¿La mujer perfecta?

Mujer hermosa que buscas la perfección en la apariencia: nunca te permites el desparpajo, tus uñas siempre están esmaltadas, tu cabello disciplinadamente tinturado y tu cuerpo se somete a la rutina de un gimnasio o, si la necesidad de gustar es más intensa, a una o varias cirugías. No te permites andar sin maquillaje, pues es tu máscara perfecta: aquella que esconde tus temores y te permite ser admirada. Tal vez, no te atrevas a salir sin aretes o alhajas y siempre vistes de moda. La compra de ropa busca llenar aquel vacío que en el fondo sientes y no te has preguntado por qué. Te regocijas cuando llega un merecido halago o un reconocimiento a tu anhelada belleza. No te atreverías a asistir a una fiesta de disfraces si eso implicara una apariencia no convencional: ni disfraz de bruja ni de fea, más bien de modelo, puta elegante, Marilyn Monroe o bailarina árabe.

Tal vez busques ser la madre perfecta, entonces te centras en tus hijos e intentas, a través de ellos, vivir su vida. Te inmiscuyes hasta en el más mínimo detalle y con ellos vuelves a estudiar de nuevo, demoras meses en la preparación de su primera comunión, has leído todos los libros de crianza, los llevas a diversas clases que les desarrollan o aprovechan sus talentos y tú no te mueves de allí, como si fueras su sombra. Son tu orgullo, tu tema favorito de conversación y sus realizaciones son tus sueños cumplidos. Puede que los corrijas muy poco para no empañar la imagen de la madre comprensiva o, por el contrario, los reprendes demasiado, para cumplir con el ideal de una madre que cría hijos intachables.

Tal vez pretendes ser la ejecutiva ideal: siempre tienes tu trabajo impecable, tus opiniones son precisas, tu andar es elegante, tu cumplimiento exacto, tu entrega ejemplar. Nunca te equivocas y, cuando ocurre, lo escondes o buscas culpables, pues no es digno de ti. Luego, de regreso a casa, recreas y saboreas los halagos de tu jefe mientras tú mirabas de reojo a los demás, con orgullo y desdén.

O más bien buscaste ser la hija perfecta: estudiaste la carrera que siempre anheló papá y te casaste con el hombre que aprobó mamá. Te reconforta el orgullo que les haces sentir, porque siempre los has complacido, nunca los has decepcionado, has seguido las tradiciones familiares, ejerces los principios enseñados en casa y vas a misa los domingos. Juzgas lo que ellos juzgan y no te das cuenta de que aquellos señalamientos, prohibidos para ti, se encuentran encerrados en la cárcel de tu alma, que al no ser expresados están a punto de explotar.

¿O eres la esposa perfecta que, además de trabajar como lo exige la sociedad moderna, tienes la casa impecable, los hijos amaestrados y la cena siempre deliciosa? Opinas igual que él y cuando no, callas; él te encuentra siempre arreglada y sonriente, procuras no hacer mala cara, ni mucho menos llorar delante de él.

Es muy probable que hayas fallado a tan altos estándares y por eso no paras de culparte. Pero, la mujer perfecta no existe, querer serlo es sospechoso. Tu perfección es solo un disfraz de anhelos profundos, es una fachada, pues en el fondo se alberga una mujer reprimida, olvidada de sí misma, controlada por creencias falsas y estereotipos vanos, que ha sacrificado su esencia para vivir en función del qué dirán, del reconocimiento y de la aprobación, es decir, en función de los demás.

En el pozo profundo de tu alma hay una niña triste que aprendió a complacer como una forma de evitar reprimendas, que aprendió a gustar como una técnica de supervivencia, que buscó ser amada adaptándose a las exigencias de su entorno. Y así, te alejaste de ti misma…

Llegó tu tiempo, el de reencontrarte, buscar tu esencia y expresarla sin importar el qué dirán.

Puedes reírte a carcajadas y sentarte con las piernas abiertas, igual ya usas pantalón. Está bien si no usas sostén y permites también la libertad juguetona de tus senos. Qué importa si no te vistes a la moda y que uses los pantalones desgastados que tanto te gustaban en la juventud. Está bien que tu esposo presencie tu llanto, que tus hijos queden solos mientras sales a caminar, y que ofrezcas comida chatarra si no quisiste cocinar.

Está bien que hoy salgas a la calle en pijama, que bailes sin convenciones, que barras desnuda la sala de tu casa y que los platos no se laven hoy. Despide los temores a disgustar, para que digas NO cuando se te antoje, con confianza y sin explicaciones, para que te niegues sin tener que inventar una historia, para que aceptes que no todo lo sabes, que no todo lo puedes, que tienes derecho a fallar y que, cuando lo hagas, tienes derecho al amor.

Está bien que comas chocolates y tengas cinco kilos de más, que tus carnes se aflojen y que las arrugas lleguen con el tiempo.

Descubrirás que tu deseo de perfección es en realidad el deseo de ser amada. Cuando te liberes, cuando sepas que eres perfecta en tu imperfección, habrás logrado el más puro y auténtico amor: el amor a ti misma. Entonces descubrirás que el amor que te expresan los demás es un simple reflejo del amor a ti misma, porque se te ama por lo que eres y no por lo que haces.

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Consumo consciente

Me gustaría que nuestra sociedad fuera más auténtica, como la mexicana, que tiene una profunda identidad cultural que defiende a capa y espada y que, además, promueve con orgullo y devoción. Los mariachis, los tacos y las rancheras ya se encuentran muy bien posicionados -para hablar en términos de mercadeo- en varios países del mundo. En cambio, aquí parece que nos avergonzara nuestro lindo folclor, que no creyéramos en nuestros propios productos, que no valoráramos nuestro talento local, que nos importara un bledo el progreso de nuestra gente. Los bambucos se están extinguiendo y ya los niños ni siquiera saben qué es un tiple. En las presentaciones de los colegios ya no cantan villancicos, sino el “we wish you a Merry Cristmas” y nuestro arribismo nos hace despreciar todo lo que sea nacional. Preferimos copiarnos de todo, acoger gustos extraños, adoptar modas globales, comprar marcas internacionales de las que no sabemos absolutamente nada, por ejemplo, si usan mano de obra infantil o esclavizada.

Ya que como que lo nuestro es copiar, preferiría mil veces que lo hubiéramos hecho de los europeos (espíritus viajeros consumidores de cultura, de arte,  de aventura) y no de los gringos, consumidores compulsivos de cuanto producto aparezca en el mercado, de imagen, de apariencias, de estatus, de marcas y de su casi único tedioso entretenimiento que es ir a las rebajas de los centros comerciales y hacer filas desesperantes cada “Black Friday” (si, triste, ya llegó la copia aquí y, además, mal hecha).

