Esos verracos chinos

Cada vez más vemos nuestro mercado local, o más bien mundial, invadido de productos chinos. Hace unos años cualquier artículo chino era similar a mala calidad. Pero poco a poco ellos se han pulido, han refinado su gusto y se han especializado en las demandas específicas de sus clientes. Contrario a Alemania, Italia y otros países que se caracterizan por su indiscutible calidad y buen gusto, China maneja diversas calidades de acuerdo con el precio que el cliente quiere pagar. Por ejemplo, una vez, en la empresa de mi padre contrataron a un traductor que debía interpretar lo que explicaba un asesor técnico, también chino. Era muy barato. Luego entendieron por qué. Mientras el técnico se desgastaba explicando paso a paso el funcionamiento de una máquina, el económico traductor solo mencionaba escasas dos palabras: era sordo.

En definitiva, en cuanto a precio, los chinos son los mejores. Ellos no se complican con tonterías. Por ejemplo, en cualquier feria internacional, mientras los demás tienen unos stands despampanantes, con unas hermosas modelos en minifalda, sillas modernas, deliciosos pasabocas, café y la exhibición completa de sus productos (así estos sean maquinarias gigantes), los chinos escasamente instalan un escritorio y un afiche impreso. Todos esos detalles publicitarios son costos que indudablemente transfieren en forma de ahorro a sus clientes.

Cuesta trabajo explicarse cómo un producto chino puede ser tan barato, inclusive más que la misma materia prima del que está fabricado. Razones hay muchas, por ejemplo, el subsidio del gobierno chino, los barcos interoceánicos en donde hacinan a varios operarios para que fabriquen los productos en altamar (entre otras cosas para no pagar impuestos locales) o las camas calientes, ubicadas dentro de las mismas empresas y llamadas así porque siempre andan ocupadas, pues mientras unos trabajan los otros duermen y luego se intercambian. Otro ejemplo de las muchas explicaciones de los bajos precios la vivió en mi esposo carne propia, quien visitó China en invierno y se percató del gran ahorro que las empresas hacen en energía eléctrica: no tienen calefacción. En consecuencia, todos los empleados van a trabajar con inmensas, rellenas e infladas chaquetas. Él, que no se fue preparado, duró varios días tiritando de ese horrible frío que penetra hasta en la médula, calentándose con hirvientes aguas aromáticas, hasta que decidió tomar prestada la colcha del hotel y así paseó, como un indigente, por las diversas plantas de producción y por todo Shanghái.

Mucho debemos aprender de los chinos, tanto de sus fortalezas como de sus errores, que todavía los tienen, incluyendo los relacionados con la ética. En temas de piratería, por ejemplo, nosotros los colombianos les quedamos en pañales. Basta ver los “sombreros vueltiaos” que ya no vienen de Córdoba, sino de Hong Kong, las matrioskas chinas que tienen en quiebra a los artesanos rusos o los vehículos idénticos a los Volkswagen, pero con su propia marca. Pero, también podríamos destacar su visión en grande y sus alcances, que los llevan a conquistar mercados en los confines del mundo, su eficiencia, su sentido práctico, su dedicación y su gran capacidad de espionaje industrial.

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Hace algunos años mi hermana y yo fuimos a China a visitar una gigantesca feria especializada en plásticos. Allí nos encontramos con nuestros principales proveedores, quienes nos sorprendieron con su amabilidad, su generosidad y su buena atención. Bueno, hablando de sorpresas, realmente la primera la tuve en el aeropuerto de Bogotá, cuando a mi hermana, justo después de pasar por inmigración, le dio por contarme que estaba embarazada. A parte de ser yo quien todo el tiempo cargó las maletas, la principal actividad de dicho viaje fue estar en la constante búsqueda de comida para sus ataques de hambre, hablar de sus rebotes y de la exaltada sensibilidad a esa fiesta de olores, que la tenían continuamente espantada. Al día de hoy, ocho años después, cada vez que le hablan de China le dan mareos.

No fue buena idea habernos ido de manera independiente, sin ningún tipo de tour organizado, pues son pocos los chinos que hablan otro idioma diferente al suyo, inclusive los empleados del hotel, demasiado local (pues fue conseguido por nuestro proveedor). Con decirles que ni siquiera entendían a qué hora nos debían despertar. Peor fue cuando quisimos preguntar en una farmacia por un remedio para el estreñimiento. Como mi hermana estaba embarazada, no podía tomar cualquier medicamento. La manera de explicar nuestra necesidad fue muy precaria: dibujamos a una mujer en cuya panza cargaba un feto y luego hicimos la seña de pujar. No logramos nuestro propósito, pues la reacción de los chinos fue de total rechazo y aterramiento, hasta que caímos en cuenta de que se estaban imaginando un aborto. Lo que sí entendieron perfectamente en español fueron mis continuos reclamos cuando descaradamente se colaban en las filas (algo muy recurrente en ellos), pues de manera muy sumisa aceptaban irse al final de la fila.

