¿Señal divina?

Hace unos pocos meses, en vacaciones, me encontraba alistando a mis dos hijos para que viajaran con mi suegra a los Estados Unidos. Serían mis quince días de vacaciones para descansar de ser mamá. Podría ir a cine a la hora que se me diera la gana, escribir sin interrupciones, dejar de subyugar mis intereses y prioridades a las de ellos, dejar de preocuparme por verlos hipnotizados ante un televisor y sentirme culpable por eso o, por el contrario, dejar de tratar de ser buena madre y jugar con desgano. Ni siquiera tendría que buscarles planes costosos para alejarlos del tedio prematuro del que algunos adultos sufren cuando huyen de sí mismos o no les gusta leer.

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EL DIOS DE LOS TOROS

Nada más exótico que una corrida de toros para un extranjero que venga de un país en donde estén prohibidos ese tipo de espectáculos.  Dos gringos que se encontraban de visita en la empresa en donde yo trabajaba se morían de las ganas por ir a toros. Como en Bogotá todavía no había reinado Petro, los aficionados  podían asistir a las grandes faenas en donde debutaban famosos toreros como César Rincón, El Puno o Enrique Ponce. Personalmente (y para algunos pareceré muy inculta al no poder percibir el arte sin un dejo de sufrimiento) nunca me han gustado ese tipo de fiestas sangrientas o, más que eso, humillantes, en donde la fuerza bruta del ingenuo animal se confronta con la arrogancia terca de los hombres. Sin embargo, ante tanto entusiasmo por parte de los visitantes y con el compromiso de tener que atenderlos, acepté a regañadientes su solicitud.

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I- DIOS ES TESTIGO DE JEHOVÁ

No hay más austeridad que la que lleva un estudiante (en una gran mayoría de casos, aunque ahora veo un poco de muchachos que gastan más que cualquier asalariado). Peor, si se es estudiante latino en un país desarrollado.

Con gran esfuerzo por parte de mi papá, interrumpí un semestre de universidad para ir a Inglaterra, a estudiar inglés (los presumidos dirían “a perfeccionar el inglés”). Tuve la fortuna de ser recibida en casa de mi prima Myriam y de hacer uno que otro trabajo esporádico cuidando niños o planchando, cosas que nunca había hecho (aparte de aguantarme a los primos pequeños o planchar los pañuelos de mi papá, cuando se me ocurría ayudarle a la empleada de la casa). Planchaba tan mal, que duraba haciéndolo el doble del tiempo por el que me pagaban. Allá, la práctica del arte de planchar fue poca, insuficiente para escalar en los talentos necesarios para descrestar a un futuro esposo. Sigue leyendo “I- DIOS ES TESTIGO DE JEHOVÁ”

La muerte de M…

Se murió y no alcancé a llevarle al hospital la revista Soho.

¿A quién se le ocurre pensar que después de una fractura llega la muerte? Micho, mi más cercano amigo y profesor de parapente se accidentó mientras volaba (o más bien al aterrizar), partiéndose el fémur. Tenían que operarlo. Conversamos el día anterior a su cirugía. Lo noté desanimado, cosa bien extraña en él, siendo pocas las palabras que se pudieran expresar a través de una llamada telefónica. Le conté mis varias ocupaciones de aquel día y cerré la conversación con la promesa de visitarle al día siguiente, después de su cirugía.

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Fugaz reflexión en un semáforo

Cada semáforo tiene su dueño. A veces lo habita más de uno, para así dar opciones a todos los transeúntes: está el mendigo, para quienes todavía se compadecen de la desgracia ajena; el ladrón, para los desprevenidos; el que limpia los vidrios, para quien no tiene tiempo de lavar su carro; los que revisan las llantas, para quien se cree el cuento; los vendedores ambulantes, para quienes se antojan de unos chicles, una bebida energizante, un muñeco para el nieto, un libro pirata o un cargador de celular de esos que, por ahorrar unos pesos, resultan quemando el aparato. Mis favoritos, son los cirqueros: el hombre que lanza fuego por su boca como si fuera un dragón, el malabarista que usa una pequeña bola de cristal generando la ilusión de que fuera una esfera flotante, los tres hermanos (me imagino yo) que se suben uno encima de otro y luego dan botes en el aire, el equilibrista que camina en una cuerda amarrada del poste al árbol de la acera lateral y el ciclista, que hace piruetas en su bicicleta, la para en una llanta, luego gira en la otra y al final se suspende en el asiento mientras ella va rodando. Están en la calle haciendo piruetas porque, seguro, a ninguno de ellos su mamá les dijo que se alejaran del peligro, que se iban a matar.

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¿Yo ingeniera?

Hoy le pregunté a mi esposo por qué estudió ingeniería y su respuesta coincidió con las razones por las que yo lo hice: porque en el colegio nos iba bien en matemáticas.

El destino de la mayoría de los ingenieros prácticamente se nos asigna por la destreza en esta materia. En mi caso, esa habilidad más que innata fue premeditadamente desarrollada por los intereses de mi padre, quien solamente prestaba atención a las calificaciones de matemáticas y física. Lo demás, no le importaba. Según él, toda persona  –sobre todo sus hijos–  debería estudiar ingeniería, ya la que las matemáticas, la lógica, la geometría y la física forman una estructura mental que permite el éxito en los avatares de la vida. Después, ya se podrá definir qué se quiere hacer en la vida. Y es el plan que tiene para sus nietos: ocho ingenieros (solo falta que se dejen).

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Qué será de ti…

Tu ruana desteñida, tus pantalones de dril barato y tu sombrero de ala corta no eran afines con la ciudad agitada de edificios altos y vehículos modernos, en donde yo me encontraba caminando un domingo soleado junto a mi familia. Te vi, sin indiferencia y ya con detenimiento, cuando, con un aire de ingenuidad, nos preguntaste dónde podías tomar un bus hacia tu vereda. Uy, está muy lejos, varias manzanas más abajo, te respondí. Tu acento me recordaba al campo, a los papicultores de la sabana cundiboyacence, a montañas lejanas de tierras fértiles. Tus mejillas, tostadas por el sol, insinuaron la inutilidad de aquel sombrero. Tu diente ausente, bajo la expresión humilde y a la vez sinvergüenza, acentuaba la discordancia de un hombre del campo en una ciudad de maniquís.

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El carnaval de Barranquilla

Un febrero hace dos años D y H nos invitaron, a mi esposo y a mi junto con otras dos parejas, a su casa en Barranquilla para ir al carnaval: el grupo de cachacos éramos seis. D nos tenía de regalo unas camisetas con temas alusivos a estas fiestas, que nos identificaba a todos como miembros de un mismo grupo de parranda. A las mujeres nos bordó lindas balacas de colores, con flores y lentejuelas brillantes. Así, nos dirigimos a los palcos para presenciar la batalla de las flores, un desfile de comparsas, bailes, colores, bellos disfraces y carrosas bajo un ambiente de fiesta, que se revelaba frente a nuestras narices con miles de personajes alegres que pasaban por la calle 40: los garabatos, las marimondas, los congos, las negritas, las reinas…El papel de espectadores también es completamente activo, pues en las tribunas no se para de bailar, reír y gritar, ya sea bajo la música pasajera o al ritmo de los tambores que acompañan al público, legado de nuestros ancestros africanos.

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