lo que ocurría en su reducido mundo, el mismo que ahora se volvió amenazante, demasiado conocido en su perversidad cuando inevitablemente nos atiborran de tragedias por cualquier medio de comunicación. Tampoco sus hijos daban mucha lata, porque en esa época los niños solo callaban y obedecían. En cambio, ahora vienen con el ADN modificado y todo lo debaten, lo cuestionan o lo ignoran, incluyendo la mismísima autoridad. Tal vez esos pequeños tiranos sean la consecuencia de esta generación de padres inseguros o traumatizados por demasiada autoridad o invadidos por cierta estupidez.

Me he preguntado si para ser madre se necesita talento y, en tal caso, si carezco de él. A veces ratifico mi sospecha cuando me es imposible ponerlos a funcionar como unas marionetas: que lean y aprendan, colaboren por iniciativa propia con las labores de la casa, que no peleen y que jueguen sin necesidad de mi presencia. Tal vez no tengo dicha aptitud porque no he podido meterme en la cabeza que los hijos se amaestran muy parecido a los perros. Y, en el caso de que pudiera creerlo, no me parece tan fácil lograr que los niños nos obedezcan con igual efectividad a la de las mascotas, pues el simple hecho de que tengan la propiedad del habla les incita a preguntarnos “¿por qué?”. Debe ser esa la razón por la cual decidí dejar a mis hijos “ser”, cosa que a veces se convierte en desorden. También los compadezco, pues brillar en su esencia les puede costar mucho trabajo, dado que la tecnología y los medios los embrujan y les introducen falsos criterios que luego ellos creen propios.

La historia verdadera de Pulgarcito no es como la cuentan. Sus padres lo abandonaron junto con sus hermanos en el bosque, no porque fueran pobres, sino porque les urgía que tuvieran contacto con las maravillas que nos regala la naturaleza. Así podrían despejar sus adormecidas mentes. Pulgarcito no tiró piedras por el camino, ni pan: activó el GPS de su teléfono, que no dejó de usar, por eso no pudo escuchar a los pajaritos ni percibir el fresco olor que había dejado la lluvia. El ogro al que devoró fue realmente un muñeco digital de uno de sus juegos del XBOX, que además lo sigue atormentando. Realmente la que resultó vencida fue la creatividad del pobre protagonista.

Cuando veo a mis niños hipnotizados por las invenciones de unos genios creativos que se están volviendo millonarios embruteciendo a la humanidad es cuando sale de mí esa madre, talentosa o no, que se convierte en una desencantadora de serpientes, agarra esos aparatos con la misma furia que usaría si estuviera desactivando una bomba atómica, reprime el impulso de botarlos por la ventana y toma la bandera de “no al sistema”. Entonces ellos, resignados, aceptan el “cambio de actividad”. Muchas veces eso implica mi atención, que no siempre puedo ofrecer con generosidad, y es cuando me debato entre dejarlos apagados frente a esas porquerías electrónicas o más bien apagar mi productividad.

Me pregunto si estoy loca, o soy la única sincera. Si les pasa a otras madres o es falta de talento, si estoy nadando contra la corriente evolutiva de la tecnología o si estoy exagerando, pero ¿de qué sirven el Xbox, Wii, las tabletas, los youtubers, etc. si una hora diaria son 8 a la semana, 32 al mes y 384 al año que, si las usaran leyendo, creando o imaginando, serían mejores personas? O por lo menos tendrían más mundo del que se empeñan en minimizar con su inútil aislamiento.

Con mis hijos, la técnica de domesticación del perro no ha servido. A veces fantaseo con lograr amaestrarlos: sentarlos toda la mañana a leer, que luego me hicieran el almuerzo y se comieran todas las verduras y las ensaladas y no se quejaran del arroz integral. Y que más tarde conversáramos de la vida, del mundo, de la historia y de los libros mientras me masajean los pies. Seguramente en la noche, cuando ya durmieran, en lugar de estar escribiendo esta diatriba estaría preguntándome “queridos y obedientes hijos, ¿quiénes son realmente ustedes?”

Tal vez los padres de esta época somos una generación de amaestrados que no nos hemos conocido a nosotros mismos y tenemos la esperanza de que nuestros hijos sí lo logren, a pesar de que la tecnología se haya vuelto el nuevo domesticador.

Un artículo similar lo pueden leer en:

https://cuentoyreflexion.com/2015/11/23/la-gallina-cocorina/

 

 

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Esos verracos chinos

Cada vez más vemos nuestro mercado local, o más bien mundial, invadido de productos chinos. Hace unos años cualquier artículo chino era similar a mala calidad. Pero poco a poco ellos se han pulido, han refinado su gusto y se han especializado en las demandas específicas de sus clientes. Contrario a Alemania, Italia y otros países que se caracterizan por su indiscutible calidad y buen gusto, China maneja diversas calidades de acuerdo con el precio que el cliente quiere pagar. Por ejemplo, una vez, en la empresa de mi padre contrataron a un traductor que debía interpretar lo que explicaba un asesor técnico, también chino. Era muy barato. Luego entendieron por qué. Mientras el técnico se desgastaba explicando paso a paso el funcionamiento de una máquina, el económico traductor solo mencionaba escasas dos palabras: era sordo.

