Una única vez

La única vez que me enamoré sentí que el mar era demasiado grande para mí, que el cielo lo cargaba yo a cuestas y que mi corazón inexperto se mostraba, expuesto al mundo, a través de mi pecho.

Nací en medio de tres mujeres: mis dos hermanas mayores, que me mimaban como a una más de sus muñecas, y mi madre, mujer tranquila de cabello espeso y fe inquebrantable. Por eso estudié en un colegio de monjas y, naturalmente, solo de niñas. Mi relación con los hombres fue muy escasa, aparte de la obediencia que le debía a mi distante padre, quien siempre estaba trabajando y solamente hablaba durante la cena para corregirnos los modales o decirnos que estábamos hablando muy duro,  que no interrumpiéramos las conversaciones ni habláramos con la boca llena, y para intimidarnos con preguntas académicas sobre las capitales del mundo, multiplicaciones y, más tarde, con conceptos de física y de química. El otro hombre de mi infancia fue el cura del colegio, quien siempre censuraba mis inocentes confesiones y me ponía de penitencia a rezar – demasiados para mi gusto – padrenuestros y avemarías. La relación que tenía con Jesús era un caso aparte, pues a Él solo le hablaba después de comulgar en la misa de los domingos. En las noches prefería rezarle a la Virgen María, a quien le tenía más confianza; creo que igual les pasaba a las monjas de mi colegio quienes buscaban inculcar en sus alumnas los atributos de la Virgen, y entonces le daban más importancia.

Fui una niña muy feliz, tanto en mi casa como en el colegio, pues me llevaba muy bien con mis hermanas, con mi madre y con mis amigas. Nuestros juegos siempre fueron delicados, como si viviéramos en el mundo ideal de las hadas que se miman y se comunican con la mente, que sonríen y no discuten y hacen bien a todo el mundo. Criábamos hijos de plástico y caucho que nunca desobedecían ni les crecía su cabello, cosíamos y tejíamos su ropita o telas en punto de cruz con las figuras de una rosa o de un osito juguetón y ayudábamos en la cocina con tareas fáciles.

El problema comenzó cuando mis hermanas se desinteresaron de los juegos y, en la adolescencia, mis amigas se interesaron por los hombres, un mundo extraño al que yo no tenía acceso. Veía como diosas a aquellas niñas que, cuando salían del colegio, las esperaba un muchacho. Me parecía una hazaña fantástica lograr el contacto con alguno de esos seres que parecían venir de otro planeta.

Cuando en la clase comenzamos a cumplir 15 años me invitaron a una fiesta, de esas de bailar con los chicos. Mi mamá se esmeró en que yo quedara como una diosa y me disfrazó con un vestido rosado de tul de mangas bombachas que había sido de mis hermanas. Creo que ya había pasado de moda, pues cuando llegué al evento todas mis amigas tenían vestidos con straples de terciopelo. Además, sentí las miradas escudriñadoras y burlonas de las muchachas desconocidas.

Cuando comenzaron a sonar los merengues, los chicos que estaban en la fiesta se animaron a sacar a bailar a las muchachas, mientras yo esperaba ansiosa que llegara mi turno. Pasaron varias canciones eternas antes de que un chico flacuchento y con acné juvenil me sacara a bailar. El sudor de mis manos se mezcló con el de las suyas y la música acompasó nuestros pisones y el balanceo exagerado de las manos de quien no sabe bailar. Más tarde me sacó un chico muy guapo de ojos del color del cielo y cabello rubio, que parecía haber salido de alguna de las páginas de mis cuentos infantiles de príncipes y princesas. Entonces, el sudor imperceptible de mis manos se convirtió en cascadas y nuestros pies danzaron chapoteando en el charco formado por la manifestación de mis nervios. Cuando se acabó la canción él se alejó sin siquiera regalarme una mirada de sus lindos ojos y sus pasos se fueron desvaneciendo en el horizonte de la pista de baile, como los aventureros de los cuentos que se van a conquistar nuevas tierras y dejan suspirando a sus amores.