Necesitamos un consumo consciente, en diversos frentes, no solo el ecológico, en donde deberíamos preferir todo lo que cuide a nuestro apaleado planeta, sino aquel que no afecte a nuestra comunidad. Todo lo contrario, que la enriquezca. Si cada país, empresa, región se preocupara simplemente por el bienestar de su comunidad, en lugar de tratar de invadir a punta de chécheres a los otros (como ocurrió con otros métodos y otros propósitos en la época de las conquistas y las colonias), seríamos un planeta menos pobre, más desarrollado, más justo.

Otra forma de consumo consciente es dejar de comprar tanta pendejada que no necesitamos. Sueño con el día en que en lugar de abastecernos de tantos productos innecesarios (que hoy en día mueven la economía y el empleo, cómo no) compráramos arte, entretenimiento, ideas, información y que todo aquello fuera el motor de la prosperidad.

Les cuento una anécdota reciente: cuando salimos de clase de yoga, casi siempre vamos a desayunar con mi mamá y” las primas”. Hoy, en lugar de ir a donde Ana (una joven atenta y emprendedora, que comenzó sola su negocio al lado de su madre después de estudiar repostería y cocina y que se esmera por atendernos y darnos gusto en nuestros caprichos), decidimos cambiar a otro café cercano. En la mitad de nuestra conversación llegaron dos policías para intentar solucionar las acaloradas disputas en que se encontraban las dos parejas de socios del local, que parecían actores de una tragicomedia: un paisa con una mujer rubia versus un costeño con una argentina. El costeño trataba de insultar a la señora alta, muy guapa pero escasa de cintura, diciéndole “travesti”. La argentina, esposa del costeño, le decía al típico paisa que se deja colgar unos cuantos crespos en la nuca y se aprieta demasiado sus bluyines, esposo de la travesti, “salí del clóset, maricón”. El paisa vio arribar al hijo del costeño y le clavó un puño que le partió la nariz. El costeño se lo devolvió. La travesti quería raparle el celular al costeño, pues la había grabado sacando plata de la caja registradora, pero los policías lo decomisaron.

¿Por qué viene al caso el episodio? Porque creo que debemos preguntarnos, siempre, a quién le estamos comprando. ¿Al capitalista multimillonario que explota niños en Pakistan y que, además, desprecia a los latinos, aunque sea más barato? ¿A una mujer emprendedora, cabeza de familia, aunque sea un poco más caro? ¿A un empresario honesto? ¿a la travesti con su paisa mandapuños, que roba a su socio? ¿O a Ana?

¿Estamos generando empleo en nuestra comunidad? Algunos creen que ese tema no les incumbe, que no les afecta, que debe ser un problema de otros, pero ese individualismo tan propio de los colombianos es lo que nos mantiene atrasados. He sido testigo de empresarios del sector textil (unos ya quebrados) que se quejaron de la entrada al país de Zara y de Forever 25, pero que usaban un Volkswagen (los Mazda eran muy buenos, pero esa ensambladora hace poco cerró en Colombia), mientras que los empresarios de autopartes se quejaban del contrabando y de tantas importaciones innecesarias, pero se vestían con la ropa de Zara. Y luego escuché quejas de aquellos que no tenían nada que ver con la industria, como los actores (que vestían con Zara y tenían Volkswagen), hasta que les llegó su turno cuando los canales entraron en crisis y prefirieron traer novelas brasileras que pusieron en horario triple A, en lugar de contratar al talentoso elenco colombiano. Novelas que vieron en el canal RCN los campesinos que ya no madrugaban tanto porque nadie les comprabas las papas, que se comenzaron a traer de Holanda, porque eran mucho más baratas, a pesar de haber hecho unos cuantos paros que no solucionaron nada. Hasta que en penúltimo lugar quedaron los pocos que no se afectaron por haber mirado tanto hacia afuera, que eran los importadores con sus bolsillos llenos de dinero, y sí señores, que cómo no, que todos esos pobres que se quedaron sin trabajo, ya desesperados, son los que les están robando los espejos a sus lujosos carros.

Y los últimos, los políticos y los dirigentes del país, los únicos que no se perjudicaron de la anacrónica teoría de la globalización y los mal negociados TLC (que nos vendieron exitosamente y que por eso Trump -que sí protege a su industria- no quiere deshacer, como sí lo va a hacer con México) se enorgullecen de haber traído una “inversión extranjera”, la más dañina de todas, esa que está saqueando las selvas del Chocó y pelando todas nuestras montañas sin ni siquiera dejar un peso por acá, esa que solo nos viene a vender (pero no a generar empleo) y a arrasar con los pequeños emprendedores, esa que supuestamente nos está haciendo comprar más barato, pero que ya ni sirve porque sin trabajo…, esa que nos está haciendo comer carne de vacas hacinadas, alimentadas con maíz transgénico y levantadas a punta de antibióticos en las CAFO (Concentrated Feeding Animal Operation) en lugar alimentarnos de las vacas que pastan felices en las extensas llanuras de nuestras lindas tierras.

Y con tanta crisis, y a falta de los petrodólares que financiaban tanta importación (de lo que fuera) y la desmedida corrupción, entonces nos subieron los impuestos, para que puedan seguir robando, para que todo sea más caro, para seguir ahorcando a las pocas industrias que quedan.

Aunque este texto parezca un desahogo, quejarse no sirve. El individualismo de los dirigentes es el fiel reflejo del de los colombianos. Todo empieza por cada uno de nosotros, que podemos comenzar, al menos, entre otras pocas cosas, con un consumo consciente.

PD: este texto está dedicado a mi papá, gran luchador en pro del empleo y la industria colombiana. Te Quiero Mucho.

PD2: No se me ofendan mis amigos del Volkswagen, es con cariño.

Juzgar , ¿pecado o dicha?

Hace unos días comentaba con mi hermana y mi prima la necia costumbre que como seres humanos tenemos de juzgar. Hablamos, también, que las generaciones anteriores tienden a incurrir mucho más en cierto tipo de prejuicios que, afortunadamente, ya se han venido desvaneciendo en éstas épocas. Como ejemplo, tal vez varios vivimos en carne propia los rechazos de los pretendientes que no cumplían con el estereotipo aceptable para nuestros padres. En mi caso, nunca me atreví a llevar a mi casa a un prospecto con “aretico” o pelo largo (uno que otro se coló en la clandestinidad), a pesar de ser personas de bien. Menos mal que en esa época no se vestían mostrando los calzoncillos, porque tampoco hubieran clasificado a entrar en la sala de mi casa, ni mucho menos a invitarme a salir de ella.

