No me gusta el fútbol, pero me encanta el mundial

Una visión femenina

Cada uno ve lo que quiere ver y el mundial de fútbol es un claro ejemplo. Nos amontonamos alrededor de una pantalla plana y, mientras que los señores se concentran en el juego sin despegarle el ojo al balón, comentan el fuera de lugar antes de que lo pite el árbitro, opinan que el delantero que se revuelca en el piso se cayó solo y pelean contra el televisor, nosotras, unas cuantas a las que nos importa un bledo qué equipo vaya a clasificar, nos entusiasmamos con el jugador que se prepara para remplazar al que le dijeron que descansara, que espera detrás de la línea blanca mientras hace un trotecito rápido para calentar los músculos que nosotras tratamos de adivinar bajo su camiseta de licra, fantaseando con su espada ancha y definida.

Ellos opinan que van por Argentina, mientras que nosotras vamos por Islandia porque los jugadores están más bonitos y hasta llegamos al descaro de ir específicamente por el número ocho del equipo de los blancos, sin saber de qué país es que estamos hablando. El cuadro lo completa la mamá de todos los espectadores de la sala, que ya es abuela, y va por el arquero, lanzando un comentario muy maternal: “a esa preciosura que no me le vayan a meter un gol”.

Sin embargo, el desfile y la variedad de cuerpos atléticos, trabajados, en resumen, perfectos, no es la única entretención del mundial que nos confirma que la belleza alimenta el espíritu. También lo son varios de los esplendorosos goles que se van orquestando en una carrera coordinada o que aparecen de repente en uno de los muchos intentos como un evento fortuito. Deleita ver el balón que recorre una trayectoria parabólica hasta que llega justo a la cabeza de uno de esos muchachos que quién sabe cómo el locutor identifica por su nombre y que luego él empuja con decisión hasta la esquina superior del arco. Goles artísticos que demuestran la grandeza de un equipo decidido, de un hombre determinado, de las inviolables leyes físicas y de Dios, quien nos muestra la belleza hasta en los goles. Luego, viene el mejor de los espectáculos: la celebración de los goleadores con unas cuantas piruetas que se nos permiten degustar muy despacio, nada más y nada menos que en cámara lenta, los rostros sudorosos y eufóricos que nos aseguran que la dicha plena existe y nos invitan a perseguir nuestras propias glorias, los abrazos calurosos, amontonados y a la vez bruscos de varios hombres que se reconocen entre sí y, si el que celebra es un latino o un africano, un baile con sabor y sabrosura, una fiesta de muslos y glúteos bien formados y acompasados.

También contagia la celebración de las caras anónimas, sonrientes, acompañadas por los saltos sincrónicos de toda una masa amarilla que se acomoda en la tarima, lo que nos demuestra qué fácil es la alegría y al mismo tiempo qué vulnerables somos como para que ésta dependa de un gol, de un partido de fútbol. Los rostros serios y aburridos del público ofendido hacen pensar que ahora falta un gol del otro equipo, pobres esos carialargados que se comen las uñas y pobre el arquero que alcanzó a tocar el balón, pero se le metió. No debería de haber ganadores ni perdedores, pues todos tenemos derecho a la felicidad y qué injusto que la alegría de unos dependa de la tristeza de otros, incluyendo la del pobre director técnico que anda de un lado para otro como un perro enjaulado mientras les lanza gritos desesperados a sus muchachos.

Lo que realmente me gusta del mundial es ver la humanidad que no se muestra en las noticias, ese mercado de emociones exhibidas como obras de arte en los rostros que los camarógrafos logran captar con precisión, las caras de asombro, las de alegría, las de incredulidad, los nervios de un chico que se muerde la camiseta, el llanto de un niño emocionado o los abrazos efusivos de un grupo de fanáticos que ostentan pelucas y cachetes pintados de los colores de su bandera. Me gusta ver la nobleza de los ganadores y la dignidad de los perdedores cuando intercambian abrazos y camisetas sudadas mientras unos roban prensa y los otros la evaden, sabiendo que al final todos son iguales: jugadores, seres humanos.

Entonces acaba el partido y poco a poco se va terminando la hipnosis, hasta que comenzamos a acordamos de que solo era un juego, un juego muy serio si se escuchan los comentarios de los señores: que si gana este equipo, se elimina el otro y en cambio si empata tienen que depender del puntaje de otros. Y, mientras tanto, otros vamos pensando qué bonito es que un juego, un simple juego una al mundo entero con el propósito de divertir, de limar diferencias, de sabernos como iguales y olvidar los conflictos y las guerras. Una diversión sana que une a la humanidad entera y además a los países, como cuando vemos medio estadio vestido de amarillo formando una sola identidad, independiente de si en su individualidad se consideran hinchas del verde, del rojo o del azul o si son de derecha, centro o izquierda. Y mientras los señores que siguen con el televisor prendido revisan las apuestas –que siempre se gana el que menos sabe de fútbol– otros seguimos pensando que este juego también une a las familias alrededor de un almuerzo, de una pantalla, en donde todos se unen en pro de una misma causa y se levantan y gritan al unísono, ya sea frente al peligro de un gol o ya sea para celebrarlo.

Me pregunto entonces, los que no le encuentran alguna gracia al mundial, ¿a qué le encuentran gusto? He escuchado divagar a varias personas acerca de la simpleza de este deporte que ahora tiene paralizado a medio mundo: ¿qué diversión es ver a veintidós hombrecitos corriendo de un lado para el otro detrás de un balón? Puede que tengan razón, pues cada cual le pone el sabor a lo que vive y estos escépticos tal vez sean de paladares exigentes. Lo único que les deseo es que en su vida tengan algo que saborear, de lo contrario esta se vuelve muy insípida.

El otro extremo –para mí admirable– es encontrar comentaristas deportivos que dediquen, durante todos los días del año, una hora diaria o más a hablar de fútbol y, peor, que haya oyentes que los escuchen. Me pregunto, de dónde les saldrán tantos temas, tantas palabras, tantas discusiones que parecieran trascendentales sobre un juego, un simple juego que al volverse tan cotidiano se me antoja inapetente. Cada cuatro años me parece justo, lo demás es empalagoso.

Concluyo que cada cual se busca sus intereses, sus preocupaciones y también sus pasiones, al fin y al cabo, la vida misma es un juego, un simple juego, en la que cada uno saborea lo que quiere saborear y ve lo que quiere ver.

 

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