La muerte de M…

Se murió y no alcancé a llevarle al hospital la revista Soho.

¿A quién se le ocurre pensar que después de una fractura llega la muerte? Micho, mi más cercano amigo y profesor de parapente se accidentó mientras volaba (o más bien al aterrizar), partiéndose el fémur. Tenían que operarlo. Conversamos el día anterior a su cirugía. Lo noté desanimado, cosa bien extraña en él, siendo pocas las palabras que se pudieran expresar a través de una llamada telefónica. Le conté mis varias ocupaciones de aquel día y cerré la conversación con la promesa de visitarle al día siguiente, después de su cirugía.

Todas las diligencias de una madre y profesional las desalojaría aquella tarde y quedaría libre para visitarlo tranquilamente al día siguiente. Le llevaría una revista, la Soho, tal vez ver lindas mujeres semidesnudas y artículos ligeros y divertidos le animaran un poco. Nunca la compré.

A la madrugada me llamó su esposa quien, con agonía, me dijo que Micho estaba muy grave pues la operación se había complicado. Todo pensé menos en la muerte. Esta no puede llegar de repente, mucho menos a quienes tienen esperanza. Familiares y amigos esperamos el día entero en la sala del hospital algún tipo de reporte positivo y alentador por parte de los médicos, cosa que nunca ocurrió. Las visitas eran restringidas, teniendo prioridad sus familiares. Yo esperaba pacientemente mi turno, pues quería cumplir mi promesa.

Finalmente llegó la hora de verle: llamaron a los amigos para que ingresáramos a su habitación. Lo encontré dormido, pálido y conectado a varios aparatos. Cuando comencé a hablarle – con gran emoción y con el fin de animarlo a luchar por la vida – en su estado de dormitación, recordé que para tocar su mano debía desinfectarme las mías, y así lo hice, interrumpiendo mi emotivo discurso. Al instante sus hermanos, con una leve y triste sonrisa, me dijeron: — No, Caro, ya no es necesario. ¡Cómo no me había dado cuenta!  A la ingenuidad se le castiga con la sorpresa: algo tan obvio para los demás, quienes al instante entendieron que un llamado masivo en una habitación con visitas restringidas no tenía otro final diferente a la muerte.

Además de romper a llorar, rompí con el protocolo familiar que entre ellos habían acordado: no querían despedir a su ser querido con amargura, ni con tragedia, para que él pudiera irse tranquilo. Es lo mínimo que se merece un hombre feliz. También de eso me di cuenta tarde, momento en el que con fuerza debí tragar mi bulloso y acongojado llanto.

Lo mismo ocurrió en la misa de su tumultuoso funeral, propio de un hombre joven y carismático, en donde mis lágrimas brotaban con generosidad, parecían infinitas, mientras sus evolucionados familiares muy serenamente echaban discursos llenos de agradecimiento y alegría: por ser haber sido un buen hijo, por haberlos escogido a ellos como hermanos, porque sabían que se fue a un lugar mejor…

¡Me da mucha pena, pero los muertos se lloran! Es lo mínimo que ellos esperan aparte de que les recordemos. Se podrá haber ido al paraíso, al Todo, o a juntarse con Dios, pero yo preví su ausencia, con anticipación saboreé su amarga extrañeza y supe que ya todo sería distinto.  Lloré egoístamente porque lo quería conmigo aquí en la tierra ¡y Dios que se espere, que Él tiene toda la eternidad! Lloré por sus padres, por su esposa y amiga mía, por sus dos hijitos  y por todas las lágrimas que no vi manifestar.

Lloré dos días seguidos, sin escatimar en lágrimas, ni en mocos, ni en sonoros quejidos. Porque cuando uno hace algo ¡lo debe hacer bien! Lloré manejando, trabajando, lavando la losa y barriendo. También en las tardes frente a mis hijos y en las noches junto a mi marido.

Lloré porque se fue mi amigo, ese que nada juzgaba y por todo reía, aquel que cantaba vallenatos con toda su alma y con los ojos brillando de alegría. Quien a veces no pagaba, pero tampoco cobraba, pues para él el dinero era secundario frente a la amistad y el goce de la vida. Ese quien frente a una discusión seria y acalorada acerca del pésimo servicio de salud que dejaba morir a las personas, respondía que era justo, pues había muchas almas esperando turno para reencarnar en este planeta. ¡Qué ironía!

Al tercer día todavía tenía lágrimas, pero no quisieron salir. Recordé su imborrable espíritu, lo imaginé volando sin límites por las nubes que tanto quiso explorar y sonreí.

Como si se mereciera más lágrimas de las que se quisieron evitar, bien supo llorarlo su padre. Con un Alzheimer suficiente para no recordar los eventos recientes, pero sí a sus seres queridos, diariamente preguntaba por Miguel. Varias veces le respondieron: –No papá, Micho falleció. Respuesta que duró varios días, hasta que todos se cansaron de verlo llorar y decidieron que era mejor dejarlo vivo.

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5 comentarios sobre “La muerte de M…

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  1. Siento mucho lo de tu amigo, amiga y siento igual del papa de Eli. Gracias por compartir tu experiencia, tú desilusión, tú nostalgia. Cuando me muera puedes llorar, pero me escribes un cuento bien chevere. O no esperes a que me muera.

  2. Gracias carolina por traernos tus bellos relatos, siempre los espero con mucho cariño. Me encanta tu forma de escribir. Un abrazo

  3. Hola Carolina. Tu relato me encantó, tanto así que me sacó algunas buenas lágrimas en recuerdo de los amigos que ya no están conmigo ya que pasaron a mejor vida y a los que recuerdo de vez en cuando con mucho cariño. Gracias por compartir tu escrito. Siempre es bueno recordar. Un abrazo.

  4. Carito, lo leí dos veces, primero en Facebook donde te hice un comentario. Aparte de lo bien que escribes, le llegas a uno al alma. Como buena escritora transmites perfectamente tus emociones y las sentimos al igual que tu!! Triste relato! respeto la actitud de la familia de tu amigo pero no la comparto. A los sentimientos hay que darles rienda suelta!! dejarlos fluir. Por eso cuando tu lloraste yo descansé y lloré contigo. Un abrazo y grande y no dejes de escribir.

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