Me molesta mucho cuando alguien critica a alguno de mis seres queridos (inclusive si lo hacen entre ellos), porque yo los veo perfectos y lo que podrían ser sus defectos, son solo rasgos propios de su personalidad completamente tolerables y con los que se puede convivir o, además, son simples retos que cada cual tiene como proceso de evolución personal. Defiendo como una fiera salvaje a mis amigas cuando algún hombre se atreve a decir que son feas, gordas o antipáticas, pues todas, sin excepción, son mujeres completamente hermosas en todas sus dimensiones. Me duelen las críticas ajenas, incluso a veces, hacia desconocidos, como cuando se trata de prejuicios traspasados de generación en generación y que se repiten sin ningún tipo de cuestionamiento.

Aunque tampoco me gusta esa posición arrogante de dioses, en donde juzgamos a quienes juzgan con una actitud prepotente, como diciendo “yo no caigo en eso”. Es más, sí caemos, tan pronto como condenamos a quienes condenan. Como seres subjetivos que somos, nuestra vida cotidiana está hecha de juicios. Sería casi que imposible no hacerlo.

Tampoco acato ciegamente las corrientes religiosas o espirituales en donde nos advierten que cometer dicha falta nos degrada como personas y que, a toda costa, debemos acudir a la tan trajinada compasión, que últimamente se ha venido confundiendo con “pobrecitiar”, o con tratar de evitar que quienes hayan actuado en contra de ciertas leyes sociales asuman las consecuencias de sus actos. Independientemente de nuestras opiniones hay reglas, convenciones que debemos cumplir y acatar como miembros de una sociedad, que muchas veces dejamos pasar impunes por absolver lo que no nos corresponde. En cambio, otras veces, condenamos simples expresiones personales que ni siquiera se parecen a una ofensa, un error, o a un delito.  Todo eso es extremismo que, además, sembramos incluso en el seno de nuestras familias, por ejemplo, con nuestros hijos, pobres ratas de laboratorio.

La diferencia entre el juzgar odioso, condenatorio y el ejercicio diario de emitir juicios, que hacemos de manera inocente, continua e imperceptible, está en reconocer que somos seres subjetivos. Que lo que dictamos es solo un punto de vista, una apreciación, y no la verdad absoluta. Que cuando lo hacemos, tal vez estamos opinando lo que no nos gustaría vivir, tener, experimentar, sufrir, pero que para otro individuo puede ser completamente válido y entendible si nos ponemos en su lugar.

Juzgar es en cierta forma una manera de definirnos, de afinarnos en nuestras preferencias a través de las expresiones y las experiencias ajenas. Incluso, es una manera de descubrir nuestros deseos más oscuros y profundos, esos que no nos atrevemos a mostrar y por eso mismo, con cierta envidia, lo resaltamos con desagrado en otros. Cuanto más nos conocemos y nos aceptamos, menos juzgamos a los demás.

Juzgar se vuelve inevitable cuando nos invita a poner un tono humorístico a simples observaciones, como aquel mismo día de la charla con “las primas” (nosotras, quienes rechazamos la crítica). Confieso que esa vez me sentí completamente inconsistente. Salíamos de una clase de yoga cuando la profesora comentó la ausencia de “la ginecóloga”. Nos pareció muy extraño estar compartiendo clase con una ocupada doctora, así que le preguntamos a quién se refería. Inmediatamente nos sorprendimos al saber que Fany, aquella poco agraciada compañera de clase, torpe en sus movimientos, era una médica especializada. Poco después comentamos que ella “no tenía cara de ginecóloga, aunque sí de…”. Bueno, fue solo un chiste ocasional que no me atrevo a repetir, pero que si los lectores tienen algo de malicia se lo podrían imaginar. ¿Por qué decimos eso? ¿La fiesta de la vida se llena de humor, a costa de otros? Tal vez la risa es tan grata que nos valemos de cualquier recurso, gústele a quien le guste. Lo peor, es que el tema no acabó allí. Ya entradas en risas, poco después, otra de nosotras comentó: “¡yo no le abriría las patas a esa vieja!”. ¿Por qué, si no la conocemos? La poca destreza en sus movimientos yóguicos no implica que lo sea en su vida profesional. No la hemos visto sacando bebés embadurnados, no la hemos visto haciendo tactos con sus guantes de látex, ni cosiendo episiotomías, sacando tumores peludos, manipulando fluidos desagradables, aconsejando adolescentes, ni tecleando hábilmente un computador durante todos los breves minutos que dura una consulta. Luego, sin ninguna distinción, con más atrevimiento, como en una fiesta de críticas cariñosas, nos burlamos entre nosotras mismas (de las ojeras de una, de la cartera de vieja de la otra, etc.).

Reconozco cierta vergüenza al escribir esta anécdota, pero estoy segura de que este tipo de comentarios inmaduros, unos inofensivos y llenos de humor, como éste, otros, de odio y desprecio, hacen parte de la mayoría de las sombras de todos nosotros. En el primer caso, nos divierten. De ahí la gran cantidad de chistes sexistas, crueles, clasistas, racistas, etc. En el segundo caso, regocija, porque condenar nos hace sentir perfectos frente a un desgraciado lleno de imperfecciones, pero nos separa de nuestra condición de humanidad y de la comunión armónica con los demás.

Tal vez, si Fany fuera mi amiga, que bien podría serlo (aunque no soy mujer fácil en eso de las amistades a primera vista), la hubiera defendido a capa y espada. O tal vez, le hubiera regalado a ella el mismo chiste, mirándola a los ojos, junto con un abrazo. Pero no lo es. Es ajena a mi vida, es una figurilla casi imaginaria que vemos una vez a la semana sin intercambiar más que un saludo y que solo sirve a nuestros motivos egoístas de inspirar y amenizar conversaciones odiosas, además de sacar unas cuantas risas y esta modesta reflexión.

Un día de trabajo social

Con el ánimo de no seguir teorizando sobre las desigualdades de este país y más bien hacer algo por él, mi esposo, junto con un grupo de amigos, decidieron acogerse al plan de donar y construir casas con la Fundación Techo.

Las primeras dos casas las construyeron hace casi seis meses, precisamente el día del padre, todo un fin de semana. Al final de aquel domingo yo parecía tener un trapo viejo en lugar de un padre de familia: un hombre totalmente exhausto, con sus manos ampolladas y sus músculos adoloridos. Además, llegó moralmente sorprendido de la historia familiar de quienes recibían la casa: una madre cabeza de familia, madre de una adolescente (ya hecha madre también) y de un muchacho sin futuro y, lo peor, sin ganas de forjarse alguno.

Esta vez, hace ocho días, quise participar activamente de la construcción de la casa. De nuevo, nos unimos varios amigos para aportar en cantidades iguales los recursos financieros necesarios para el emprendimiento, además de ofrecer nuestra mano de obra.

