Tiempos de transformación

Difícil soportar los cambios cuando nos aferramos a ideas preconcebidas, a rutinas establecidas, a ideales impuestos. Todo se está desvaneciendo. Y nos preguntamos: ¿qué hay? Pues lo que creemos, pero mejor, lo que creamos que pueda ser posible.

Se mueren nuestros viejos, se desgastan. No los mata un virus, los mata el encierro y la soledad. Les mata el caos que ni siquiera viven, pero que ven a través de la caja negra que es su única compañía mientras piensan que los tiempos pasados fueron mejores y que el tiempo futuro es aterrador.

Y en cuanto al tiempo presente, ¿qué se hace cuando parece que sobra? Llenarlo de nada, de miserias, de añoranzas, de pensamientos inútiles, repetidos, cotidianos, aburridos. ¿Es la ignorancia de saberse creador? ¿es el tedio que nubla la motivación? Motivación de qué, para qué si el mundo anda cambiando con tanto desenfreno que no se alcanza ya a planearlo, mucho menos a comprenderlo. Que lo cambien otros, los que nacen, los que crecen, tal vez algunos de los que se reproducen, mientras el resto espera pacientemente a ser de los que mueren, mientras el pánico a la muerte los mantiene atentos a lo que pasa afuera.

Se sumergen nuestros jóvenes en un mundo irreal de pixeles, juegos, apps, emojis y chats, la compañía de la soledad, la libertad que soluciona la restricción, posponiendo la vida que no conocen, porque no se ha vivido.

Es cuando el caos interior debe salir, ya no aguanta más adentro.  

En el caos no hay ley y si la hay no se cumple, o no sirve. El caos busca la destrucción de lo que aprieta, libera lo que está reprimido, custodiado, para que salga a la luz. Y esos diablos sueltos lucen aterradores, intimidan y confunden, pero es que les llegó su momento.

El mundo cambió, o nos enfrentamos con nosotros, con nuestros miedos y nuestros demonios, o seguiremos huyéndoles con evasivas, ya no lúdicas, tal vez ahora sociales, psicológicas, tecnológicas, gastronómicas, alcohólicas o farmacológicas.

Explota, sale la ira y la frustración, las lágrimas colectivas encharcan las calles y lavan la sangre y limpian la mugre. Y luego el sol, que siempre ha estado brillando, sonreirá cuando se de cuenta de que por fin lo están mirando.

Carolina Rodríguez Amaya

¿Números o letras?

Siempre me han gustado las matemáticas, aunque algunas veces me han costado trabajo. Sé que su utilidad es incuestionable y, además, obvia: nuestro cosmos, durante siglos, ha sido explicado por el hombre a través de las matemáticas. Y no solo eso, sino que ellas son ingrediente indispensable en la ingeniería, la física y la arquitectura, entre otras muchas disciplinas, con las que hemos podido modificar, enriquecer y moldear nuestro mundo inmediato. Sigue leyendo “¿Números o letras?”

¿Señal divina?

Hace unos pocos meses, en vacaciones, me encontraba alistando a mis dos hijos para que viajaran con mi suegra a los Estados Unidos. Serían mis quince días de vacaciones para descansar de ser mamá. Podría ir a cine a la hora que se me diera la gana, escribir sin interrupciones, dejar de subyugar mis intereses y prioridades a las de ellos, dejar de preocuparme por verlos hipnotizados ante un televisor y sentirme culpable por eso o, por el contrario, dejar de tratar de ser buena madre y jugar con desgano. Ni siquiera tendría que buscarles planes costosos para alejarlos del tedio prematuro del que algunos adultos sufren cuando huyen de sí mismos o no les gusta leer.

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EL DIOS DE LOS TOROS

Nada más exótico que una corrida de toros para un extranjero que venga de un país en donde estén prohibidos ese tipo de espectáculos.  Dos gringos que se encontraban de visita en la empresa en donde yo trabajaba se morían de las ganas por ir a toros. Como en Bogotá todavía no había reinado Petro, los aficionados  podían asistir a las grandes faenas en donde debutaban famosos toreros como César Rincón, El Puno o Enrique Ponce. Personalmente (y para algunos pareceré muy inculta al no poder percibir el arte sin un dejo de sufrimiento) nunca me han gustado ese tipo de fiestas sangrientas o, más que eso, humillantes, en donde la fuerza bruta del ingenuo animal se confronta con la arrogancia terca de los hombres. Sin embargo, ante tanto entusiasmo por parte de los visitantes y con el compromiso de tener que atenderlos, acepté a regañadientes su solicitud.

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I- DIOS ES TESTIGO DE JEHOVÁ

No hay más austeridad que la que lleva un estudiante (en una gran mayoría de casos, aunque ahora veo un poco de muchachos que gastan más que cualquier asalariado). Peor, si se es estudiante latino en un país desarrollado.

Con gran esfuerzo por parte de mi papá, interrumpí un semestre de universidad para ir a Inglaterra, a estudiar inglés (los presumidos dirían “a perfeccionar el inglés”). Tuve la fortuna de ser recibida en casa de mi prima Myriam y de hacer uno que otro trabajo esporádico cuidando niños o planchando, cosas que nunca había hecho (aparte de aguantarme a los primos pequeños o planchar los pañuelos de mi papá, cuando se me ocurría ayudarle a la empleada de la casa). Planchaba tan mal, que duraba haciéndolo el doble del tiempo por el que me pagaban. Allá, la práctica del arte de planchar fue poca, insuficiente para escalar en los talentos necesarios para descrestar a un futuro esposo. Sigue leyendo “I- DIOS ES TESTIGO DE JEHOVÁ”

Arrogancia espiritual

Veo cada día más personas buscando un camino espiritual que les convenza y que les sacie aquel vacío interno que con nada más se llena. Afortunadamente, hoy en día la información está disponible para quien quiera buscar opciones diferentes a las convencionales. Ya muchos han encontrado respuestas, cada uno con diferentes recorridos, que nos conducen a la misma cima de la montaña: Dios. Otras cuantas opciones pueden ser embusteras, manipuladoras o explotadoras, pero inclusive las equivocaciones son parte del camino, pues si despertamos de aquella ensoñación de engaño, podemos aprender la lección, buscar algo mejor y superar nuestra ingenuidad.

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