Desesperadas de tanto andar solas en un mundo extraño, en donde ni siquiera reconocíamos algún tipo de alfabeto que pudiéramos usar de referencia sino solamente ancestrales e ininteligibles logogramas difíciles de memorizar, decidimos buscar amparo. Ver uno que otro individuo sin los ojos rasgados nos daba ánimo, cosa que parecía mutua cuando nos reconocíamos con nuestros similares a través de las miradas. Hasta que la divina providencia nos hizo escuchar un acento colombiano, más específicamente paisa, y no dudamos en buscar asilo en un grupo de empresarios que regresaban de una feria en Cantón. Nos anexaron a su tour, nos cambiamos a su hotel y con ellos conocimos los principales lugares de Pekín. Sin embargo, mi hermana y yo, dos mujeres en medio de una bandada de paisas desaforados, descubrimos que estábamos en el lugar equivocado. Ellos tuvieron la precaución de llevar en sus maletas varias cajas de aguardiente, que fueron consumiendo noche a noche al final de la jornada en el lobby del hotel y que muy cordialmente nos invitaron a deleitar. No solo el embarazo de María Paula nos empujó a negarnos, sino el tono subido de las conversaciones netamente masculinas que describían los masajes que habían tomado, con servicio completo, sobre los que incluían detalles como las selvas que escondían las chinas en su entrepierna, tan tupidas que hasta tenían guerrilla. Entonces decidimos acercarnos a uno de los pocos empresarios que parecía más prudente, con quien compartimos los tures al siguiente día, hasta que nos espantó porque nos puso a tomarle una cantidad exagerada de fotos, que luego criticaba y nos hacía corregir repetidamente, además, impidiendo que escucháramos las explicaciones del guía turístico. Ya cansados de ver tantos palacios y tantas pagodas, siempre rojos y con las mismas formas, uno de los paisas le reclamó al guía: “mejor llévenos a un zoológico, que estamos mamados de ver tantos techitos”. En ese momento decidimos, de nuevo, seguir por nuestra cuenta.

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Producto de dicho viaje encontramos varias empresas interesantes que nos mostraron sus hermosos catálogos, que incluían fotografías de sus gigantes plantas de producción, muchas de las cuales eran falsas. Finalmente, decidimos representar a una de aquellas compañías, la cual comenzamos a promocionar tan pronto estuvimos de regreso en Colombia. El primer pedido lo vendimos rápidamente, con mucho éxito. En cambio, la segunda importación que hicimos fue totalmente diferente: comenzaron los tortuosos reclamos de los clientes, las devoluciones y finalmente el arrume de producto inconforme en nuestra bodega. Cuando tratamos de contactar por correo electrónico a los agentes con quienes tratábamos, Katy Perry y Bruce Lee (como los chinos tienen unos nombres extrañísimos, difíciles de leer, de pronunciar y de memorizar, usan rebautizarse con un nombre occidental que facilite el trato con nosotros, los occidentales), nos informaron que ya no trabajaban en la compañía. Hasta ahora, no hay ningún método legal para hacer responder a los chinos por los engaños que hacen. A un cliente nuestro, en la segunda compra (la primera siempre es buena), le enviaron bolsas de tierra, en lugar de un poliuretano. Perdió noventa millones. Dicen que hasta a Arturo Calle lo tumbaron, pues entre otras cosas, le enviaron todas las tallas cambiadas. Es por eso que, quienes importan desde China, después de haber aprendido de unos cuantos fiascos, tienen un agente que revisa la calidad de las compras antes de ser despachadas.

Sin embargo, sé que no debo caer en la odiosa práctica de estereotipar, pues de los 1300 millones de chinos que habitan este planeta conocemos unos escasos comerciantes y de ellos, son unos pocos los que se han encargado de crear una mala imagen. Suena parecido a nosotros, los colombianos, que tan mala fama tenemos y cuya mayoría somos gente de bien.

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Antes de viajar, para entrar en el ambiente, leí dos novelas chinas (ya no recuerdo sus nombres) que tratan de los mismos asuntos que han aquejado a la humanidad: las dificultades de la vida, el amor, el campo y la ciudad, el hambre, las ilusiones. Los chinos han sido, como muchos otros, un pueblo sufrido, apaleado por las guerras, la pobreza y el hambre. Tal vez por eso se siguen comiendo todo: alacranes, ratones, perros, etc. Cuando el chino que vino a visitar la empresa de mi padre fue a conocer la plaza de Bolívar se sorprendió de las palomas, mejor dicho, de que hubiera palomas: “allá nos las comemos”, resumió el traductor sordo.

Al final de cuentas, paisas, bogotanos, colombianos o chinos, somos la misma cosa: personas que buscamos la forma de subsistir, de progresar y de darle sentido a nuestras tediosas vidas a través del trabajo, o del arte. En el primer caso, todo negociante busca lucro, sacando ventaja de lo que su propia moral le permite (en China de pronto es más laxa que en otras culturas, igual que acá). En el segundo caso, el deseo innato de expresar el amor, los sentimientos, las tradiciones y la belleza de tantas formas posibles, únicas, es lo que nos hace sensibles al arte. Recuerdo que en Shanghái entramos a un gran parque de árboles frondosos y gigantes, en donde hombres comunes cantaban lindas canciones. Poco a poco, los transeúntes se iban uniendo al canto, formando grupos cada vez más grandes de bellos coros dignos de admiración y regocijo. Otra noche, un conmovedor espectáculo de Kung Fu apelaba al honor y la nobleza, recreaba el pasar de ser joven a hombre, resaltaba el perdón, la tradición y el esfuerzo, todos estos valores universales que nos recuerdan que siempre hay en nosotros algo más profundo, puro y bello que la simple subsistencia.

 

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3 comentarios sobre “Esos verracos chinos

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  1. Excelente Carito!! es tal cual lo escribes. Muy simpática la aventura por China con Maria Paula. Que guapas irse solitas, de admirar!! si al menos hablaran español, pero en chino por Dios!!! Te cuento que llevo 8 años congregándome en una iglesia presbiteriana de chinos y taiwaneses y no se decir ni buenos días. Claro que ellos hablan español. Lo de la industria china es algo aterrador! como bien dices hay gente honrada pero también me llegó hace pocos días una artículo terrible sobre lo que están haciendo en China. Con cartones producen un montón de alimentos. Ya te lo voy a enviar. Un abrazo y felicitaciones por tus escritos. Martha.

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