Llegamos a las 8 de la mañana a la sede de la fundación, en donde ya se encontraba una gran cantidad de gente uniformada con las camisetas de Techo. Cuatro grandes buses esperaban ser ocupados, estacionados ya en la calzada con sus motores en marcha. Había varios grupos conformados ya fuera por empresas, por familias o por un grupo de amigos. Otros cuantos voluntarios sueltos se fueron uniendo a los grupos, cada uno de los cuales era liderado por uno o dos jóvenes de la fundación. Cada grupo llevaba un pequeño mercado, dos bolsas de agua y algunos implementos de trabajo, como guantes y martillos.

Nos dirigimos hacia el sur de Bogotá, por la salida a Villavicencio. El recorrido avanzaba fluidamente, hasta que ingresamos a un barrio popular que se ubicaba en la falda de esas colinas que solemos divisar a lo lejos cuando salimos de paseo fuera de la ciudad, arrasadas por una especie de civilización improvisada. Tomamos una estrechísima calle que se inclinaba como una serpiente encantada, cuyo flujo vehicular era mínimo debido a los constantes encuentros de buses que iban y venían y no cabían en las curvas. Largas filas de transporte público (SITP) bajaban con los pocos trabajadores de horarios irregulares. El primer percance lo tuvimos cuando el estrellón de un bus con una volqueta se interpuso en la ruta. Luego de tomar una desviación, nos encontramos con un segundo contratiempo: un camión había atropellado a un perro, que había quedado vivo de la cintura hacia arriba, pero estaba completamente destrozado en sus patas inferiores. La escena era muy conmovedora y sus aullidos escalofriantes. Comentamos que a ese pobre perro era mejor matarlo, pero, ahora como que hay una ley que prohíbe el asesinato de mascotas. Uno de los voluntarios de nuestro bus descendió a acomodar al pobre animal en la parte trasera del camión, a pesar de sus desesperados aullidos, mientras un hombre corpulento y manchado de grasa, que parecía trabajar en un taller vecino, increpaba al conductor del camión por su descuido y un burro con dos baldes, uno a cada lado, bajaba por la calzada.

Por fin ascendimos hasta nuestro destino final, en donde nos organizamos por grupos, nos asignaron la familia que se beneficiaría de cada casa y nos entregaron las herramientas de trabajo: palas y “hoyeros”. A nosotros, un grupo de 10 personas, nos correspondió construirle la casa a Luz Dary, madre soltera de dos hijos, a quien seguimos hasta llegar al terreno. El diminuto lote lo había delimitado su padre, Don Miguel, un hombre viejo de escasos dientes y quien se había dedicado toda su vida a la construcción, con unas estacas de madera que marcaban los 6 metros de largo por 2 metros de ancho que mediría la vivienda. Al frente, se divisaba otra colina, invadida de ranchos ilegales que se conformaban de latas y plásticos verdes. En algún espacio abierto de aquel lugar se divisaba una congregación de niños que gritaban en coro bajo la animación de un recreador. Al fondo, en el vértice de las dos montañas, se encontraba una carretera amarillenta, enlodada por lluvias viejas y un riachuelo contaminado. El lote, ya delimitado, tenía las huellas de una casa vieja: palos torcidos y poco macizos cubiertos de láminas delgadísimas de madera y cartón pintado de blanco. Recién la habían destruido para lograr un mejor remplazo. El vecindario era muy similar: casitas enclenques improvisadas con latas, palos y láminas, implantadas en potreros de pasto rebelde ultrajado por el continuo descuido.

Una vecina de lote nos dio la bienvenida, conectó su grabadora en el exterior de su casita y y nos amenizó la jornada con música tropical. Su casa había sido construida por la fundación unos meses atrás. Sus paredes de madera regular tenían un lindo color verde pastel, de donde sobresalía una pequeña ventana. Poco después nos invitó a conocerla: dos alcobas pulcramente organizadas, cada una con dos camas dobles. En una dormían sus hijos, en la otra, ella y su esposo. Orgullosa, nos mostraba que había “viruteado” el piso, madera natural que ya se veía rojiza por su esmero y que decoraba con retazos de un tapete que algún día cubrió un extenso apartamento de alguna familia acomodada. Las paredes, también de madera, estaban decoradas con afiches y figurillas plásticas que parecían de juguete. Un televisor de pantalla plana se alzaba sobre una repisa de madera. Las casas que entrega la fundación deben ser complementadas, ya que estas no cuentan ni con baño ni con cocina, ni con las acometidas eléctricas o de acueducto. Así que la vecina, Johana, tenía un pequeño espacio contiguo hecho en latas, en donde ubicó la cocina, heredada de una remodelación de la casa en donde trabajó, que incluía un microondas (parte de pago de su liquidación como empleada del servicio doméstico) y un pequeño baño que solo incluía un inodoro y un lavamanos.

Carlos, uno de los líderes de nuestro grupo, comenzó la jornada explicándonos cómo trabajar. Primero nos hizo calentar y estirar nuestros músculos, luego nos advirtió no doblar la espalda y mantener las rodillas siempre en flexión y finalmente nos dio instrucciones para comenzar a formar la base de la casa. Debíamos, después de medir, hacer doce agujeros profundos (de más o menos metro y medio) en donde se insertarían los macizos pilotes de madera. Una vez instalados se debían rodear de piedras, las cuales debíamos picar con antelación, partiendo de unas más grandes que se encontraban dispersas sobre el pastizal. Todo nuestro grupo comenzó con gran entusiasmo, unos a abrir los huecos al principio blandos y luego rebeldes, otros a picar piedra. Al poco tiempo, a pesar de los guantes, ya se comenzaban a asomar las primeras llagas y nuestros cuerpos sedientos imploraban cualquier tipo de líquido.

Nuestro grupo lo conformábamos dos parejas de esposos, mi hija, otro amigo, dos mujeres jóvenes (una de las cuales era alemana y recién había aterrizado en Colombia el día anterior) y los dos líderes, uno de las cuales o más bien, una de las cuales, tenía solo quince años y llevaba un año colaborando con la fundación. Casi todos los voluntarios son muchachos jóvenes, de universidad, incluso hay varios que todavía están en el colegio, quienes cada ocho o quince días se dirigen a los barrios marginales a hacer trabajo social. Ellos nos están dando un gran ejemplo a los adultos, quienes a veces no pasamos de arreglar el país a punta de palabras inocuas o acaloradas discusiones bajo un vaso de whisky. Estereotipamos a los “milenials” y, aunque tal vez hay varios que se caracterizan por la apatía, la indiferencia o la irreverencia, hay muchos otros que tienen claras sus intenciones y cuentan con una determinación asombrosa que los más viejos envidiamos sin atrevernos a confesarlo.

