¿Yo ingeniera?

Hoy le pregunté a mi esposo por qué estudió ingeniería y su respuesta coincidió con las razones por las que yo lo hice: porque en el colegio nos iba bien en matemáticas.

El destino de la mayoría de los ingenieros prácticamente se nos asigna por la destreza en esta materia. En mi caso, esa habilidad más que innata fue premeditadamente desarrollada por los intereses de mi padre, quien solamente prestaba atención a las calificaciones de matemáticas y física. Lo demás, no le importaba. Según él, toda persona  –sobre todo sus hijos–  debería estudiar ingeniería, ya la que las matemáticas, la lógica, la geometría y la física forman una estructura mental que permite el éxito en los avatares de la vida. Después, ya se podrá definir qué se quiere hacer en la vida. Y es el plan que tiene para sus nietos: ocho ingenieros (solo falta que se dejen).

Bajo sus sinceras influencias y el orgullo por mi habilidad matemática, con pocas dudas ingresé a estudiar ingeniería. Sin embargo, ahora que miro por el espejo retrovisor, son escasas las materias que realmente disfruté en mi carrera: no recuerdo haber dicho palabras como ¡esto es lo mío!, o ¡qué linda es la estadística!

Reconozco que admiro la perfección que poseen las matemáticas, me asombra saber que todo, o casi todo, lo que nos rodea puede ser explicado a través de ellas (digo casi porque las emociones, por ejemplo, no se han dejado escarbar tanto). Quedo estupefacta al ver reveladas coincidencias que solo muestran los números o constatar que relaciones invisibles para los ojos son evidentes para esta ciencia exacta. Más me gusta hablar de ella, cosa que espero hacer algún día en otro escrito, que sentarme a resolver una ecuación por puro gusto.

Amé las clases de física cuando se tornaban en discusiones filosóficas, o en acertijos como el de preguntarse “si en un espejo el derecho es izquierdo y el izquierdo es derecho, porqué el arriba no es abajo y el abajo no es arriba”; por qué la rueda no se cae con velocidad y sí lo hace en reposo, o porqué el agua de un charco se evapora si no está en temperatura de ebullición. Me maravillaron explicaciones como la órbita de la luna alrededor de la tierra (ella siempre está en un constante caer…), o la fuerza de gravedad: el espacio es una gran tela que se hunde en donde se encuentran las masas (los planetas o las estrellas) y cuanto más grandes son éstas, más profunda es su depresión y más fuerte su atracción. Luego de esta bella explicación debíamos calcular masas, fuerzas y distancias. Odié cuando se trataba de resolver los problemas, a los que los profesores maliciosamente se encargaban de poner “cáscaras”, dar datos que no necesitábamos o pedir demostraciones que un físico se tardó años en descubrir y que nosotros, los estudiantes, debíamos deducir. Bastantes problemas tiene la vida para que a ellos se les ocurriera ponernos unos que, además, ya estaban resueltos.

Una de las clases más emocionantes fue la de Física 1, en donde el profesor, un hombre brillante con un enorme cráneo de intelectual que además era ambidiestro y cambiaba su tiza de mano según el lado en que se ubicaba en el tablero, me tomó de ejemplo para explicar el “principio de conservación del momento angular”, poco conocido por los patinadores pero sí muy practicado por ellos, en el cual, la velocidad de rotación aumenta cuando cierran los brazos y disminuye cuando los abren. Tomó un pequeño banco circular, cuyo soporte giraba fácilmente, y me hizo sentar allí. Después de solicitarme que abriera los brazos, me dio varias vueltas, haciéndome sentir como una niña impulsada por su padre en algún artefacto de un parque de diversiones. La velocidad era suficiente para sonreír en una clase de física. Luego, solicitó que pegara mis brazos junto a mi cuerpo, momento en que comencé a girar como un molino de viento bajo un huracán. Después del experimento y su respectiva explicación, intenté regresar a mi puesto junto a los demás estudiantes. Pero el mundo me daba demasiadas vueltas y, antes de comenzar a tambalearme mientras atravesaba el salón de clases, debí aferrarme con todas mis fuerzas –como una moribunda–  al tablero de clases. Fue mi primera borrachera en la universidad…memorable. (¡Y sin guayabo!)

