Fugaz reflexión en un semáforo

Cada semáforo tiene su dueño. A veces lo habita más de uno, para así dar opciones a todos los transeúntes: está el mendigo, para quienes todavía se compadecen de la desgracia ajena; el ladrón, para los desprevenidos; el que limpia los vidrios, para quien no tiene tiempo de lavar su carro; los que revisan las llantas, para quien se cree el cuento; los vendedores ambulantes, para quienes se antojan de unos chicles, una bebida energizante, un muñeco para el nieto, un libro pirata o un cargador de celular de esos que, por ahorrar unos pesos, resultan quemando el aparato. Mis favoritos, son los cirqueros: el hombre que lanza fuego por su boca como si fuera un dragón, el malabarista que usa una pequeña bola de cristal generando la ilusión de que fuera una esfera flotante, los tres hermanos (me imagino yo) que se suben uno encima de otro y luego dan botes en el aire, el equilibrista que camina en una cuerda amarrada del poste al árbol de la acera lateral y el ciclista, que hace piruetas en su bicicleta, la para en una llanta, luego gira en la otra y al final se suspende en el asiento mientras ella va rodando. Están en la calle haciendo piruetas porque, seguro, a ninguno de ellos su mamá les dijo que se alejaran del peligro, que se iban a matar.

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