La música de la vecina y el sol de la mañana amenizó la dura jornada que nos hizo valorar el trabajo de todos los obreros del mundo. El hormigueo de niños lejanos que se divisaba en la montaña de en frente comenzó a disolverse y poco tiempo después vimos llegar a unos pocos de ellos: los hijos de Johana y los futuros habitantes de la casa en construcción. Venían de una fiesta de Navidad, liderada por algún tipo de organización religiosa, que les entregó como regalo un pequeño librito de papel periódico con enseñanzas de Jesús. Carolai, una niña de diez años, y Anderson Alexis, su hermano de ocho, repetían con orgullo que ya pronto estarían viviendo en la casa que construíamos.  Los acompañaba un gordito de cachetes tostados por el sol que decía ser su primo. Les tomé una foto y les di a cada uno un paquete de papas fritas y entonces se sentaron en el pasto, como unos grandes espectadores de cine, a observar cómo esta vez los ricos trabajaban para los pobres.

Poco después llegó una densa nube fría que borró la colina de enfrente y luego el panorama más cercano y trajo en su cola unas gotas gruesas de agua helada. Desempacamos los impermeables, pero el aguacero se hizo tan fuerte que debimos parar de trabajar. Nos hacinamos en una casa vecina, en donde vivían los padres de Luz Dary y quienes eran los encargados de cocinarnos el almuerzo con el mercado que habíamos entregado en la mañana, que incluía una bolsa de fríjoles. Sin embargo, decidieron ofrecernos un delicioso ajiaco con pollo, que hirvió en una olla gigante bajo la leña ardiente que se encontraba en las afueras de la casa bajo un toldo de plástico y que nos comimos con gusto, todos apretujados en la habitación de la anfitriona, incluyendo a los de otro grupo que levantaban una casa pocos metros después.

La casita parecía un zoológico. A la entrada, sobre el techo de lata de un diminuto antejardín en donde colgaban unas materas entremezcladas con ropa húmeda, descansaban varias palomas. Cerca al fogón exterior, donde hervía el ajiaco, caminaban unas pocas gallinas a las que se les auguraba un descanso eterno en aquella misma olla. Una vez se entraba a la casa, en el oscuro corredor, unos pericos se vislumbraban por las rejillas de la jaula. En la cocina, en donde luego Luz Dary y su madre sirvieron el ajiaco, las acompañaba un gato enclenque, mientras que en la habitación donde comíamos nos acompañaba un perro hambriento que esperaba ansioso algún sobrado. Unos comimos de pie, otros, sentados en la única cama de la casa, en donde descansaban también nuestros morrales bajo una cobija, para protegerlos de cualquier robo, “niños son niños, usted sabe”, me había dicho la dueña. La misma cama que usaba Luz Dary para dormir parte del día, pues trabaja de noche vendiendo las empanadas que ella misma cocinaba, en la salida de los burdeles del centro de Bogotá. La habitación contaba también con un mueble viejo cuyos cajones rebosaban de ropa desdoblada. Debajo del mueble se arrumaban martillos, palos y más trastos viejos. Las paredes de madera las decoraba una imagen del sagrado corazón, un afiche de un tierno muñeco con mensajes de amistad y otro en 3 D, de unos osos polares. A los tres niños los acomodaron en la otra habitación de la casa, que estaba llena de trastos viejos y herramientas, quienes se sentaron en el piso de tierra, común en toda la casa, ausente de cualquier tipo de baldosa.

Poco después de terminar el ajiaco decidimos salir a trabajar bajo la lluvia, ya menos intensa. Sin embargo, el panorama había cambiado completamente. Los hoyos estaban llenos de agua, la tierra era un lodazal resbaladizo que puso a varios con las nalgas embarradas y trabajar se hacía complicado, no solo por tener que hacerlo con un estorboso impermeable, sino porque el barro se quedaba pegado en las herramientas y caminar se volvía casi imposible con los pies hundidos entre el lodo.

A las cinco de la tarde terminamos la jornada con casi todos los huecos hechos, la piedra triturada y algunos pilotes fijados. De nuevo nos subimos a los buses y después de dos horas y media de trayecto llegamos a nuestra casa, entumecidos por el frío, con la ropa mojada, embarrados y cansados.

En la jornada del domingo se pondría el piso, el cual ya se encontraba pre ensamblado, las paredes y el techo de zinc. Ese día mi hija y yo no fuimos, a pesar de nuestras ganas intactas para seguir colaborando. Solo fue John, quien llegó ampollado, magullado, cansado, adolorido, embarrado, mojado, pero, igual que todos los que colaboramos, con la satisfacción de poder contribuir a que una de las muchas familias pobres de Bogotá tuvieran una casa.

¿Señal divina?

Hace unos pocos meses, en vacaciones, me encontraba alistando a mis dos hijos para que viajaran con mi suegra a los Estados Unidos. Serían mis quince días de vacaciones para descansar de ser mamá. Podría ir a cine a la hora que se me diera la gana, escribir sin interrupciones, dejar de subyugar mis intereses y prioridades a las de ellos, dejar de preocuparme por verlos hipnotizados ante un televisor y sentirme culpable por eso o, por el contrario, dejar de tratar de ser buena madre y jugar con desgano. Ni siquiera tendría que buscarles planes costosos para alejarlos del tedio prematuro del que algunos adultos sufren cuando huyen de sí mismos o no les gusta leer.

Se quedarían donde mi cuñado y, con su casa como base, harían un breve campamento de verano. La noche anterior todo estaba listo: las maletas armadas con su peso autorizado, los pasaportes, el permiso de salida de los padres, unos detalles para mi cuñado y su esposa, etc. Como el vuelo era a las 6 de la mañana, el despertador debía sonar a las 3 de la madrugada. Sin embargo, León abrió los ojos un poco antes de que sonara la usualmente escandalosa alarma, ardido en fiebre. Además, tenía una tos de perro, producto de una gripa mal cuidada.

Pensar en que no se fuera no solo me aterraba a mí -pues se irían por la borda mis quince días de libertad-  sino a mi hija, a quien le parecía terrible el viaje sin su hermano. Además, ya todo estaba organizado: el permiso de salida, el tiquete, el campamento, etc.

Por tal motivo, decidimos ponerle una acolchada chaqueta con capucha, una bufanda, le embutimos un dolex y nos dirigimos al aeropuerto. Por precaución, hicimos escala en una farmacia 24 horas para rogarle a una señorita que nos vendiera -sin fórmula- un antibiótico, pues en Estados Unidos la cosa hubiera sido diferente. Los gringos no quiebran sus reglas ante ruegos, ni ante la más conmovedora historia, ni ante la expresión de un rostro trágico, tres elementos que dieron resultado en Farmatodo.

