Confesiones de una mamá sin talento

Con las vacaciones de mis hijos a mí me pasa algo parecido a lo que le pasó al argentino que se fue a vivir a Canadá. Tan pronto llegó se conmovió por los paisajes blancuzcos, la caída de la nieve y los lindos ciervos que veía pasear libremente a través de su ventana, hasta tal punto que se le escurrían las lágrimas. Casi podría haberse ganado un concurso de poesía con sus turbadoras descripciones. Dos meses después, en pleno invierno, lo único que se le ocurría era putear a la nieve, los ciervos, los vecinos y Canadá.

La primera semana de vacaciones sentí una gran alegría de poder tener a mis hijos por más tiempo del acostumbrado. Entonces comimos helado, nos levantamos más tarde, nos arrunchamos, almorzamos juntos, fuimos al parque y tomamos el sol, me acompañaron a hacer varias vueltas, vimos películas y nos sentimos libres, sin responsabilidades ni horarios. Ya van los mismos dos eternos meses del argentino y ahora ando en la etapa de la añoranza (el que putea es él, no yo), que es cuando los padres buscamos cómo deshacernos de los hijos.

El método más fácil para lograrlo es con dinero, que todo lo compra, todo lo puede y todo lo organiza. Podemos adquirir un plan que incluya comidas, dormida y entretención, como los campamentos que se organizan en lugares campestres alejados de la ciudad, o en cualquier parte del mundo, caso en que se incluye la práctica de otro idioma.

Para los que tenemos presupuestos más bajos, el problema es más complicado. Y sí, me atrevo a reconocer que los hijos en vacaciones se vuelven un problema cuando las mamás queremos nuestro espacio, no queremos jugar, ni hacerles pastelitos. O cuando se levantan tarde en la mañana, el desayuno se junta casi con el almuerzo, se bañan al medio día, viven entre su desorden, se pegan al televisor o a los aparatos electrónicos y, si les reclamamos, la culpa es nuestra por no haberles organizado algún plan, como si nosotros fuéramos sus “manager” y ellos, la señorita Colombia.

No solo a los hijos sino a los padres de esta época nos aterra el aburrimiento, al que vemos como un gran enemigo angustioso al que debemos vencer a toda costa, así sea con soluciones perjudiciales, y desconocemos que precisamente éste fue el que formó a los grandes pensadores, el que hizo pronunciar “eureka” a Arquímedes, descubrir la relación de los catetos con la hipotenusa a Pitágoras, componer poemas a Lorca o fabricar sus propios juguetes a mi papá. (Contrariamente, en estos días agitados de vacaciones yo invoco el aburrimiento, lo imploro devotamente, pero uno privado, silencioso, sin invitados, solo para mí. En eso soy egoísta).

Es hora de que las madres “salgamos del closet” y confesemos que, a veces, los hijos estorban. Que soñamos con que, en lugar de que estén pegados a una tableta, un televisor o un teléfono, estuvieran pegados a un libro o a un balón. En ambos casos, para lograr acercarnos a esa bella ilusión, debemos menguar nuestras actividades cotidianas y leer con ellos, o salir al parque a correr un rato. Confieso que he usado esta herramienta con mucho cariño y entusiasmo, pero me dura poco. Luego de sudar y patear el balón me doy por vencida, sobre todo cuando miro el reloj y compruebo que todavía el día en su letargo no se acomide a terminar. Es cuando bendigo la tecnología, (me conformo con creer que no es tan grave si se quedan brutos) que media hora más tarde maldigo.

Las abuelas podrán decir que las madres modernas somos muy flojas, pues ellas criaron un racimo de hijos, que además eran mucho más educados, menos respondones y todos resultaron ser personas de bien. Sin desmeritarlas ni mucho menos juzgarlas, eso es un mito, queridas veteranas. Ustedes solo parían. Confiesen que los hijos mayores criaron a todo el chorro de hermanos que les sucedieron. Ustedes solo lidiaron con el primero. Reconozcan que habitaban una casa grande con solar, que vivían entre uno que otro potrero, ya fuera en el campo o en la cuidad, en donde todos sus niños se desaforaban corriendo, gritando y jugando sin que ustedes se perturbaran. Cosa que se facilitaba porque en aquella época había más seguridad, menos malicia o menos miedo, ya fuera porque con tantos hijos que tenían era fácil reemplazar a uno. O quizás sus niños andaban libres porque ustedes tenían menos información y no se enteraban de todo lo que ocurría en su reducido mundo, el mismo que ahora se volvió amenazante, demasiado conocido en su perversidad cuando inevitablemente nos atiborran de tragedias por cualquier medio de comunicación. Tampoco sus hijos daban mucha lata, porque en esa época los niños solo callaban y obedecían. En cambio, ahora vienen con el ADN modificado y todo lo debaten, lo cuestionan o lo ignoran, incluyendo la mismísima autoridad. Tal vez esos pequeños tiranos sean la consecuencia de esta generación de padres inseguros o traumatizados por demasiada autoridad o invadidos por cierta estupidez.

