¡No señor, yo quiero un tinto!

Después de una hora de congestión vehicular, propia de un diciembre en Bogotá, llego a La Macarena, exactamente a la cuadra que a paso lento ha sido gentrificada con restaurantes mexicanos, peruanos, franceses. Me han citado en uno italiano. Comparto con mis compañeros de yoga una linda noche de cuentos y anécdotas mientras disfruto de mi lasaña vegetariana (me privé de la pasta marinera por culpa de un examen de sangre que se me ocurrió leer antes de tiempo, es decir, antes de la comida, y que me restriega en la cara mi alto nivel de colesterol).
Cuando ya los estómagos satisfechos inducen a conversaciones más tranquilas, se acerca el mesero a preguntarnos si queremos un agua aromática o un café.

–Un tinto –digo yo.

–¿Un americano? –me corrige con disimulo el mesero mientras, seguramente, lo anota así en su libreta.

Protesto. No quiero que el tinto, esa palabra tan nuestra, tan colombiana, la cambien por otra más internacional, pero carente de identidad, desarraigada, ajena. Yo quiero mi tinto, el que millones de colombianos nos tomamos a diario en las oficinas, en una sala de juntas o en la intimidad de nuestra casa, al desayuno o de sobremesa después del almuerzo. Quiero el tinto que guardan los vendedores ambulantes en termos gigantes y que ofrecen en vasitos plásticos en cualquier esquina o en la carretera de “la línea” cuando hay un trancón, producto de una mula varada, o que cargan en una greca portátil en forma de morral sobre la espalda y que más parece un fumigador con glifosato, repartiéndolo por los pasillos de Corferias o en las graderías del coliseo El Campín. El que se toma solo, con mantecada, con pandeyuca o con un tiramisú, mezclas siempre perfectas (aunque a estas alturas, creo que la combinación óptima es la de la arepaehuevo con Omega 3). El tinto que se prepara en un trapo, en un filtro de papel, en una cafetera o en una greca, el que nos hemos tomado durante años y que disfrutamos –hasta hace poco– en un restaurante elegante. Si el americano se prepara diferente al tinto no es el punto, pues la papa es papa se haga al vapor, frita o cocinada dentro de un sancocho. Tampoco es argumento que se pueda confundir con el vino tinto, ese es problema de los españoles, o de los chilenos, no nuestro. Si extrapolo el comentario, no creo que a los sevillanos les preocupe que, cuando ofrezcan una “caña”, los colombianos la vayamos a confundir con una vara rígida para pescar, o con la planta que nos provee de la panela y el azúcar.

–Deberías escribir sobre eso –me dice mi vecina de asiento, después de mi queja (eso a veces hacen los amigos lectores, nos sugieren temas. Hace poco, un amigo de mi papá me propuso escribir sobre por qué las mujeres jodemos tanto, y otro, sobre las confidencias que nos hacemos entre nosotras).

En ese momento me pareció que mi batalla de estar corrigiendo a los meseros, a quienes se han encargado de entrenar muy bien para que borren de su vocabulario la palabra tinto, no merecía un escrito. Pero luego pensé que sí, que el famoso “americano” es la punta del iceberg de la inevitable globalización que, como su mismo nombre lo indica, no solo nos ha perturbado a nosotros, los colombianos, sino a los demás habitantes del mundo.

Por ejemplo, en junio, cuando estuve en España, alquilamos un carro (no un coche, ni un auto) que nos llevaría por varias de sus provincias. Ansiaba encender la radio para escuchar las guitarras arrebatadas y a veces también melancólicas que invitan a zapateos y castañeos, o esas voces flamencas que cuando cantan revelan su alma y cuando gritan sacuden la nuestra. Me cansé de oprimir insistentemente el botón de búsqueda, durante días, pues lo único que encontraba repetidamente en las emisoras era la voz de Maluma alardeando que tenía cuatro beibis, al Fonce entonando Despacito y a los mismos angloparlantes que cantan en todas las emisoras del mundo, literalmente.

Otro intento de uniformarnos culturalmente lo he visto cuando uno que otro colombiano se ha empeñado en celebrar el día de “acción de gracias” y hasta compran un pavo, sin ni siquiera saber por qué los gringos lo celebran* (pero a duras penas saben qué pasó el 20 de julio, o porqué se celebra el festival de negros y blancos en Pasto). Lo justifican diciendo que les gusta aprovechar esa fecha para agradecer, sin caer en la cuenta de que las gracias se deberían dar –y enseñar a los hijos– durante todos los días del año: a quienes nos sirven, nos ayudan, nos quieren, nos venden o nos compran, nos comparten, nos acompañan, nos sugieren, nos aconsejan, nos enseñan, nos corrigen o nos leen. Y a Dios, por supuesto, si está incluido dentro de nuestro paquete de creencias.

La globalización es inevitable. Gracias a la tecnología el mundo es más pequeño, más accesible, más comprensible, más escarbable. Pero es imperdonable que desechemos nuestras tradiciones, lo local, lo único, lo que nos distingue de las demás culturas, de los demás pueblos, de las demás historias, del resto del mundo. Es frustrante que en algunos colegios los niños solo canten las canciones de las películas de Disney, en lugar atreverse, de vez en cuando, a interpretar un bambuco o un currulao, que cada año armen un musical adaptado de Broadway en vez de bailar una cumbia o evocar el carnaval de Barranquilla, produciendo el desarraigo propio de quienes no aman su tierra y, lo peor, no se preocupan por su gente (por eso deforestamos, vendemos el oro que subyace en nuestros páramos –el verdadero tesoro– a unos jeques árabes o desfalcamos las arcas del estado en detrimento de los más necesitados).

Porque está bien conocer, explorar, importar, adaptar, unificar, hasta imitar, pero no despreciar.

Feliz Navidad amigos (voy por un tintico) y gracias por leerme.

*Un grupo de puritanos ingleses, que emigraban a América en el año 1620, arribaron a las costas americanas, justo en el duro invierno del mes de noviembre. Encontraron frio, hambre y desolación. Los indígenas Wampanoag los socorrieron, acogiéndolos y enseñándoles a cultivar el maíz.  En agradecimiento, el año siguiente, cuando ya estaban establecidos, los colonos decidieron compartir su cosecha con los indígenas. Este gesto pasaría luego a ser una de las tradiciones más importantes de E.U. Años después, los Wampanoag fueron desplazados de sus tierras, sus líderes fueron asesinados y descuartizados, su gente sometida a la servidumbre y otros tantos con mejor suerte vivieron al margen de la sociedad blanca durante varias generaciones.

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6 comentarios sobre “¡No señor, yo quiero un tinto!

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  1. Me gusta mucho tu escritura. Los cuentos son sencillos pero reflejan mucho de nuestra cultura y tienen un lenguaje divertido. Sigue cultivando este oficio.

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