Llegamos a la larga fila del aeropuerto y León casi no podía sostenerse de pie. Luego se complicó la situación cuando tuvo que ir a vomitar. La fila para registrarse parecía eterna y él insistía en que no quería viajar, mientras Silvia lloraba porque no quería irse sin su hermano. Mi suegra intentaba convencerlo de que viajara, pues de lo contrario “se iba a tirar el paseo”.

Cuando ya nos acercábamos al counter, yo, muy indecisa sobre lo que debía hacer, le pedí a Dios una señal. Tan pronto la señorita recibió los pasaportes, recibí una única pregunta que lo respondió todo: “¿la Visa del niño León dónde está?” No estaba o, mejor dicho, estaba en la casa, lejos, en el pasaporte viejo. Pero la terquedad de no creer en la ayuda divina que pedimos me hizo insistir en buscarle una solución a mi olvido. Fue imposible. Ya no alcanzaba a ir a casa por la visa. La señal fue tan evidente que no la vimos y, por el contrario, mi esposo estaba bravo, mi suegra, desilusionada, mi hija lloraba, León también (porque ya se había animado a ir) y yo me culpaba. Nos despedimos en inmigración con cara de tragedia, y le prometí a mi hija que, como fuera, le mandaría a León.

Como “no hay mal que por bien no venga”, ese mismo día me dediqué a que León se recuperara. Llamé a una fabulosa terapista respiratoria que lo descongestionó y evitó la toma de antibióticos. Su fiebre desapareció y pudo estar en casa tranquilo, mimado por su madre resignada. El siguiente paso fue buscar cómo mandarlo y convencerlo de que viajara solo.

Como siempre, hubo ganancias. León se recuperó rápidamente y pudo disfrutar de su paseo tranquilo. Además, venció el miedo a viajar solo  (yo también vencí el mío). Y aunque me culpé por no haber sido más previsiva, luego comprendí que el que había sido previsivo fue El De Arriba. Además, eso de quitarse las culpas y echárselas a Otro me ha parecido fantástico.

EL DIOS DE LOS TOROS

Nada más exótico que una corrida de toros para un extranjero que venga de un país en donde estén prohibidos ese tipo de espectáculos.  Dos gringos que se encontraban de visita en la empresa en donde yo trabajaba se morían de las ganas por ir a toros. Como en Bogotá todavía no había reinado Petro, los aficionados  podían asistir a las grandes faenas en donde debutaban famosos toreros como César Rincón, El Puno o Enrique Ponce. Personalmente (y para algunos pareceré muy inculta al no poder percibir el arte sin un dejo de sufrimiento) nunca me han gustado ese tipo de fiestas sangrientas o, más que eso, humillantes, en donde la fuerza bruta del ingenuo animal se confronta con la arrogancia terca de los hombres. Sin embargo, ante tanto entusiasmo por parte de los visitantes y con el compromiso de tener que atenderlos, acepté a regañadientes su solicitud.

La plaza pululaba de hombres bien vestidos y mujeres bonitas que lucían variados sombreros y repartían sonrisas. Se abastecían con una bota en donde seguramente cargaban un fino vino, o un aguardiente, porqué no. Una banda musical de trompetas y tambores acompañaba el festín.  Cuando salió el gran toro de lidia, una bestia negra y brillante que ostentaba toda su bravura en el frenesí de la salida, el público comenzó a aplaudir, a gritar. Luego salió el torero –no me acuerdo quién sería el verdugo– luciendo un hermoso traje (de los que siempre les he envidiado para salir de fiesta y forrar mis curvas) rojo con piedras doradas. Mientras la gente gritaba “oles” cada vez que el torero esquivaba al furioso animal (incluyendo los gringos), mis músculos cada vez se tensionaban más, no solo por la tortura que le estaban inyectando al pobre toro a punta de banderillas, sino por el peligro que corría el atrevido torero. Me sentía en una isla emocional en donde mi angustia estaba rodeada de un mar de alegrías. El toro herido seguía insistiendo en su ataque defensivo, y yo, mientras tanto, lloraba en silencio y me limpiaba rápidamente las inoportunas lágrimas para no quedar mal con esos gringos a los que no les tenía suficiente confianza como para que evidenciaran mi vulnerabilidad, e imploraba a Dios que dicha tortura acabara pronto, como fuera.

Entonces, las nubes comenzaron a juntarse, a densificarse, hasta que se volvieron de un gris oscuro, y un aguacero implacable comenzó a caer. La corrida tuvo que ser interrumpida y todos los asistentes tuvimos que hacinarnos en los corredores de la plaza. Para mis adentros, agradecí a ese Dios tan condescendiente y le pregunté cómo le podía pagar. Descubrí que, efectivamente, él cobraba (tal vez a través de las cadenas de favores): en mi nalga izquierda sentí un pellizco que agarraba toda mi carnosidad. Cuando me giré, solo pude señalar a un único culpable: un viejito cachaco, muy bogotano, canoso, de sombrero, traje antiguo y bastón, que andaba de gancho con su vieja. No le dije nada. Supe que ese Dios generoso estaba dando gusto a todos (incluyendo al toro) y que el frustrado viejo había rogado por un poco más de diversión. Entonces le sonreí.

I- DIOS ES TESTIGO DE JEHOVÁ

No hay más austeridad que la que lleva un estudiante (en una gran mayoría de casos, aunque ahora veo un poco de muchachos que gastan más que cualquier asalariado). Peor, si se es estudiante latino en un país desarrollado.

Con gran esfuerzo por parte de mi papá, interrumpí un semestre de universidad para ir a Inglaterra, a estudiar inglés (los presumidos dirían “a perfeccionar el inglés”). Tuve la fortuna de ser recibida en casa de mi prima Myriam y de hacer uno que otro trabajo esporádico cuidando niños o planchando, cosas que nunca había hecho (aparte de aguantarme a los primos pequeños o planchar los pañuelos de mi papá, cuando se me ocurría ayudarle a la empleada de la casa). Planchaba tan mal, que duraba haciéndolo el doble del tiempo por el que me pagaban. Allá, la práctica del arte de planchar fue poca, insuficiente para escalar en los talentos necesarios para descrestar a un futuro esposo. (Años más tarde, cuando John y yo éramos novios, le salió un viaje inmediato y urgente de trabajo, por lo que, para ganar puntos, me ofrecí a plancharle sus camisas mientras él alistaba todo lo demás. Era la oportunidad de mi vida para demostrarle que ya estaba lista para un matrimonio. Entonces, por miedo a quemar sus camisas, calenté la plancha a la mínima temperatura. Mientras acomodaba la camisa, ponía ese intimidante aparato en una base plástica, que luego se fue derritiendo. Una vez él se bañó, se afeitó, alistó maleta y bajó a mi encuentro para recibir sus camisas encontró que yo solo había avanzado en una manga. Me miró aterrado por mi ineficiencia y en dos minutos terminó el trabajo, mientras yo me sentía poca cosa. Unos días después me reclamó haber dañado la ropa de su hermano quien, cuando fue a planchar, descubrió que una masa plástica se había pegado a la plancha y luego a sus finas camisas. Definitivamente, si se casaba conmigo no iba a ser por mis cualidades de ama de casa…)