Me he preguntado si para ser madre se necesita talento y, en tal caso, si carezco de él. A veces ratifico mi sospecha cuando me es imposible ponerlos a funcionar como unas marionetas: que lean y aprendan, colaboren por iniciativa propia con las labores de la casa, que no peleen y que jueguen sin necesidad de mi presencia. Tal vez no tengo dicha aptitud porque no he podido meterme en la cabeza que los hijos se amaestran muy parecido a los perros. Y, en el caso de que pudiera creerlo, no me parece tan fácil lograr que los niños nos obedezcan con igual efectividad a la de las mascotas, pues el simple hecho de que tengan la propiedad del habla les incita a preguntarnos “¿por qué?”. Debe ser esa la razón por la cual decidí dejar a mis hijos “ser”, cosa que a veces se convierte en desorden. También los compadezco, pues brillar en su esencia les puede costar mucho trabajo, dado que la tecnología y los medios los embrujan y les introducen falsos criterios que luego ellos creen propios.

La historia verdadera de Pulgarcito no es como la cuentan. Sus padres lo abandonaron junto con sus hermanos en el bosque, no porque fueran pobres, sino porque les urgía que tuvieran contacto con las maravillas que nos regala la naturaleza. Así podrían despejar sus adormecidas mentes. Pulgarcito no tiró piedras por el camino, ni pan: activó el GPS de su teléfono, que no dejó de usar, por eso no pudo escuchar a los pajaritos ni percibir el fresco olor que había dejado la lluvia. El ogro al que devoró fue realmente un muñeco digital de uno de sus juegos del XBOX, que además lo sigue atormentando. Realmente la que resultó vencida fue la creatividad del pobre protagonista.

Cuando veo a mis niños hipnotizados por las invenciones de unos genios creativos que se están volviendo millonarios embruteciendo a la humanidad es cuando sale de mí esa madre, talentosa o no, que se convierte en una desencantadora de serpientes, agarra esos aparatos con la misma furia que usaría si estuviera desactivando una bomba atómica, reprime el impulso de botarlos por la ventana y toma la bandera de “no al sistema”. Entonces ellos, resignados, aceptan el “cambio de actividad”. Muchas veces eso implica mi atención, que no siempre puedo ofrecer con generosidad, y es cuando me debato entre dejarlos apagados frente a esas porquerías electrónicas o más bien apagar mi productividad.

Me pregunto si estoy loca, o soy la única sincera. Si les pasa a otras madres o es falta de talento, si estoy nadando contra la corriente evolutiva de la tecnología o si estoy exagerando, pero ¿de qué sirven el Xbox, Wii, las tabletas, los youtubers, etc. si una hora diaria son 8 a la semana, 32 al mes y 384 al año que, si las usaran leyendo, creando o imaginando, serían mejores personas? O por lo menos tendrían más mundo del que se empeñan en minimizar con su inútil aislamiento.

Con mis hijos, la técnica de domesticación del perro no ha servido. A veces fantaseo con lograr amaestrarlos: sentarlos toda la mañana a leer, que luego me hicieran el almuerzo y se comieran todas las verduras y las ensaladas y no se quejaran del arroz integral. Y que más tarde conversáramos de la vida, del mundo, de la historia y de los libros mientras me masajean los pies. Seguramente en la noche, cuando ya durmieran, en lugar de estar escribiendo esta diatriba estaría preguntándome “queridos y obedientes hijos, ¿quiénes son realmente ustedes?”

Tal vez los padres de esta época somos una generación de amaestrados que no nos hemos conocido a nosotros mismos y tenemos la esperanza de que nuestros hijos sí lo logren, a pesar de que la tecnología se haya vuelto el nuevo domesticador.

Un artículo similar lo pueden leer en:

https://cuentoyreflexion.com/2015/11/23/la-gallina-cocorina/

 

 

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7 comentarios sobre “Confesiones de una mamá sin talento

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  1. Hola Caro,

    ¡Gracias por compartir tu blog!

    Pienso que los chicos de hoy tienen gran potencial de cambiar el mundo: aprecian el planeta y sus recursos, se dejan llevar por sus instintos y le dan menos importancia a los dramas de la vida; yo los veo como nómadas modernos: poco equipaje y mucha libertad de corazón.

  2. Excelente artículo!! simpático, ameno, muy bien escrito como todos, y una gran reflexión de lo que es el mundo robotizado de hoy. Felicitaciones Carito. Lo compartiré. Un abrazo. Martha Meneses Urbina.

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