Un día de trabajo social

Con el ánimo de no seguir teorizando sobre las desigualdades de este país y más bien hacer algo por él, mi esposo, junto con un grupo de amigos, decidieron acogerse al plan de donar y construir casas con la Fundación Techo.

Las primeras dos casas las construyeron hace casi seis meses, precisamente el día del padre, todo un fin de semana. Al final de aquel domingo yo parecía tener un trapo viejo en lugar de un padre de familia: un hombre totalmente exhausto, con sus manos ampolladas y sus músculos adoloridos. Además, llegó moralmente sorprendido de la historia familiar de quienes recibían la casa: una madre cabeza de familia, madre de una adolescente (ya hecha madre también) y de un muchacho sin futuro y, lo peor, sin ganas de forjarse alguno.

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La muerte de M…

Se murió y no alcancé a llevarle al hospital la revista Soho.

¿A quién se le ocurre pensar que después de una fractura llega la muerte? Micho, mi más cercano amigo y profesor de parapente se accidentó mientras volaba (o más bien al aterrizar), partiéndose el fémur. Tenían que operarlo. Conversamos el día anterior a su cirugía. Lo noté desanimado, cosa bien extraña en él, siendo pocas las palabras que se pudieran expresar a través de una llamada telefónica. Le conté mis varias ocupaciones de aquel día y cerré la conversación con la promesa de visitarle al día siguiente, después de su cirugía.

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Fugaz reflexión en un semáforo

Cada semáforo tiene su dueño. A veces lo habita más de uno, para así dar opciones a todos los transeúntes: está el mendigo, para quienes todavía se compadecen de la desgracia ajena; el ladrón, para los desprevenidos; el que limpia los vidrios, para quien no tiene tiempo de lavar su carro; los que revisan las llantas, para quien se cree el cuento; los vendedores ambulantes, para quienes se antojan de unos chicles, una bebida energizante, un muñeco para el nieto, un libro pirata o un cargador de celular de esos que, por ahorrar unos pesos, resultan quemando el aparato. Mis favoritos, son los cirqueros: el hombre que lanza fuego por su boca como si fuera un dragón, el malabarista que usa una pequeña bola de cristal generando la ilusión de que fuera una esfera flotante, los tres hermanos (me imagino yo) que se suben uno encima de otro y luego dan botes en el aire, el equilibrista que camina en una cuerda amarrada del poste al árbol de la acera lateral y el ciclista, que hace piruetas en su bicicleta, la para en una llanta, luego gira en la otra y al final se suspende en el asiento mientras ella va rodando. Están en la calle haciendo piruetas porque, seguro, a ninguno de ellos su mamá les dijo que se alejaran del peligro, que se iban a matar.

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¿Yo ingeniera?

Hoy le pregunté a mi esposo por qué estudió ingeniería y su respuesta coincidió con las razones por las que yo lo hice: porque en el colegio nos iba bien en matemáticas.

El destino de la mayoría de los ingenieros prácticamente se nos asigna por la destreza en esta materia. En mi caso, esa habilidad más que innata fue premeditadamente desarrollada por los intereses de mi padre, quien solamente prestaba atención a las calificaciones de matemáticas y física. Lo demás, no le importaba. Según él, toda persona  –sobre todo sus hijos–  debería estudiar ingeniería, ya la que las matemáticas, la lógica, la geometría y la física forman una estructura mental que permite el éxito en los avatares de la vida. Después, ya se podrá definir qué se quiere hacer en la vida. Y es el plan que tiene para sus nietos: ocho ingenieros (solo falta que se dejen).

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Qué será de ti…

Tu ruana desteñida, tus pantalones de dril barato y tu sombrero de ala corta no eran afines con la ciudad agitada de edificios altos y vehículos modernos, en donde yo me encontraba caminando un domingo soleado junto a mi familia. Te vi, sin indiferencia y ya con detenimiento, cuando, con un aire de ingenuidad, nos preguntaste dónde podías tomar un bus hacia tu vereda. Uy, está muy lejos, varias manzanas más abajo, te respondí. Tu acento me recordaba al campo, a los papicultores de la sabana cundiboyacence, a montañas lejanas de tierras fértiles. Tus mejillas, tostadas por el sol, insinuaron la inutilidad de aquel sombrero. Tu diente ausente, bajo la expresión humilde y a la vez sinvergüenza, acentuaba la discordancia de un hombre del campo en una ciudad de maniquís.

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El carnaval de Barranquilla

Un febrero hace dos años D y H nos invitaron, a mi esposo y a mi junto con otras dos parejas, a su casa en Barranquilla para ir al carnaval: el grupo de cachacos éramos seis. D nos tenía de regalo unas camisetas con temas alusivos a estas fiestas, que nos identificaba a todos como miembros de un mismo grupo de parranda. A las mujeres nos bordó lindas balacas de colores, con flores y lentejuelas brillantes. Así, nos dirigimos a los palcos para presenciar la batalla de las flores, un desfile de comparsas, bailes, colores, bellos disfraces y carrosas bajo un ambiente de fiesta, que se revelaba frente a nuestras narices con miles de personajes alegres que pasaban por la calle 40: los garabatos, las marimondas, los congos, las negritas, las reinas…El papel de espectadores también es completamente activo, pues en las tribunas no se para de bailar, reír y gritar, ya sea bajo la música pasajera o al ritmo de los tambores que acompañan al público, legado de nuestros ancestros africanos.

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¿Mi príncipe azul?

¿Cuándo fue que mi príncipe azul comenzó a revelar su verdadera naturaleza? Creo que cuando mi sueño se volvió liviano, cosa que ocurrió con la llegada de los hijos. Las madres no nos podemos permitir ignorarlos: un quejido, los sollozos pidiendo que los alimentemos, o un extraño sonido que los alerta en las noches de descanso. Y entonces, el encanto del príncipe amado comienza a desaparecer. Nuestro vecino de almohada, el hombre elegido, ¡ronca! Y vaya forma de hacerlo.

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Reflexión sobre mi secuestro

Con una visión retrospectiva y más lejana en el tiempo, hoy quiero compartir de manera diferente mi experiencia durante el secuestro: lo que aprendí. El libro que escribí logró satisfacer la curiosidad de quienes se preguntan cómo es la convivencia con los guerrilleros, cómo era la comida, cómo fue la relación con otros secuestrados, qué sentí, cómo logramos escapar, etc. Este breve escrito podría ser un complemento, un poco más reflexivo.

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Arrogancia espiritual

Veo cada día más personas buscando un camino espiritual que les convenza y que les sacie aquel vacío interno que con nada más se llena. Afortunadamente, hoy en día la información está disponible para quien quiera buscar opciones diferentes a las convencionales. Ya muchos han encontrado respuestas, cada uno con diferentes recorridos, que nos conducen a la misma cima de la montaña: Dios. Otras cuantas opciones pueden ser embusteras, manipuladoras o explotadoras, pero inclusive las equivocaciones son parte del camino, pues si despertamos de aquella ensoñación de engaño, podemos aprender la lección, buscar algo mejor y superar nuestra ingenuidad.

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¡Ay, otra vez Navidad!

Que me disculpe el Niño Dios, la Vírgen, su Santo Marido y sus fieles, pero confieso que le he perdido entusiasmo a la Navidad. Me da pereza sacar el árbol empolvado  –que no se sabe si estorba más en el depósito o en la sala de mi casa– para luego armarlo, y llenar mi casa de papás Noeles a los que no les encuentro ningún significado. Tal vez me falta amor para emprender estas tareas, que termino haciendo más por deber que por querer.

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