En definitiva, en cuanto a precio, los chinos son los mejores. Ellos no se complican con tonterías. Por ejemplo, en cualquier feria internacional, mientras los demás tienen unos stands despampanantes, con unas hermosas modelos en minifalda, sillas modernas, deliciosos pasabocas, café y la exhibición completa de sus productos (así estos sean maquinarias gigantes), los chinos escasamente instalan un escritorio y un afiche impreso. Todos esos detalles publicitarios son costos que indudablemente transfieren en forma de ahorro a sus clientes.

Cuesta trabajo explicarse cómo un producto chino puede ser tan barato, inclusive más que la misma materia prima del que está fabricado. Razones hay muchas, por ejemplo, el subsidio del gobierno chino, los barcos interoceánicos en donde hacinan a varios operarios para que fabriquen los productos en altamar (entre otras cosas para no pagar impuestos locales) o las camas calientes, ubicadas dentro de las mismas empresas y llamadas así porque siempre andan ocupadas, pues mientras unos trabajan los otros duermen y luego se intercambian. Otro ejemplo de las muchas explicaciones de los bajos precios la vivió en mi esposo carne propia, quien visitó China en invierno y se percató del gran ahorro que las empresas hacen en energía eléctrica: no tienen calefacción. En consecuencia, todos los empleados van a trabajar con inmensas, rellenas e infladas chaquetas. Él, que no se fue preparado, duró varios días tiritando de ese horrible frío que penetra hasta en la médula, calentándose con hirvientes aguas aromáticas, hasta que decidió tomar prestada la colcha del hotel y así paseó, como un indigente, por las diversas plantas de producción y por todo Shanghái.

Mucho debemos aprender de los chinos, tanto de sus fortalezas como de sus errores, que todavía los tienen, incluyendo los relacionados con la ética. En temas de piratería, por ejemplo, nosotros los colombianos les quedamos en pañales. Basta ver los “sombreros vueltiaos” que ya no vienen de Córdoba, sino de Hong Kong, las matrioskas chinas que tienen en quiebra a los artesanos rusos o los vehículos idénticos a los Volkswagen, pero con su propia marca. Pero, también podríamos destacar su visión en grande y sus alcances, que los llevan a conquistar mercados en los confines del mundo, su eficiencia, su sentido práctico, su dedicación y su gran capacidad de espionaje industrial.

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Hace algunos años mi hermana y yo fuimos a China a visitar una gigantesca feria especializada en plásticos. Allí nos encontramos con nuestros principales proveedores, quienes nos sorprendieron con su amabilidad, su generosidad y su buena atención. Bueno, hablando de sorpresas, realmente la primera la tuve en el aeropuerto de Bogotá, cuando a mi hermana, justo después de pasar por inmigración, le dio por contarme que estaba embarazada. A parte de ser yo quien todo el tiempo cargó las maletas, la principal actividad de dicho viaje fue estar en la constante búsqueda de comida para sus ataques de hambre, hablar de sus rebotes y de la exaltada sensibilidad a esa fiesta de olores, que la tenían continuamente espantada. Al día de hoy, ocho años después, cada vez que le hablan de China le dan mareos.

No fue buena idea habernos ido de manera independiente, sin ningún tipo de tour organizado, pues son pocos los chinos que hablan otro idioma diferente al suyo, inclusive los empleados del hotel, demasiado local (pues fue conseguido por nuestro proveedor). Con decirles que ni siquiera entendían a qué hora nos debían despertar. Peor fue cuando quisimos preguntar en una farmacia por un remedio para el estreñimiento. Como mi hermana estaba embarazada, no podía tomar cualquier medicamento. La manera de explicar nuestra necesidad fue muy precaria: dibujamos a una mujer en cuya panza cargaba un feto y luego hicimos la seña de pujar. No logramos nuestro propósito, pues la reacción de los chinos fue de total rechazo y aterramiento, hasta que caímos en cuenta de que se estaban imaginando un aborto. Lo que sí entendieron perfectamente en español fueron mis continuos reclamos cuando descaradamente se colaban en las filas (algo muy recurrente en ellos), pues de manera muy sumisa aceptaban irse al final de la fila.

