La vieja y el mar

A propósito del triste episodio del colombiano que murió ahogado en Bali, recuerdo cuando, hace unos años, me fui a Palomino, un pequeño resguardo indígena ubicado entre Santa Marta y Riohacha, a un retiro de yoga. Aunque iba con toda la intención de estar en silencio y en un estado introspectivo, me encontré con una parranda de viejas que ni sabían yoga, ni tenían la intención de quedarse calladas. Después de hacer yoga en la playa, unas de ellas salieron a broncearse, a tomarse fotos en bikini y a seguir hablando como si al siguiente día les fueran a cortar la lengua. Otras, se quedaron en las hamacas y Valeria, la profe, una mujer de cuerpo tonificado, piel bronceada y con un aire de haber vivido toda su vida junto al mar, tomó su tabla y se lanzó a surfear las olas envalentonadas. Yo decidí disfrutar el mar, a pesar de que sobre la arena había un palo enclenque con un trapo rojo que pretendía ser una bandera. Con dicha precaución, solo me atreví a quedarme en la orilla.

Pero, sin saber cómo, poco a poco, el mar me fue llevando, halando cada vez más hacia sus aguas, insistiendo en acogerme sin mi permiso. Unas olas insistentes me comenzaron a chupar. Cuando me di cuenta ya no estaba en la orilla. No sé a qué horas me encontré tan lejos, tal vez a unos 20 metros de la playa.

Entonces, esperé una ola y nadé con ella, aprovechando su impulso para acercarme a la playa, descansando de la angustia que comenzaba a sentir. Pero cuando la ola reventó, en medio del mar, otra que empezaba a formarse me arrastró de nuevo hacia el interior. Para colmo, el caucho que me recogía el cabello se me cayó, y entonces yo me alternaba entre esperar la ola, nadar, dejarme arrastrar de nuevo hacia las entrañas del mar y quitarme el pelo de la cara para poder respirar. Llamé inútilmente a mis compañeras de yoga, pero el sonido de las olas ahogaba mis gritos. Además, ellas estaban tan ocupadas cotorreando en la playa como para ponerse a mirar a una desesperada en el mar.  Ya me estaba cansando de esa lucha que parecía no tener fin. O yo me iba a beber el mar, o el mar me iba a seguir bebiendo, engulléndome hasta llevarme a convivir con sus misterios. Cuando las olas explotaban eran suaves, pero cuando me halaban para recargarse parecía que Dios las estuviera chupando con un pitillo. Me dije que no podía angustiarme, me lo prometí. Sé que el miedo es una sentencia que precede al desastre. Y, sin embargo, mi corazón parecía el tambor que acompañaba al sonido de las olas y mi respiración agitada clamaba cada vez más aire. Entonces me acordé de Dios, de los ángeles y de todos los que deben intervenir cuando lo único que queda es rendirse.

– ¿Necesita ayuda? –le adiviné a un niño lugareño que me hacía señas desde la playa.

–Sí, no puedo salir –le respondí también a señas, agradecida de que por fin alguien me estuviera mirando.

Entonces se metió al mar hasta donde pudo con una tabla de surf atada a una cuerda, que lanzó con experticia. Yo me aferré a ella, temblorosa, como si ésta representara la vida misma.

Luego Valeria me explicó que estaba en el lugar equivocado. Se debe evitar entrar al mar cuando las olas no revientan en la orilla. Tampoco se debe nadar hacia la playa, sino de forma perpendicular, hasta salir de esa trampa.

Sin embargo, esa vez, como todas, no pude ver al mar como un enemigo ni como un monstruo agresor. Más bien, reiteré su belleza salvaje y abrumadora, digna del más sublime respeto.

6 comentarios sobre “La vieja y el mar

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  1. Me encanta todo lo que escribes Caro y siempre estás en mi corazón por ser la persona tan especial que eres
    Recibe un abrazo con todo mi afecto
    Ariel

  2. Holaaa!!
    Me encantó! Siempre te he dicho que escribes con pasión!
    Con el alma! Yo me transporte a ese mar imponente!
    Dios te Bendiga!

  3. Hola Carito que experiencia por Dios!! muy bien narrado como todo lo que escribes. Me encantó ver como te acordaste de Dios en esos momentos de angustia. Seguro te envió a uno de sus ángeles en ese niño. Me encanta leer tus relatos. Un abrazo grande primita.

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