Cuando salía, con los muchos pesos que se convertían en pocas libras esterlinas, a duras penas me alcanzaba para darme gusto con una cerveza en un pub, un pedazo de pizza, un sándwich o una hamburguesa del MacDonalds. Hasta que, en mi salón de clases, conocí a un árabe, quien comenzó a invitarme a almorzar: un día fue paella en un impagable restaurante español, otro día comimos tacos mexicanos en un sofisticado restaurante, y otro, una fantástica comida hindú. ¡Adiós sándwiches! No recuerdo sobre qué hablábamos, tal vez era él quien conversaba mientras yo, concentrada, degustaba con entusiasmo los deliciosos platos de los restaurantes extranjeros en un país insípido.

Poco después comencé a escuchar historias cercanas sobre los hombres árabes: uno que obsesivamente perseguía a una amiga española, otro, que le había pegado a una danesa, otro, que se había casado con una latina y, cuando la llevó a su país, la sometió a las normas restrictivas de su cultura.

A la cuarta invitación y mientras caminábamos de salida de clase, mi paladar salivaba pensando cuál sería el próximo manjar. Él me dijo que sería una sorpresa. Ya unas cuadras más adelante soltó la bomba: esta vez sería en su casa. Iba a cocinar para mí. Presentí que había llegado la hora de pagar las invitaciones y me reproché no haber sospechado que en esta vida nada es gratis, pero ya era tarde para rechazar su propuesta. Cuando llegamos a su casa, afortunadamente se dispuso a cocinar, mientras que yo pensaba cómo escaparme de esa situación. No me gustaba ese hombre árabe. Nunca me había gustado. Yo solo quería practicar inglés, conocer gente diferente y probar platos exquisitos en costosos restaurantes. Además, después de todos esos cuentos aterradores, tenía temor a que yo pasara a formar parte de ese repertorio. Tenía miedo de convertirme en un objeto o una posesión, como lo son las mujeres de su cultura. Si en su país veía a todas las mujeres tapadas – literalmente – hasta la coronilla, suficiente sería mi atrevida cara descubierta para entusiasmarse. A sus ojos, debía de parecerle muy sensual una mujer bajo una inflada chaqueta de invierno…Comí. Sin gusto. No sé si sus preparaciones eran sabrosas, ni recuerdo qué cocinó, solo tengo memoria de que se me ocurrió indagarlo acerca de sus creencias. Me recalcó que él era musulmán, pero no practicante. Que se había occidentalizado mucho y que veía a las mujeres como sus iguales. Eso me tranquilizó, a pesar de haberlo visto un tiempo antes revolcándose de hambre el día del Ramadán y ser perseguido, unos cuantos pasos atrás, por unos ojos asomados desde una burka.

Cuando ya se había terminado el almuerzo (igual que la conversación), imploré a Dios que me sacara de esa casa. Fue cuando Él escuchó mi súplica y apareció en persona a través de la puerta: sonó el timbre y yo, muy acomedida, procedí a abrir. Eran dos señoras robustas chapadas a la antigua, de mal gusto en el vestir, envueltas de su cintura para abajo con unos faldones largos. Cargaban una Biblia y una revista de propaganda. Creo que nunca antes en su vida habían percibido tanta alegría en un recibimiento. Quizás era la primera vez que las hacían seguir a una casa… (Tal vez luego fueron destacadas en su congregación como ejemplo por lograr ser bien recibidas por un pagano). Les sugerí sentarse en el sofá de la sala y, mientras el hombre árabe se disponía resignadamente a atenderlas, yo, con una sonrisa de triunfo, anhelando la comida chatarra, me despedí. Jugada maestra la de ese Dios – Testigo de Jehová – que cuida a sus doncellas.

No sé si exageré en mi imaginación o simplemente seguí mi intuición. ¿Lecciones? Muchas…Concluí que amo la gastronomía, pero mucho más la libertad que ofrece la negación a cualquier compromiso moral.

La muerte de M…

Se murió y no alcancé a llevarle al hospital la revista Soho.

¿A quién se le ocurre pensar que después de una fractura llega la muerte? Micho, mi más cercano amigo y profesor de parapente se accidentó mientras volaba (o más bien al aterrizar), partiéndose el fémur. Tenían que operarlo. Conversamos el día anterior a su cirugía. Lo noté desanimado, cosa bien extraña en él, siendo pocas las palabras que se pudieran expresar a través de una llamada telefónica. Le conté mis varias ocupaciones de aquel día y cerré la conversación con la promesa de visitarle al día siguiente, después de su cirugía.

Todas las diligencias de una madre y profesional las desalojaría aquella tarde y quedaría libre para visitarlo tranquilamente al día siguiente. Le llevaría una revista, la Soho, tal vez ver lindas mujeres semidesnudas y artículos ligeros y divertidos le animaran un poco. Nunca la compré.

A la madrugada me llamó su esposa quien, con agonía, me dijo que Micho estaba muy grave pues la operación se había complicado. Todo pensé menos en la muerte. Esta no puede llegar de repente, mucho menos a quienes tienen esperanza. Familiares y amigos esperamos el día entero en la sala del hospital algún tipo de reporte positivo y alentador por parte de los médicos, cosa que nunca ocurrió. Las visitas eran restringidas, teniendo prioridad sus familiares. Yo esperaba pacientemente mi turno, pues quería cumplir mi promesa.

Finalmente llegó la hora de verle: llamaron a los amigos para que ingresáramos a su habitación. Lo encontré dormido, pálido y conectado a varios aparatos. Cuando comencé a hablarle – con gran emoción y con el fin de animarlo a luchar por la vida – en su estado de dormitación, recordé que para tocar su mano debía desinfectarme las mías, y así lo hice, interrumpiendo mi emotivo discurso. Al instante sus hermanos, con una leve y triste sonrisa, me dijeron: — No, Caro, ya no es necesario. ¡Cómo no me había dado cuenta!  A la ingenuidad se le castiga con la sorpresa: algo tan obvio para los demás, quienes al instante entendieron que un llamado masivo en una habitación con visitas restringidas no tenía otro final diferente a la muerte.

