Juzgar , ¿pecado o dicha?

Hace unos días comentaba con mi hermana y mi prima la necia costumbre que como seres humanos tenemos de juzgar. Hablamos, también, que las generaciones anteriores tienden a incurrir mucho más en cierto tipo de prejuicios que, afortunadamente, ya se han venido desvaneciendo en éstas épocas. Como ejemplo, tal vez varios vivimos en carne propia los rechazos de los pretendientes que no cumplían con el estereotipo aceptable para nuestros padres. En mi caso, nunca me atreví a llevar a mi casa a un prospecto con “aretico” o pelo largo (uno que otro se coló en la clandestinidad), a pesar de ser personas de bien. Menos mal que en esa época no se vestían mostrando los calzoncillos, porque tampoco hubieran clasificado a entrar en la sala de mi casa, ni mucho menos a invitarme a salir de ella.

Me molesta mucho cuando alguien critica a alguno de mis seres queridos (inclusive si lo hacen entre ellos), porque yo los veo perfectos y lo que podrían ser sus defectos, son solo rasgos propios de su personalidad completamente tolerables y con los que se puede convivir o, además, son simples retos que cada cual tiene como proceso de evolución personal. Defiendo como una fiera salvaje a mis amigas cuando algún hombre se atreve a decir que son feas, gordas o antipáticas, pues todas, sin excepción, son mujeres completamente hermosas en todas sus dimensiones. Me duelen las críticas ajenas, incluso a veces, hacia desconocidos, como cuando se trata de prejuicios traspasados de generación en generación y que se repiten sin ningún tipo de cuestionamiento.

Aunque tampoco me gusta esa posición arrogante de dioses, en donde juzgamos a quienes juzgan con una actitud prepotente, como diciendo “yo no caigo en eso”. Es más, sí caemos, tan pronto como condenamos a quienes condenan. Como seres subjetivos que somos, nuestra vida cotidiana está hecha de juicios. Sería casi que imposible no hacerlo.

Tampoco acato ciegamente las corrientes religiosas o espirituales en donde nos advierten que cometer dicha falta nos degrada como personas y que, a toda costa, debemos acudir a la tan trajinada compasión, que últimamente se ha venido confundiendo con “pobrecitiar”, o con tratar de evitar que quienes hayan actuado en contra de ciertas leyes sociales asuman las consecuencias de sus actos. Independientemente de nuestras opiniones hay reglas, convenciones que debemos cumplir y acatar como miembros de una sociedad, que muchas veces dejamos pasar impunes por absolver lo que no nos corresponde. En cambio, otras veces, condenamos simples expresiones personales que ni siquiera se parecen a una ofensa, un error, o a un delito.  Todo eso es extremismo que, además, sembramos incluso en el seno de nuestras familias, por ejemplo, con nuestros hijos, pobres ratas de laboratorio.

La diferencia entre el juzgar odioso, condenatorio y el ejercicio diario de emitir juicios, que hacemos de manera inocente, continua e imperceptible, está en reconocer que somos seres subjetivos. Que lo que dictamos es solo un punto de vista, una apreciación, y no la verdad absoluta. Que cuando lo hacemos, tal vez estamos opinando lo que no nos gustaría vivir, tener, experimentar, sufrir, pero que para otro individuo puede ser completamente válido y entendible si nos ponemos en su lugar.

Juzgar es en cierta forma una manera de definirnos, de afinarnos en nuestras preferencias a través de las expresiones y las experiencias ajenas. Incluso, es una manera de descubrir nuestros deseos más oscuros y profundos, esos que no nos atrevemos a mostrar y por eso mismo, con cierta envidia, lo resaltamos con desagrado en otros. Cuanto más nos conocemos y nos aceptamos, menos juzgamos a los demás.

