Solicitud a un hombre difícil

1947, DOÑA LUCÍA, AL MARIDO

Unidos por la Iglesia y con el salvoconducto divino, le recuerdo que soy toda suya, incluido mi reservado cuerpo para que me haga otro hijo. Dios es testigo de que el sudor que empapa las sábanas, el cosquilleo de mi entrepierna y las ansias de un abrazo entero suyo no son más que llamados a cumplir con el deber de procrear, igual que el de asumir mi deber de esposa y así compartir mi carne para que sea una sola con la suya, como dice la Sagrada Biblia. No me deje sola esta noche sin su compañía, ya van varias otras de espera y solo siento su calor lejano en la profundidad de mis sueños. Tranquilo que no le estoy juzgando, tampoco es mi derecho preguntarle por qué anda usted tan ocupado hasta altas horas de la noche, yo sé callar, como toda mujer respetable debe hacerlo. Hace tiempo no se emociona usted al verme peinar mis cabellos, ni se atreve a arrebatarme de mis inocuas cavilaciones cuando me toma de mi brazo frágil, me dirige a nuestro lecho y me embiste con afán mientras sube mi camisón blanco, que bordé con tanto entusiasmo pensando en usted. Hace tiempo no disfruto de su voz sonora, exclusiva, ofrecida solo a mí y libre de las palabras intelectuales que usa dirigir a su público de aduladores. Hace tiempo que no le veo quitarse su frac, su chaleco y su sombrero mientras sus ojos se clavan en los míos, haciéndolos suyos.  Espero su atención como el mismo piano triste de la sala que, al esperar ser tocado, guarda una hermosa melodía. Cuando me aplico la sábila que Rosario arranca del jardín trasero sobre mis piernas pienso en sus gentiles manos y solo ayudo a la criada a amasar las arepas porque el movimiento de mis manos ansiosas me hace pensar en sus bien formados músculos, y que Dios me perdone si no es porque ya Hernancito tiene dos años y necesita un hermano.

1992, MARCELA, HIJA DE DON HERNÁN, A SU NOVIO

No resisto tu perfume. Cuando su cautivador aroma penetra mi olfato cada poro de mi piel se enciende en una sinfonía de alaridos insonoros. Trato de no escucharla, pero ella misma habla con los erizos que casi duelen. Con mis ojos, cuando barren tu rostro, de arriba abajo, hasta que por fin eligen tu boca jugosa, intento decirte que soy tuya, toda tuya. Entonces mis labios no resisten y tratan de hablarte muy cerca, rozando tu mejilla imberbe, dejando que mi aliento sediento empañe tu rostro. Las palabras no importan, solo espero que sean suaves, como la brisa cálida del verano intenso, que se desvanezcan en la nada mientras busco más cercanía. Pruébame toda y piérdeme el respeto. Comienza por mis labios y sigue por mi cuello. Llegó la hora, ya estoy lista para que tomes mi cintura, con ganas, con fuerza, como un jinete con las riendas de su caballo. Penetra tus dedos fuertes entre mis cabellos y despéiname con locura, mientras buscas ceñirme un poco más. Afloja tu corbata, quítatela. Así podré abrir un poco tu camisa y recorrer tu pecho selvático. Abrázame enérgico, envolviéndome, como si quisieras hacerme tuya por siempre. Empújame con débil fuerza y hálame con decidida finura. Desvísteme lento, pero sin duda. Usa tu lengua de mil formas mientras tus manos curiosas exploran territorios desiertos. Léeme toda, palpa mis anhelos y adivina mis respiros. Demos un paso más. Hazme tuya sin prisa mientras nos volvemos dueños de este instante único, memorable, que luego, una y otra vez buscaremos replicar de manera diferente.

2018, ISABELA, NIETA DE HERNÁN (Q.E.P.D), MILENIAL, A UN AMIGO

Sé que estás en línea y no has chateado conmigo. Estoy buscando en el repertorio de emoticones y caritas del WhatsApp algo apropiado para llamar tu atención, pero no encontré una apropiada. Una que tuviera los labios ardientes, como esperando un beso, los ojos vidriosos, como buscando una mirada, o la nariz esponjada, de puro deseo. Mejor busco un buen reggaetón que pueda dedicarte, pero parece que somos solo nosotras la fuente de inspiración para ustedes, los hombres (fuente de degradación, diría mi madre). Podría invertir las letras a mi acomodo (“¡perrea papi!”, “vente conmigo”, o “no te hagas el santo, cuando nos rozamos algo a mí se me levanta”…levanto…No, no rima y, además, ¡nada a mí se me levanta!), pero ninguno se acomoda al deseo intenso que me provoca invitarte a que me explores sin reservas, a llamarte a que me sorprendas con caricias que no me hayan hecho mientras que yo busco hacer lo mismo contigo. Tal vez, así, busquemos de nuevo un segundo encuentro sexual que nos permita conocernos mejor.

 

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