La casualidad

Ayer, coincidencias de la vida, como dicen, me encontré con MiguelA, un gran amigo que se hospeda justo encima del apartamento en donde ahora estoy de vacaciones. Minutos antes, no sé por qué, estaba pensando en él. Cuando cruzamos algunas palabras nos preguntamos mutuamente si creíamos en las casualidades. Entonces le respondí repitiendo la ya trajinada frase: “las casualidades no existen”.

Hoy en día se habla más bien de causalidades, sincronías, “diosidencias” o serendipias.

De hecho, cada minuto de nuestra existencia es producto de la causalidad, un efecto de una causa anterior, sembrada con nuestras acciones o nuestros pensamientos en un tiempo anterior, casi siempre de forma inconsciente, otras cuantas de forma consciente.

Creo absolutamente en ese tipo de coincidencias, las orquestadas por nuestros deseos, las planeadas por el mundo invisible de lo desconocido como una respuesta a lo que nos preguntamos, o a lo que necesitamos. Como también dicen, cuando está listo el discípulo aparece el maestro, y adiciono que cuando estamos dispuestos a recibir aparecen los regalos, cuando estamos abiertos a las oportunidades es cuando estas llegan, cuando estamos prestos a amar aparece el enamorado y cuando hay deseo de saber, por algún lado llega la respuesta.

Creo que dichas serendipias ocurren a diario, aunque en muchos casos no nos hagamos conscientes, las tomamos como algo cotidiano o simplemente como una curiosa casualidad de poca relevancia. Pero, si estamos atentos, el mundo nos habla de forma constante: la letra de una canción, la frase de un libro, un encuentro espontáneo o la forma de una nube pueden tener la respuesta a lo que estábamos buscando.

Hace unos años me encontraba en el tercer piso de Bulevar Niza con mis dos hijos, en ese entonces, pequeños. Estaba comprándoles unos helados cuando me di cuenta de que no tenía ni un peso en la billetera. Ni la paciencia de los niños ni la mía me animaron a ir al cajero electrónico (la única opción que me proponía la vendedora), pues tenía que bajar dos pisos al ritmo de sus pasitos cortos. Entonces, por unos segundos me senté en una mesa, a pensar qué hacía, mientras los desesperados hermanitos señalaban insistentemente en el mostrador el color de helado que querían. Pensé en que lo ideal sería que alguien se me apareciera y me prestara el dinero. No solo pensé en dicha solución, sino que se me pasó por la cabeza un tal Juan Carlos, un conocido, excompañero de parapente, a quien no veía hacía muchísimo tiempo. A los pocos minutos, como si se lo hubiera pedido al genio de la botella, pasó por el corredor y me dio cinco mil pesos, suma suficiente para los dos helados.

Cuento un caso raro, pero hay eventos más sutiles que nos favorecen a diario. De hecho, nuestra existencia es producto de un sinfín de improbabilidades que, encadenadas, han hecho que la vida exista y que haya evolucionado hasta la complejidad que nos identifica. Que podamos hacer fuego, leer y escribir, hacer uso de antibióticos, beneficiarnos de la electricidad y tratar de entender la teoría de la relatividad, son inventos que han sido producto de las llamadas casualidades.

Cuando hice el camino a Santiago de Compostela era recurrente que, justo cuando me preguntaba cuántos kilómetros faltarían para llegar al destino, aparecía un letrero o un caminante informado a entregarme la respuesta. El camino a Santiago, metáfora del camino de la vida, regala las respuestas que cada cual le hace de diversas formas sorprendentes. Una noche, terminando ya los pasos por Portugal, entablamos conversación con un peregrino holandés. Nos contó que caminaba para encontrar respuesta a su dilema ético: como médico de familia, muchas veces debía practicar la eutanasia, legal en Holanda. Sin embargo, había algo en su interior que le hacía sentir incómodo. Le atormentaba saber que en el bolsillo de su bata portaba un arma mortal. Cada vez que inyectaba a un paciente suicida sus manos sufrían una alergia dermatológica. Negarse era un desacato y, además, eso podía fomentar métodos imperfectos. Sentía que la única opción era su retiro, pero se preguntaba entonces a qué se podría dedicar. Sabía que la respuesta se la daría el camino. Al cruzar la frontera de Portugal y llegar a España se hace evidente la diferencia entre los dos países: los cuidados y florecidos jardines de las casas se tornan tristes y crecen a su antojo, algunos acogiendo chatarras, trastos o muebles inservibles. Las calles carecen de demarcaciones y la señalización en algunos casos está vandalizada. Los muros deslucen grafitis de rebeldes o desocupados, algunos de ellos ilegibles o incomprensibles y muchos otros… ¡con respuestas! No sé si un grupo de católicos, de aficionados, de extrema derecha o de antifeministas tenía grafitado cada poste, escrito cada muro, violentada cada señal de esa parte del camino con grafitis de “no al aborto” y “no a la eutanasia”. Supongo que el doctor holandés recibió la respuesta. Y yo recibí mi pedido: historias que pudiera contar.

