Yoga y la Sierra

Es un regalo invaluable darse la oportunidad de detener el tiempo, y descansar de las definiciones que  la vida nos ha asignado: madres, esposas, ejecutivas, hijas, empresarias. Y así, dejar de ser alguien: más bien, simplemente dedicarse a ser.

A pesar de ver caras desconcertadas por la decisión de irme cuatro días sola a un retiro de yoga (con Valeria Quintana en One Love Yoga  – Palomino), no me arrepiento de haber tenido tan linda experiencia llena de paz, mar, naturaleza, nuevas amistades, historias, reflexiones, comida sana y muchos escritos.

Este fin de semana me dejó muchas enseñanzas, la primera con respecto a la alimentación. Me deleité con platos exquisitos  y completamente saludables que reiteran que comer sano no solo es posible sino delicioso. Es, más bien, cuestión de creatividad y de salirse un poco de la rutina alimentaria. O por lo menos, de conseguirse un buen recetario. No extrañé ninguno de mis actuales hábitos alimenticios, más bien me motivó a buscar y experimentar sabores diferentes.

Nos acostumbramos a las mismas personas: las visitas familiares de fin de semana y los amigos que cuentan siempre los mismos cuentos. Fue maravilloso tener una compañía de seres encantadores, con historias y misiones de vida diferentes, pero todas vinculadas por el deseo común de una experiencia renovadora. Conectamos almas a través de risas y palabras, y nos inspiramos con la luz que recibimos de nuestros compañeros de aventura.

Cuidamos nuestros cuerpos diariamente con una rutina de ejercicio, el maquillaje, o las cremas antiarrugas. A través del yoga nos damos la oportunidad de cuidarnos de manera diferente: de adentro hacia afuera, como si aplicáramos en nuestra alma el más excelso de los bálsamos para amarnos, conocernos y hacernos brillar como los seres de luz que somos. Así honramos nuestro ser, a través del movimiento de nuestro cuerpo mientras tomamos consciencia de él.

Me encantó estar en el mar, en la Sierra, en el río, rodeada de la naturaleza (que se esconde tímida en mi ciudad ultrajada por formas de cemento) que allí brota con despampanante abundancia. Su imponencia me indujo inevitablemente a amarla y a sentirme parte de ella. Y en la noche, mientras contemplaba las estrellas, me sentí infinita, eterna…como ellas.

La sabiduría Cogui también resonó en mis reflexiones: ¿qué devolvemos a nuestra Madre Tierra, que todo nos lo da de manera desinteresada? Lo mínimo que le debemos en retribución es agradecimiento y  vibraciones de amor.

La vida no nos va a agradecer lo duro que trabajamos en la oficina durante el curso de nuestra existencia. Tampoco que la despedacemos en rutinas y quehaceres. Ni que atravesemos por ella de manera arrogante sin siquiera reconocerla. Ella solo pide que la celebremos como una fiesta.

Nos merecemos lo que en lo más profundo de nuestro ser se nos implora a gritos.  ¡No lo ignoremos!

¿Y quién dijo que intentar parar la rueda de la vida y contemplarla un poco es inoficioso? Es, más bien, dirigirse al centro de la rueda misma desde donde contemplamos su giro y reconocemos su perfección.

Carolina

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