Nadar contra corriente

Hace unos días, poco después de que los estudiantes protestaran por el corto presupuesto de las universidades públicas, me uní a otra marcha, muy diferente, pero con el mismo trasfondo: el mal manejo de los recursos públicos. Al final, en lugar de evitar los desfalcos y los despilfarros o recuperar lo robado, lo único que se le ocurre al gobierno es exprimir con sevicia a los que nos encontramos “dentro del sistema”, jugando limpio.

Me junté con los empresarios e industriales de una de las zonas que se verán afectadas por el injusto impuesto de valorización (ya cobraron uno anterior, para obras que no se han hecho), que dizque se va a destinar para hacer unas obras no prioritarias de las que, seguramente, nuestros onorables (sí, sin hache, así de indecente es la palabra) concejales ya tienen amañados los contratos.

A las seis de la mañana llegué a una de las muchas calles parcas y sin gracia de ese sector, en donde de día deambulan los indigentes, al medio día toman el sol o la llovizna los empleados de salario mínimo que juegan fútbol en la cuadra antes de tomar el almuerzo que empacan en las madrugadas en su lonchera, y por la noche pasean las ratas, a ver qué dejaron los dos primeros (así de “valorizado” es el sector).

Era poca la concurrencia, pero poco a poco se fueron juntando pequeños emprendedores, propietarios de pequeñas y medianas industrias y algunos empleados que arrimaron por voluntad propia, o la de sus superiores.

Gritamos un rato, nos repartieron silbatos y los medios hicieron sus tomas en el ángulo perfecto para que se notara la multitud. En una de las cuadras, dos muchachas que abrían una pequeña empresa de artículos deportivos descubrieron la procesión, se identificaron con la causa y se apresuraron a regalarnos unos silbatos de árbitro, que seguramente poco rotan en sus inventarios. La fila de desilusionados se fue alargando y el ánimo fue subiendo cuando nos sentimos unidos por una misma causa, poderosos de hacer ruido frente a un gobierno apático, orgullosos de representar a otros cuantos que no se han enterado de lo que les espera.  Pasamos por las calles vecinas que, según el alcalde y los concejales, son emporios de los grandes empresarios de estrato seis, pero según nuestros ojos, los de los caminantes, son propiedades de pequeños héroes que no se han ido a Panamá, que se arriesgan a generar empleo y a estar dentro del sistema formal, que batallan día a día contra el contrabando, las altas tasas impositivas, la usura de los bancos, la energía eléctrica más cara de Latinoamérica, el desempleo, la corrupción y la competencia de las importaciones masivas, subsidiadas por estados que sí apoyan a su industria. A las pocas manzanas, un indigente que hasta ahora se desperezaba en su acostumbrada esquina nos preguntó cuál era el lema y, con mucho entusiasmo, se unió a él: “no más impuestos, no a la valorización”, protestaba con nosotros. Juan Carlos, uno de los asistentes de Manuel, uno de los pocos concejales que rechazan el abuso, nos animaba con el coro mientras los empleados que recién entraban a las empresas del sector nos miraban con curiosidad: “amigo, mirón, únase al montón, a usted también le cobran la valorización”.

Cabe anotar que se salva uno que otro concejal que se tomó el tiempo de analizar los argumentos y sobre todo de entender la ilógica financiera, de escucharnos y aconsejarnos sobre cómo podríamos proceder. Incluso, nos apoyaron con las protestas pacíficas y nos ayudaron a contactar a los periodistas. Sin embargo, hacerse sentir no es suficiente y en la política los intereses personales priman sobre los argumentos. Varias veces los empresarios fueron al concejo de Bogotá para explicar su posición frente a los concejales: el cobro de los prediales sube año a año, mucho más que la inflación, los impuestos están asfixiando a la empresa y, por lo tanto, al empleo. Unos pocos lo entendieron, otros cuantos prometieron votar en contra y otros cuantos, con mucha arrogancia, se desentendieron del asunto.

Finalmente, al final de una de las sesiones del concejo, justo antes de la votación, dejaron hablar a uno de los más activos defensores del empleo y la industria nacional: mi papá. Mientras que, de nuevo, trataba inútilmente de convencer con argumentos, varios funcionarios degustaban los platos de comida que los meseros, pagados por nosotros, los ciudadanos, llevaban. Cuando llegó la hora decisiva, los siete protegidos del cacique Vargas Lleras inmediatamente se salieron del recinto, a pesar de haber asegurado que se oponían a la valorización. Sí, varios mañosos se fueron sin votar y sus promesas fueron simples recuerdos, aunque, eso sí, quedaron muy bien parados ante los medios de comunicación. Un engaño más a quienes todavía creemos en la buena fe de las personas.

Al fondo del recinto, en los bancos de madera del gallinero, los empresarios que asistieron a la sesión quedaron derrotados, cansados y hambrientos, mientras observaban las caras de satisfacción de los privilegiados funcionarios del estado, quienes degustaban sus platillos y todavía salivaban imaginándose los contratos que se avecinan.

Sin embargo, la vida es eso, una insistencia. No hacerlo intranquiliza la consciencia. La corriente a veces arrasa, pero otras veces va juntando hojas, ramas y piedras rebeldes que hacen que se forme un pozo tranquilo, apartado, o que el flujo del río cambie, levemente, sin que nos demos cuenta.

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2 comentarios sobre “Nadar contra corriente

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  1. Carolina no es la política el problema., es la politiquería y la corrupción. Y también la ignorancia y desinterés a la hora de votar.
    Creo que es necesario politizarse más tal y como lo hicieron uds. Los felicito y no desfallezcan, aún hay cosas que se pueden hacer.

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