Me gusta deshilar mi vida hacia atrás, como desbaratando una bufanda de esas que me obligaban a hacer en el colegio, y saber que si no hubiera entrado a trabajar a Yazaki no hubiera conocido a mi esposo y por lo tanto no existirían mis hijos. Que, si no hubiera entrado al club de lectura al que me invitó Margarita, no hubiera conocido a mi amiga Diana y no hubiera escrito con ella el libro de Códigos Sagrados, que precisamente se publicó con ayuda de MiguelA. Y que si no me hubiera entusiasmado tanto con aprender a volar parapente pues no hubiera conocido a Margarita, tampoco me hubieran secuestrado y mucho menos hubiera escrito un libro sobre ello. Es cuando me convenzo de que ni la vida, ni la historia, ni la evolución, ni la fortuna ni la desgracias son casualidades, sino que tienen un propósito concreto. Que nosotros, como la banda de los pájaros que migran hacia el verano, los sincronizados cardúmenes o las revoluciones de las masas descontentas actuamos bajo el impulso de algo más grande, que nos guía, nos mueve, nos empuja, nos sacude y nos inocula grandes deseos en nuestros corazones.

Podemos pensar que existe el libre albedrío cuando decimos que hacemos lo que se nos da la gana, pero ¿por qué algo se nos antoja? ¿elegimos qué es lo que se nos da la gana? Como puse hace un tiempo en el Instagram, somos marionetas de Dios guiados por los finos hilos del deseo.

Nada es casualidad. No es solo una frase de cajón. Es cierto. Incluyendo el hecho de que estés leyendo este texto.

Carolina Rodríguez Amaya

Tiempos de transformación

Difícil soportar los cambios cuando nos aferramos a ideas preconcebidas, a rutinas establecidas, a ideales impuestos. Todo se está desvaneciendo. Y nos preguntamos: ¿qué hay? Pues lo que creemos, pero mejor, lo que creamos que pueda ser posible.

Se mueren nuestros viejos, se desgastan. No los mata un virus, los mata el encierro y la soledad. Les mata el caos que ni siquiera viven, pero que ven a través de la caja negra que es su única compañía mientras piensan que los tiempos pasados fueron mejores y que el tiempo futuro es aterrador.

Y en cuanto al tiempo presente, ¿qué se hace cuando parece que sobra? Llenarlo de nada, de miserias, de añoranzas, de pensamientos inútiles, repetidos, cotidianos, aburridos. ¿Es la ignorancia de saberse creador? ¿es el tedio que nubla la motivación? Motivación de qué, para qué si el mundo anda cambiando con tanto desenfreno que no se alcanza ya a planearlo, mucho menos a comprenderlo. Que lo cambien otros, los que nacen, los que crecen, tal vez algunos de los que se reproducen, mientras el resto espera pacientemente a ser de los que mueren, mientras el pánico a la muerte los mantiene atentos a lo que pasa afuera.

Se sumergen nuestros jóvenes en un mundo irreal de pixeles, juegos, apps, emojis y chats, la compañía de la soledad, la libertad que soluciona la restricción, posponiendo la vida que no conocen, porque no se ha vivido.

Es cuando el caos interior debe salir, ya no aguanta más adentro.  

En el caos no hay ley y si la hay no se cumple, o no sirve. El caos busca la destrucción de lo que aprieta, libera lo que está reprimido, custodiado, para que salga a la luz. Y esos diablos sueltos lucen aterradores, intimidan y confunden, pero es que les llegó su momento.

El mundo cambió, o nos enfrentamos con nosotros, con nuestros miedos y nuestros demonios, o seguiremos huyéndoles con evasivas, ya no lúdicas, tal vez ahora sociales, psicológicas, tecnológicas, gastronómicas, alcohólicas o farmacológicas.

Explota, sale la ira y la frustración, las lágrimas colectivas encharcan las calles y lavan la sangre y limpian la mugre. Y luego el sol, que siempre ha estado brillando, sonreirá cuando se de cuenta de que por fin lo están mirando.

Carolina Rodríguez Amaya

EL DIOS DE LOS TOROS

Nada más exótico que una corrida de toros para un extranjero que venga de un país en donde estén prohibidos ese tipo de espectáculos.  Dos gringos que se encontraban de visita en la empresa en donde yo trabajaba se morían de las ganas por ir a toros. Como en Bogotá todavía no había reinado Petro, los aficionados  podían asistir a las grandes faenas en donde debutaban famosos toreros como César Rincón, El Puno o Enrique Ponce. Personalmente (y para algunos pareceré muy inculta al no poder percibir el arte sin un dejo de sufrimiento) nunca me han gustado ese tipo de fiestas sangrientas o, más que eso, humillantes, en donde la fuerza bruta del ingenuo animal se confronta con la arrogancia terca de los hombres. Sin embargo, ante tanto entusiasmo por parte de los visitantes y con el compromiso de tener que atenderlos, acepté a regañadientes su solicitud.

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La muerte de M…

Se murió y no alcancé a llevarle al hospital la revista Soho.

¿A quién se le ocurre pensar que después de una fractura llega la muerte? Micho, mi más cercano amigo y profesor de parapente se accidentó mientras volaba (o más bien al aterrizar), partiéndose el fémur. Tenían que operarlo. Conversamos el día anterior a su cirugía. Lo noté desanimado, cosa bien extraña en él, siendo pocas las palabras que se pudieran expresar a través de una llamada telefónica. Le conté mis varias ocupaciones de aquel día y cerré la conversación con la promesa de visitarle al día siguiente, después de su cirugía.

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