Juzgar se vuelve inevitable cuando nos invita a poner un tono humorístico a simples observaciones, como aquel mismo día de la charla con “las primas” (nosotras, quienes rechazamos la crítica). Confieso que esa vez me sentí completamente inconsistente. Salíamos de una clase de yoga cuando la profesora comentó la ausencia de “la ginecóloga”. Nos pareció muy extraño estar compartiendo clase con una ocupada doctora, así que le preguntamos a quién se refería. Inmediatamente nos sorprendimos al saber que Fany, aquella poco agraciada compañera de clase, torpe en sus movimientos, era una médica especializada. Poco después comentamos que ella “no tenía cara de ginecóloga, aunque sí de…”. Bueno, fue solo un chiste ocasional que no me atrevo a repetir, pero que si los lectores tienen algo de malicia se lo podrían imaginar. ¿Por qué decimos eso? ¿La fiesta de la vida se llena de humor, a costa de otros? Tal vez la risa es tan grata que nos valemos de cualquier recurso, gústele a quien le guste. Lo peor, es que el tema no acabó allí. Ya entradas en risas, poco después, otra de nosotras comentó: “¡yo no le abriría las patas a esa vieja!”. ¿Por qué, si no la conocemos? La poca destreza en sus movimientos yóguicos no implica que lo sea en su vida profesional. No la hemos visto sacando bebés embadurnados, no la hemos visto haciendo tactos con sus guantes de látex, ni cosiendo episiotomías, sacando tumores peludos, manipulando fluidos desagradables, aconsejando adolescentes, ni tecleando hábilmente un computador durante todos los breves minutos que dura una consulta. Luego, sin ninguna distinción, con más atrevimiento, como en una fiesta de críticas cariñosas, nos burlamos entre nosotras mismas (de las ojeras de una, de la cartera de vieja de la otra, etc.).

Reconozco cierta vergüenza al escribir esta anécdota, pero estoy segura de que este tipo de comentarios inmaduros, unos inofensivos y llenos de humor, como éste, otros, de odio y desprecio, hacen parte de la mayoría de las sombras de todos nosotros. En el primer caso, nos divierten. De ahí la gran cantidad de chistes sexistas, crueles, clasistas, racistas, etc. En el segundo caso, regocija, porque condenar nos hace sentir perfectos frente a un desgraciado lleno de imperfecciones, pero nos separa de nuestra condición de humanidad y de la comunión armónica con los demás.

Tal vez, si Fany fuera mi amiga, que bien podría serlo (aunque no soy mujer fácil en eso de las amistades a primera vista), la hubiera defendido a capa y espada. O tal vez, le hubiera regalado a ella el mismo chiste, mirándola a los ojos, junto con un abrazo. Pero no lo es. Es ajena a mi vida, es una figurilla casi imaginaria que vemos una vez a la semana sin intercambiar más que un saludo y que solo sirve a nuestros motivos egoístas de inspirar y amenizar conversaciones odiosas, además de sacar unas cuantas risas y esta modesta reflexión.

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3 comentarios sobre “Juzgar , ¿pecado o dicha?