Desesperadas de tanto andar solas en un mundo extraño, en donde ni siquiera reconocíamos algún tipo de alfabeto que pudiéramos usar de referencia sino solamente ancestrales e ininteligibles logogramas difíciles de memorizar, decidimos buscar amparo. Ver uno que otro individuo sin los ojos rasgados nos daba ánimo, cosa que parecía mutua cuando nos reconocíamos con nuestros similares a través de las miradas. Hasta que la divina providencia nos hizo escuchar un acento colombiano, más específicamente paisa, y no dudamos en buscar asilo en un grupo de empresarios que regresaban de una feria en Cantón. Nos anexaron a su tour, nos cambiamos a su hotel y con ellos conocimos los principales lugares de Pekín. Sin embargo, mi hermana y yo, dos mujeres en medio de una bandada de paisas desaforados, descubrimos que estábamos en el lugar equivocado. Ellos tuvieron la precaución de llevar en sus maletas varias cajas de aguardiente, que fueron consumiendo noche a noche al final de la jornada en el lobby del hotel y que muy cordialmente nos invitaron a deleitar. No solo el embarazo de María Paula nos empujó a negarnos, sino el tono subido de las conversaciones netamente masculinas que describían los masajes que habían tomado, con servicio completo, sobre los que incluían detalles como las selvas que escondían las chinas en su entrepierna, tan tupidas que hasta tenían guerrilla. Entonces decidimos acercarnos a uno de los pocos empresarios que parecía más prudente, con quien compartimos los tures al siguiente día, hasta que nos espantó porque nos puso a tomarle una cantidad exagerada de fotos, que luego criticaba y nos hacía corregir repetidamente, además, impidiendo que escucháramos las explicaciones del guía turístico. Ya cansados de ver tantos palacios y tantas pagodas, siempre rojos y con las mismas formas, uno de los paisas le reclamó al guía: “mejor llévenos a un zoológico, que estamos mamados de ver tantos techitos”. En ese momento decidimos, de nuevo, seguir por nuestra cuenta.

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Producto de dicho viaje encontramos varias empresas interesantes que nos mostraron sus hermosos catálogos, que incluían fotografías de sus gigantes plantas de producción, muchas de las cuales eran falsas. Finalmente, decidimos representar a una de aquellas compañías, la cual comenzamos a promocionar tan pronto estuvimos de regreso en Colombia. El primer pedido lo vendimos rápidamente, con mucho éxito. En cambio, la segunda importación que hicimos fue totalmente diferente: comenzaron los tortuosos reclamos de los clientes, las devoluciones y finalmente el arrume de producto inconforme en nuestra bodega. Cuando tratamos de contactar por correo electrónico a los agentes con quienes tratábamos, Katy Perry y Bruce Lee (como los chinos tienen unos nombres extrañísimos, difíciles de leer, de pronunciar y de memorizar, usan rebautizarse con un nombre occidental que facilite el trato con nosotros, los occidentales), nos informaron que ya no trabajaban en la compañía. Hasta ahora, no hay ningún método legal para hacer responder a los chinos por los engaños que hacen. A un cliente nuestro, en la segunda compra (la primera siempre es buena), le enviaron bolsas de tierra, en lugar de un poliuretano. Perdió noventa millones. Dicen que hasta a Arturo Calle lo tumbaron, pues entre otras cosas, le enviaron todas las tallas cambiadas. Es por eso que, quienes importan desde China, después de haber aprendido de unos cuantos fiascos, tienen un agente que revisa la calidad de las compras antes de ser despachadas.

Sin embargo, sé que no debo caer en la odiosa práctica de estereotipar, pues de los 1300 millones de chinos que habitan este planeta conocemos unos escasos comerciantes y de ellos, son unos pocos los que se han encargado de crear una mala imagen. Suena parecido a nosotros, los colombianos, que tan mala fama tenemos y cuya mayoría somos gente de bien.

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Antes de viajar, para entrar en el ambiente, leí dos novelas chinas (ya no recuerdo sus nombres) que tratan de los mismos asuntos que han aquejado a la humanidad: las dificultades de la vida, el amor, el campo y la ciudad, el hambre, las ilusiones. Los chinos han sido, como muchos otros, un pueblo sufrido, apaleado por las guerras, la pobreza y el hambre. Tal vez por eso se siguen comiendo todo: alacranes, ratones, perros, etc. Cuando el chino que vino a visitar la empresa de mi padre fue a conocer la plaza de Bolívar se sorprendió de las palomas, mejor dicho, de que hubiera palomas: “allá nos las comemos”, resumió el traductor sordo.

Al final de cuentas, paisas, bogotanos, colombianos o chinos, somos la misma cosa: personas que buscamos la forma de subsistir, de progresar y de darle sentido a nuestras tediosas vidas a través del trabajo, o del arte. En el primer caso, todo negociante busca lucro, sacando ventaja de lo que su propia moral le permite (en China de pronto es más laxa que en otras culturas, igual que acá). En el segundo caso, el deseo innato de expresar el amor, los sentimientos, las tradiciones y la belleza de tantas formas posibles, únicas, es lo que nos hace sensibles al arte. Recuerdo que en Shanghái entramos a un gran parque de árboles frondosos y gigantes, en donde hombres comunes cantaban lindas canciones. Poco a poco, los transeúntes se iban uniendo al canto, formando grupos cada vez más grandes de bellos coros dignos de admiración y regocijo. Otra noche, un conmovedor espectáculo de Kung Fu apelaba al honor y la nobleza, recreaba el pasar de ser joven a hombre, resaltaba el perdón, la tradición y el esfuerzo, todos estos valores universales que nos recuerdan que siempre hay en nosotros algo más profundo, puro y bello que la simple subsistencia.

 

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