Entonces aprendí a evitar a los hombres para impedir el sudor en las manos y escapar de la evidencia de mis mejillas sonrojadas. A las siguientes fiestas que me invitaron no pude asistir, pues siempre (qué coincidencia) me daba diarrea.

Cuando me gradué decidí estudiar psicología, para mí era un gran motivo de interés estudiar la desconocida mente de los hombres. Además, necesitaba entender por qué ellos me intimidaban tanto. Pero, ahora que lo pienso, creo que me equivoqué de carrera, pues no encontré las respuestas que buscaba y, lo peor, de los 30 alumnos de mi clase solo había dos hombres, uno de los cuales era homosexual. En cambio Sandra, mi mejor amiga del colegio, estudió ingeniería mecánica y prácticamente se volvió la reina de la clase. Siempre estudiaba con hombres que la adulaban, le ayudaban a estudiar y la invitaban a bailar, a comer, a fiestas, a paseos.

Un día, ella me invitó a uno de sus paseos. Allí fue donde conocí a Felipe, hombre de mirada dulce, cuerpo robusto y voz musical. La primera conversación con él  (y las de los dos días siguientes) se pudo desarrollar con naturalidad porque estábamos dentro de una piscina, entonces mi sudor se mezcló muy fácil con el agua y varias veces pude refrescar mi rubor cuando me sumergía para hacer burbujas.

En la noche, con varios aguardientes en mi cabeza, pude vencer la timidez de tantos años sin atrevimientos y permití que sus labios tocaran los míos. Me sumergí en un paisaje de árboles de hojas de felpa y flores violetas y floté por el aire tibio, liviana como las hadas de mis juegos infantiles.

La siguiente noche, otra vez bajo los efectos del licor, la timidez ya vencida me permitió deshacerme del mayor estorbo que había tenido desde que mis amigas comenzaron a relatar y a presumir de sus encuentros con los hombres: la virginidad.  Entré en su habitación esperando apreciar una bella escultura, pero su cuerpo desnudo me devolvió los sentidos ya adormecidos por los tragos. Los genitales de Nicolás, mi sobrino, parecían una pera dulce y blanda recién arrancada de un árbol – con su rama enclenque –, la misma pera que nos mostraron en el colegio en los dibujos de los libros de anatomía. En ese momento me arrepentí de no haberme asomado por las ventanas del colegio cuando se aparecía el exhibicionista a mostrar sus vulgaridades (pues eso era pecado), así no me habría llevado tan abrumadora sorpresa. El órgano de Felipe era gigante y peludo, y su rama enclenque parecía un tronco. Sentí que mi cuerpo no estaba diseñado para recibir aquel armatoste, por lo que me tocó pedirle que nos tomáramos unos tragos más  (tal vez en la intimidad también tuvieran un efecto embellecedor).  Cuando ya la embriaguez me permitió aceptar que la belleza de un hombre va acompañada de la fealdad de su miembro, me abrí como una flor resignada al destino de ser tocada para quebrantar su fragilidad, a ser olida para revelar los finos perfumes que se esconden bajo el rocío – sudor del aire –, a ser objeto de placer sublime mientras se espera ser invitada a embellecer los días de quien la admira. Y entonces, descubrí que la belleza se esconde y no se puede juzgar por el engañoso sentido de la vista, pues esta deleita todos los demás sentidos (no solo los cinco estipulados, sino aquellos otros más sutiles que no sé por qué no se han considerado en la academia).

Al día siguiente debimos volver a la fría Bogotá. Me despedí de Felipe con un beso y durante el viaje de regreso vi en cada nube su rostro, en cada árbol sus manos y en el viento que rozaba mis mejillas sus deliciosas caricias. Esperé su llamada varios días, hasta que, con el sudor de mis manos mojando la pantalla de mi celular, decidí llamarlo. Solo hubo respuestas secas e indiferentes y ninguna propuesta para volver a encontrar nuestros labios. Ese día mi corazón lloró, aunque mis ojos no pudieron hacerlo. Entonces tomé en mis manos aquel corazón magullado y en su tierra fértil sembré un árbol de peras que luego cerqué con un alambre de púas en donde una inmensa enredadera fue trepando hasta volverlo invisible.

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