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  1. Hola Cómo vas?
    Si, toda la razón, vivimos de juzgar y criticar siempre por que nos sentimos perfectos, uno dice yo no haría esto o aquello, yo no dejaría que mis hijos hicieran esto o aquello y siempre queremos que las personas que estan a nuestro alrededor cumplan con ciertos parámetros, pero te voy a contar una historia. jajajajajajja cuando mi hijo mayor estaba en el jardín se llama “Pequeños Talentos” iba a dicho jardín Un joven de aproximadamente 24 años, llegaba a recoger a su hermano menor ” Camilo”,llegaba siempre afanado, con el cabello que le llegaba a la cintura, un poco sudado y desordenado, con los pantalones rotos y los zapatos tenis MUY sucios, no de barro, sucios por que no conocian el jabón , ni mucho menos el agua, yo siempre estaba a la misma hora recogiendo a mi hijo y me quedaba mirandolo y pensaba sera que este joben no tiene una mamá que le diga que se corte el cabello, se arregle los pantalones y lave los tenis?; cierto día nos programaron una reunión y me tocó al lado una señora muy querida, bien formal, muy , muy querida, nos hicimos amigas, un día me invitó a su casa a tomar onces, cuando toque a la puerta , una y dos veces, salió a abrir la puerta el joven que siempre me encontraba el de cabello largo, zapatos sucios y pantalon roto y yo quede plop ajajjajajaja, me lo presentaron, el joven muy formal, atento, ya hablamos, me decía que pertenecia a una banda de rock, que estudiaba Ing de Sistemas, que estudiaba Ingles y que además le ayudaba a su mamá a las labores de la casa y a recoger a Camilo su hermano , todos los días a las 3 de la tarde; yo seguia visitandolos y nos hicimos muy buenos amigos, algún día cuando ya tenía confianza con su mamá,” le dije Luz ma tu le dejas tener a tu hijo cabello hasta la cintura, pantalones rotos, tenis sucios por que? me dijo Cris fue dificil dejar que esto sucediera, pero realmente yo no tengo ningún problema con mi hijo, es buen estudiante, es mi mano derecha, yo soy una mujer separada y el hace de papá, me cuida a Camilo, esta todo el día ocupado en su estudio , su banda, su ingles, es el hijo IDEAL, asi que si quiere salir como quiera, que lo haga….. no voy a dañar la relación con mi hijo por esas cosas. Asi que yo pensaba y cuando mi hijo tenga la misma edad y me diga mamá quiero estar con cabello largo, pantalones rotos y tenis sucios yo que le dire? paso el tiempo , entra mi hijo a la universidad y lo primero que me dice, mamá voy a dejarme el cabello largo y me compre este jeans, eran roto, y compré estos tenis blancos de tela, yo le dije, Feli si te sientes bien dale, cundo algun día esos tenis blancos ya no eran blancos eran negros de mugreeeeeeeeee, le dije Feli por fa lava los tenis , hay jabón, hay cepillo, me contestó no mamá se ven lindos asi SUCIOS, le dije por favor felipe el cabello largo pero Limpio , me dice cuando pueda ma, cuando tenga partido de futbol que son todos los días voy a sudar y ese cabello te imaginaras como va estar, asi que yo callada jajajajjaajaj hoy en día ,ya se canso del cabello largo, ya cambió de tenis y los jeans ya no son rotos jajajajajajajaj .

    Moraleja “NUNCA DIGAS DE ESTA AGUA NO BEBERÉ!

  2. Reblogueó esto en Munay – La Fuerza del Corazóny comentado:
    Juzgar es uno de los actos (subrayo la palabra ‘actos’) más poderosos que tenemos a la mano los seres humanos, y lo hacemos de manera natural. No es lo mismo, ni lo veo natural, el convertirnos en ‘jueces’ de los demás.
    Juzgar nos permite, en el presente, relacionarnos con el pasado para definir el futuro. Juzgar es creativo en el sentido en que crea la realidad en la que vivimos.
    Sin embargo, la mayoría de nosotros no sabe hacer juicios, ni reconoce el poder que tiene en generar la identidad de quién somos y la autoridad que recibimos de parte de otros en virtud de nuestra capacidad de distinguirlos de las afirmaciones o de saber fundar nuestros juicios.
    Nuestra baja competencia en hacer juicios genera frecuentemente muchísima frustración y ansiedad, nos pone a luchar en nuestra relación con los demás y con el mundo, además de que hace difícil que las personas confíen en nosotros.
    A pesar de lo anterior, es posible desarrollar la habilidad suficiente para saber fundar nuestros juicios y que sean escuchados como válidos, construyendo de ésta manera una identidad de personas confiables, con relaciones centradas y empoderadoras, así como una forma de ser en donde nos sentimos satisfechos y en paz.
    Gracias Carolina por tu reflexión, que me parece de la mayor relevancia para nuestras vidas.

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