Una llamada misteriosa

Hoy en la tarde recibí una llamada fuera de lo común. Lo que sucedió no tuvo nada de cotidiano, más bien, me exigió toda mi concentración y presencia para no amedrentarme y poder responder de manera adecuada. Espero que así haya sido.

Cuando contesté el teléfono, una voz masculina, gruesa y firme solicitó hablar con el gerente de la empresa.

  • Con ella habla, qué se le ofrece
  • ¿Cómo es su nombre?
  • Carolina
  • Habla con (no recuerdo quién, algo con Rubiel, con nombres y apellidos), alias el ingeniero. Estamos requiriendo una reunión con usted para tratar algunos asuntos. –dijo el hombre con toda la seriedad del caso, como si se tratara de una orden judicial.

En ese momento supe que la llamada no tenía nada que ver con alguno de mis productos.

  • Con mucho gusto, dígame de qué se trata, de dónde llama.
  • Le llamamos del grupo paramilitar de Zipaquirá, y la estamos solicitando para que asista a una reunión el día de hoy a las cuatro de la tarde. Debe presentarse pasando el pueblo de Zipaquirá, entrar por una puerta roja y avanzar hasta la vereda El Retorno. Allí va a encontrar un caserío con siete casas, en donde mis hombres la estarán esperando.

Como respuesta a mi silencio, el hombre añadió:

  • Si usted no puede asistir, yo puedo decirle a mis hombres que la recojan, o si prefiere, usted puede llegar por su cuenta.

Le respondí que no podía ir, pues estaba ocupada cuidando unos niños, lo cual era cierto, a pesar de que no era realmente un impedimento para asistir a un encuentro disparatado al que de ninguna manera pensaba ir. Dada mi respuesta, con acento militar, prefirió darme la explicación de manera telefónica.

  • Bueno, la estamos requiriendo para que usted nos dé una donación de cinco millones de pesos para colaborar con equipos comunicaciones. A usted le hemos hecho un seguimiento durante siete meses y diez días, y sabemos que puede pagar esa suma. Pretendemos hacer una limpieza social en Bogotá. La inseguridad está cada vez más alborotada, ahora hay unos hijueputas que están atracando en los buses y están violando y manoseando a las mujeres en el Transmilenio.

Le respondí que no tenía esa suma de dinero y que en la empresa solamente trabajamos dos personas, mientras pedía al cielo que me iluminara con una manera de salir ilesa de aquella agresiva llamada. Hubiera podido colgar, pero quería que la conversación tuviera un desenlace. No me gusta la incertidumbre. Me enfatizó sus averiguaciones y pretendió asustarme mencionando que si veía caras repetidas, conocidas o sospechosas, eran sus amigos, que me habían estado investigando. Luego me aseguró que aquella suma solamente iba a ser requerida una sola vez, que no era ni mensual, ni anual, y que una vez pagara, ellos me entregarían una clave o código de seguridad que me permitiría andar tranquila por las calles de Bogotá. Al insistir en que yo no contaba con esa grandiosa cantidad de dinero, me propuso que le dijera con cuánto podía colaborar. Tal vez, al verme a mí misma sin salida, o no sé por qué, preferí tener discusiones filosóficas con el hombre, y me atreví a decirle que estaba de acuerdo con él en que la impunidad pulula en nuestro país y en que es alarmante la situación de inseguridad de Bogotá, pero que difería de los  procedimientos, pues “la violencia genera más violencia”. Ya de mal genio, el hombre me respondió que ese dinero no era para matar, que era, como me había solicitado al principio, para adquirir equipos de comunicaciones. Le respondí que moralmente no podía proceder a colaborarle, al no estar de acuerdo con el método. En ese momento, mientras me recordaba el nombre de mi empresa y la dirección, me cantó una amenaza:

  • ¡Cuelgue ya por favor el teléfono! ¡En este momento usted se ha convertido para nosotros en objetivo militar! Hace parte de nuestro “plan pistola”. Más bien use la plata que no nos quiso dar para cambiar su empresa para otra ciudad, pues la estaremos vigilando.

No pude responderle, pues colgó el teléfono.

¿A cuántos más están llamando? Y ¿Cuántos muerden el anzuelo? Creo conocer cómo funcionan esos pícaros, espero no equivocarme. Llaman, basados en un listado público de empresas, para ver quién se asusta. El miedo que imponen les hace llegar dinero, que dicen usar para limpiezas sociales, en las cuales – como bien se delata–  incluyen a los que no nos asustamos y no queremos seguir su juego.

Yo prefiero, o más bien elijo, no tener miedo y mantener mi consciencia tranquila.

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