Otra clase divertida fue la de Geometría analítica, pues, mientras la profesora explicaba, mi amigo Juanfer, a sus espaldas, se encargaba de desmentirla entrecerrando sus ojos en forma de sospecha y haciendo señas con sus labios, como si estuviera dando un beso, mientras hacía negaciones con su cabeza. Creo que la profesora debió de tener problemas de autoestima después de mis carcajadas… Aunque las clases que se ganaron el premio de la emoción fueron las de cálculo 1, con su guapo profesor de lindas corbatas, nombre y apellido italianos, olor a fino perfume y ¡acento costeño! (no saben lo emocionante que fue madrugar ese semestre)

Para ponernos de nuevo serios y no explayarme en las infinitas anécdotas de la universidad, en conclusión, me gusta más la filosofía que la física, prefiero pensar sobre los números más que ponerlos a jugar en un papel cuadriculado y, en lugar de calcular las masas de los planetas, no paro de maravillarme de sus órbitas perfectas y sus significados astrológicos. Venus, nombre de un planeta y a la vez de la diosa del amor, describe una trayectoria que, vista desde la tierra, describe la forma de un corazón…

Parece que mi cerebro de ingeniera cada vez se vuelve más huraño y solo me atrevo a invitarlo en momentos excepcionales, aunque sé que la famosa estructura subyace en el fondo de mi cotidianidad. La disciplina propia de esta profesión se me atraviesa, unas veces terca y otras con soberbia, a buscar el orden perfecto y la lógica de todo, hasta de los sueños.

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7 comentarios sobre “¿Yo ingeniera?

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  1. Felicitaciones Carolina.
    Tienes madera para traducir tus pensamientos ,plasmarlos en un escrito y hacer que nos identifiquemos con tus realidades.

  2. Me gusta leerte; además de la claridad de tus palabras que hace grato el escrito, nunca había leído a un ingeniero ( fuera de josé ingenieros ) ( filósofo argentino ) y constituye algo nuevo y enriquecedor para mí, que créo y amo la ciencia como único pilar de la verdad. Tu panorámica existencial basada en tu visión matemática seguirá siendo una curiosidad para seguir leyéndote..Cordial saludo.

  3. Durante la travesía que nos presentas viajé a mi propio pasado, cuando mi papá me enamoró de la ciencia de aplicar el ingenio para solucionar problemas, de modelar el universo con las matemáticas para predecir el futuro.

    Mi experiencia es distinta, a pesar de dificultárseme la física y el cálculo avanzados (me costó mucho entender cálculo vectorial, fisica II y fisica IV; vi tres veces cada una de esas materias) siempre me maraville de cómo la realidad coincidía con los números, y que si a una viga de concreto se le ponían cierta cantidad de acero se rompería al aplicarle una fuerza determinada, cómo era posible saber en dónde se encontraría un planeta en un día determinado, cómo se podía determinar el tamaño de un mecanismo hidráulico para aplicar la fuerza necesaria que permitiera levantar un gran peso y como al dar las instrucciones precisas un computador hacía exactamente lo que yo le ordenaba.

    Gracias por hacerme dar cuenta de mi acertada elección y veo con preocupación que, como papás, no tenemos mejores herramientas que las de la pasada generación para cumplir con nuestra responsabilidad de orientar a nuestros hijos para elegir su vocación profesional.

  4. Buenísimo! Me pasa que cuando preguntan qué profesión tengo y alcanzo a decir “soy ingeniera industrial”, inmediatamente reacciono diciendo “bueno, estudié ingeniería industrial”…. por supuesto no es ingeniera lo que Soy…

  5. Carolina me encantan tus escritos, los leo y disfruto mucho. Escribes muy bien, describes muy bien situaciones y con un impecable lenguaje, excelente estilo y narración. Ya le vas a hacer competencia a Gabo!!! te felicito primita. Un abrazo, y no dejes de escribir.

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