Además de romper a llorar, rompí con el protocolo familiar que entre ellos habían acordado: no querían despedir a su ser querido con amargura, ni con tragedia, para que él pudiera irse tranquilo. Es lo mínimo que se merece un hombre feliz. También de eso me di cuenta tarde, momento en el que con fuerza debí tragar mi bulloso y acongojado llanto.

Lo mismo ocurrió en la misa de su tumultuoso funeral, propio de un hombre joven y carismático, en donde mis lágrimas brotaban con generosidad, parecían infinitas, mientras sus evolucionados familiares muy serenamente echaban discursos llenos de agradecimiento y alegría: por ser haber sido un buen hijo, por haberlos escogido a ellos como hermanos, porque sabían que se fue a un lugar mejor…

¡Me da mucha pena, pero los muertos se lloran! Es lo mínimo que ellos esperan aparte de que les recordemos. Se podrá haber ido al paraíso, al Todo, o a juntarse con Dios, pero yo preví su ausencia, con anticipación saboreé su amarga extrañeza y supe que ya todo sería distinto.  Lloré egoístamente porque lo quería conmigo aquí en la tierra ¡y Dios que se espere, que Él tiene toda la eternidad! Lloré por sus padres, por su esposa y amiga mía, por sus dos hijitos  y por todas las lágrimas que no vi manifestar.

Lloré dos días seguidos, sin escatimar en lágrimas, ni en mocos, ni en sonoros quejidos. Porque cuando uno hace algo ¡lo debe hacer bien! Lloré manejando, trabajando, lavando la losa y barriendo. También en las tardes frente a mis hijos y en las noches junto a mi marido.

Lloré porque se fue mi amigo, ese que nada juzgaba y por todo reía, aquel que cantaba vallenatos con toda su alma y con los ojos brillando de alegría. Quien a veces no pagaba, pero tampoco cobraba, pues para él el dinero era secundario frente a la amistad y el goce de la vida. Ese quien frente a una discusión seria y acalorada acerca del pésimo servicio de salud que dejaba morir a las personas, respondía que era justo, pues había muchas almas esperando turno para reencarnar en este planeta. ¡Qué ironía!

Al tercer día todavía tenía lágrimas, pero no quisieron salir. Recordé su imborrable espíritu, lo imaginé volando sin límites por las nubes que tanto quiso explorar y sonreí.

Como si se mereciera más lágrimas de las que se quisieron evitar, bien supo llorarlo su padre. Con un Alzheimer suficiente para no recordar los eventos recientes, pero sí a sus seres queridos, diariamente preguntaba por Miguel. Varias veces le respondieron: –No papá, Micho falleció. Respuesta que duró varios días, hasta que todos se cansaron de verlo llorar y decidieron que era mejor dejarlo vivo.

Fugaz reflexión en un semáforo

Cada semáforo tiene su dueño. A veces lo habita más de uno, para así dar opciones a todos los transeúntes: está el mendigo, para quienes todavía se compadecen de la desgracia ajena; el ladrón, para los desprevenidos; el que limpia los vidrios, para quien no tiene tiempo de lavar su carro; los que revisan las llantas, para quien se cree el cuento; los vendedores ambulantes, para quienes se antojan de unos chicles, una bebida energizante, un muñeco para el nieto, un libro pirata o un cargador de celular de esos que, por ahorrar unos pesos, resultan quemando el aparato. Mis favoritos, son los cirqueros: el hombre que lanza fuego por su boca como si fuera un dragón, el malabarista que usa una pequeña bola de cristal generando la ilusión de que fuera una esfera flotante, los tres hermanos (me imagino yo) que se suben uno encima de otro y luego dan botes en el aire, el equilibrista que camina en una cuerda amarrada del poste al árbol de la acera lateral y el ciclista, que hace piruetas en su bicicleta, la para en una llanta, luego gira en la otra y al final se suspende en el asiento mientras ella va rodando. Están en la calle haciendo piruetas porque, seguro, a ninguno de ellos su mamá les dijo que se alejaran del peligro, que se iban a matar.

Todos los adultos están donde están, porque sus padres les dijeron o no les dijeron algo. A ninguno de los acróbatas les infundieron miedo y por eso son capaces de desafiar hasta la muerte. Estos son casos evidentes y fáciles de diagnosticar, lo que no ocurre con un profesional o un adulto más convencional, en donde no entendemos porqué unos tienen suerte, éxito o grandes alcances mientras otros no. Y la respuesta, que parece un poco anacrónica y una más de las teorías psicoanalistas de los ochentas en donde todo es culpa de los padres, es que todo depende de nuestros esquemas mentales, heredados y adquiridos, en su gran mayoría de nuestra familia y, en una minoría, de nuestro entorno.

Entonces pregunto, ¿qué discursos tenemos en nuestra cabeza? ¿O qué ejemplos? Tal vez que la vida es dura, que es complicada, amenazante, aburrida. O mejor, que todo es posible, que tenemos el gran potencial para ser y hacer lo que deseamos, que la vida es simple y divertida, llena de retos y aprendizajes. Pero, ojo, no es error de nuestros padres y es inmaduro culparlos o usarlos para justificar nuestras frustraciones.

Tal vez muchas de nuestras creencias (que si miramos en el fondo no son nuestras sino de alguien más y, más bien, han sido adoptadas por nosotros -o implantadas en nosotros-) han sido de gran utilidad, como por ejemplo, los valores, la importancia del conocimiento o la disciplina. Pero otras, es posible que nos estén estorbando para poder continuar con una vida feliz. Por ejemplo, creer que es mejor no arriesgar y mantenerse en un lugar estático y tranquilo  – aunque aburrido-, pues es más seguro. Tal vez esa fue una de las formas en que nuestros padres tuvieron éxito o estabilidad, o por lo menos, con las que lograron pensionarse. El mundo andaba más lento y los trabajos duraban toda la vida. O, también, creer que es mejor aguantarse una pareja, que los hombres (o las mujeres) son la causa de la desdicha, que el dinero es sucio, que el placer es pecado, que ser artista no da plata y otros muchos más ejemplos de verdades a medias y creencias desgastadas. Aquí caben también las supuestas verdades dictadas por las religiones, la publicidad y la sociedad. Es nuestra gran responsabilidad revisar qué patrones mentales tenemos, si nos sirven o mejor los desechamos y, sobre todo, si los estamos perpetuando a través de nuestros hijos.

Es más cómodo creer lo ya dicho y asumir lo ya pensado por otros, que escarbarnos hasta saber, con ciencia cierta, cuál es nuestra propia verdad. Pero, este descubrimiento es el que nos llevará a vivir una vida realmente auténtica, lo demás son cuentos.

 

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