El accidente

Alvaro no entiende qué ha pasado, parece que fue un terrible accidente. Algo ya no funciona como antes, pero no logra racionalizarlo y tampoco trata de entenderlo. Todo su cuerpo sufre, y está tan sensible que hasta un leve frío le hace doler su piel. Quiere manifestarlo, pero al estar tan aturdido no puede comunicarlo. Trata de moverse, pero todo le pesa y, además, se da cuenta de que no tiene control sobre sus movimientos.

Deberá hacer un esfuerzo, debe tratar de descubrir qué pasa, por qué ha ocurrido este terrible episodio que le ha despojado de toda  su tranquilidad, que ahora lo tiene nervioso y casi desesperado. Por eso grita, pero sus gemidos salen de manera sorprendente e irreconocible para él, aunque, gracias a ese grito, le socorren algo de beber. Aquella deliciosa bebida le refresca su aliento y le alivia la molestia que tenía en sus entrañas. Eso le tranquiliza un poco.

Está cansado y tiene frío. Pronto alguien le socorre abrigo, y allí mismo, en ese lugar insólito de luz intensa, queda dormido durante varias horas. Se despierta asustado, añorando su tranquilidad de antaño y experimentando, nuevamente y en exceso, sensaciones extrañas. Siente su cuerpo torpe y descontrolado, así que decide entregarse a su nuevo estado de dependencia. En su parte más íntima sabe que su nueva situación, de alguna manera,  hará que le brinden el cuidado que necesita. Ya no se siente solo, sabe que hay compañía, sabe que le ayudarán.

Tiene vagos recuerdos. Son imágenes remotas que fácilmente se desdibujan en su memoria, voces cercanas, olores de pertenencia. Otras inclusive, son solamente sensaciones: unas de paz, otras de alerta, de movimiento, de dolor, de intensa luz, de gritos.

Trata de mover nuevamente su cuerpo: ya no le duele, sin embargo se siente extraño y descontrolado al hacerlo. Poco a poco se deja llevar por la sensación de sus propios movimientos, de su visión, un poco borrosa, del aire que respira, y de los sonidos, tanto de los externos como de los suyos, sin tomar consciencia de que son propios.

Al transcurrir de los días Alvaro parece haber superado su terrible accidente, ya no se acuerda qué ocurrió. Agradece el soporte que tiene a su alrededor para atender sus incapacidades, aunque no entiende ni siquiera qué le están diciendo…pareciera estar en otro planeta.

A medida que el tiempo pasa, Alvaro abandona sus miedos. Solamente le produce inquietud uno de los individuos que le ha acompañado desde aquél evento, más pequeño que los demás, de voz aguda y un poco chillona, quien repentina e intermitentemente aparece. En ocasiones le mira directo a los ojos, otras veces emite gritos que perturban sus oídos, a veces le aprieta fuerte y pareciera que lo quisiera destrozar. Otras veces solo lo observa con curiosidad, como si nunca antes hubiera conocido un ser como él.

Alvaro también ha aprendido a mirarle a los ojos y, extrañamente, en su mirada descubre amor, aunque otras veces solamente ve terror. Después de algunos apretones de ese extraño agresor, Alvaro emite sus gritos descontrolados, y entonces todo pasa. ¿Serán sueños? No lo sabe.

Alvaro, ya sano – excepto por algunas agonías estomacales que sus colaboradores le tratan de aliviar de vez en cuando –  decide descubrir qué es lo que ha pasado, pero su mente, casi en blanco, le traiciona. Tal vez los que le rodean no quieren que lo sepa… por eso le distraen, aunque – reconoce –también le divierten y le ayudan a recuperarse.

Cada día Alvaro mejora sus movimientos y controla mejor su cuerpo, hasta el punto de que ya no lo siente pesado. Es más, todos los días se sorprende a sí mismo con un nuevo logro o una nueva expresión que mejora su comunicación con quienes le rodean.

Pasan los días, los meses, y son tantas las distracciones que Alvaro ha dejado atrás los recuerdos de su accidente. Ahora se siente mucho más seguro, excepto cuando ese pequeño ente chillón procura molestarle, pero también ha aprendido a defenderse, más que todo con sus gritos, a los que al poco tiempo le responden. Es más, también ha olvidado que se llama Alvaro. Sobre todo, porque ahora, quien más lo ha socorrido desde el accidente, una mujer a la que él ya sabe decirle “mamá”, le llama Valentina.

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