REFLEXION MUSICAL

UN CONCIERTO DE MUSICA CONTEMPORANEA

Me pregunto si todos hacemos, pensamos o sentimos lo mismo cuando vamos a un concierto de música. En mi caso, me declaro amante de la música. Muchas melodías me han sacado lágrimas, me han producido escalofríos y me han llevado a instantes sublimes. La contemporánea, todavía no, pero por ejemplo, el concierto de Aranjuez sí. Recuerdo una vez que al escucharlo, entendí lo que el autor quiso decir: sentí la guitarra llorar, y a los violines acompañarla en su pena. La entendí no como una historia, ni como algo que se pueda describir con palabras, más bien como la emanación de varios sentimientos y emociones que un hombre quiso expresar en algún tiempo, y que logró perpetuar a través de la combinación perfecta de las notas musicales.

Es lo que intento hacer cuando voy a un concierto. Trato de escuchar realmente, de sentir sin pensar y tratar de extraer el espíritu de la melodía. De sumergirme en los sonidos y tratar de percibir lo que el autor quiso transmitir con el lenguaje de su alma. Muy cómodo me resulta aquello cuando bailo una buena salsa. Pero no es tan fácil, por lo menos para mí, cuando se trata de obras contemporáneas, y no precisamente Tchaikovsky.  Creo que en ciertos momentos del concierto de anoche, lo logré: sentí la majestuosidad de uno que otro episodio, algunas angustias de las flautas y la belleza de la vida a través de los violines que intentaban llegar a lo sublime con aquella nota tan aguda que casi alcanzaba los niveles insonoros para el oído humano. Pero en otros instantes llegaba la amañada racionalidad, que en todo quiere entrometerse y participar, y se encargaba de revisar que los movimientos del director tuvieran una relación perfecta con la música que trataba de escuchar, y más tarde, se ponía a recordar eventos pasados, algunos relacionados con la música.

En cuanto al director, a cualquier buen director, la verdad, me parecen totalmente admirables, entendiendo las grandes habilidades que demanda su cargo, no solo por la sutilidad de su oído, sino por los niveles de liderazgo y de expresión corporal – que sacada de contexto hasta parece cómica – que desarrolla. Cada movimiento que, me imagino, es más espontaneo que preestablecido por convenciones, incita a extraer de cada músico lo mejor de sí y a crear un entusiasmo colectivo que desenvuelve la obra de una manera especial.  Mi asombro es porque aquellos movimientos simplemente reflejan su esencia, mostrando en ese instante el clímax de la expresión de su ser, el éxtasis total de su pasión. (Envidiable: un director y la mayoría de los músicos trabajan en aquello que los apasiona…)

Y en cuanto a los recuerdos que mi mente importunaba, se asomó un profesor, quien comparaba la vida con una sinfonía, en la cual cada uno de nosotros hacemos parte de un perfecto engranaje en donde Dios es el director. Cada ser humano tiene una partitura especial y diferente, pero que encaja de manera armónica con las de los demás. Algunas veces hay “silencios” en nuestra vida. Y está bien. En ese momento observé al joven de los timbales. Y al de los tambores. “¡Y esos manes qué!” – pensé. Demasiados silencios…En un concierto de dos horas, si mucho, tocaron tres veces. Y seguramente les gusta aquella participación secundaria…Algunos seres en este planeta tienen silencios muy largos…Sin embargo el tambor, cuando participa, potencia a los demás instrumentos, y lo hace en el momento de mayor pomposidad. Tal vez la misión de algunos de nosotros sea esperar el evento oportuno para participar solamente en un precioso instante…

Después de que mi vocecita interior me recordara que no debía estar pensando, sino más bien escuchando, recordé al señor Suzuki, gran músico e inventor del método de aprendizaje musical que lleva su nombre. Leí su libro, “Hacia la música por amor”. Su nivel de percepción era tan alto, que evaluaba a sus alumnos a través de grabaciones. En ellas podía reconocer quién tocaba, su estado de ánimo e inclusive su personalidad. Lo mismo le ocurría con cualquier músico, a quien podía conocer completamente a través de su interpretación.

Poco después observé la pareja que estaba sentada justo en la fila de adelante. Y, con aquella música de fondo, armé su historia como si estuviera en el cine:

…Roberto va acompañado por de una mujer bonita, de estatura mediana y vestimenta sencilla. Toma su puesto en platea y, desde que suena la primera nota, el silencio de la pareja permanece hasta el final. Roberto escucha la música muy concentrado. Identifica claramente el género al cual pertenece cada una de las obras, aprueba el profesionalismo de los músicos, confirma las tonalidades (si son mayores o menores), si la pieza es andante, piano o adagio, tararea en su mente algunas de las fracciones conocidas, y escucha. Es músico.

Tatiana intenta tratar de entender aquella música contemporánea que poco la apasiona pero que definitivamente quiere entender. Se sorprende admirando la armonía visual de los violinistas que se mueven simultáneamente de un lado a otro, como olas al compás de la melodía; el perfecto atuendo de todos los músicos totalmente uniforme, incluyendo los tenis y sus cordones, y la liviandad que aquellos le dan a los jóvenes concertistas. Con aquella música imagina una pantalla de televisión con los personajes de Tom y Jerry, y luego, a Mikey Mouse y a Tribilín. Poco después ella misma se reprende, aquella música es más que un fondo de películas animadas, eso quiere creer. Ni que lo sepa Roberto.

Finalmente, creo que en un punto de nuestra evolución, cada vez más la humanidad consumirá más arte y dejará de consumir tantos “productos”, pero ese será otro tema.

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Un comentario sobre “REFLEXION MUSICAL

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  1. Un agradable análisis de cómo se dirige una empresa y cómo su resultado tiene diferentes facetas de interpretación, quien quiera entender verá lo sublime de la tonada, pero a quien no le interese solo verá lo que su razón alcanza a concebir.

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