En las oficinas de una importante firma de ingeniería varios empleados trabajan hasta tarde, con el fin de entregar un importante proyecto. Todo se va cocinado para que algunos de ellos terminen haciendo algo inusual en un motel.

Como cualquier otra tarde rutinaria, Mario interrumpe su concentración, se despereza estirando los músculos de sus flácidos y pálidos brazos, gira de manera mecánica unas cuantas veces su cabeza y se dirige a tomar un café sobre el pasillo común de las oficinas. Son las 5.45 de la tarde. Su jornada ya por tiempo debería haber cesado, mas no por deber, pues debe entregar los cálculos de suelos para el proyecto de una urbanización de interés social.

Mientras se enfría el café, que casi quema las yemas de sus dedos sin que Mario lo haga consciente, como tampoco lo hace con su penetrante aroma, piensa emocionado en los detalles que le faltan para terminar aquella tarea que le reta y que a la vez disfruta. Igual que lo hacía cuando, de niño, descubría la magia de las sumas y las restas al vaivén de los números, que se hacían préstamos sin preocupaciones y con generosidad para regalarle al final un genial resultado.

Ensimismado en sus pensamientos le interrumpe Enrique quien, también, busca un descanso en un vaso de café. Son amigos desde que ingresaron, al mismo tiempo, a trabajar en aquella firma de ingeniería. En muchas cosas son parecidos, como en el amor a los números y en su sentido del humor, ambas cómplices de horas amenas en la oficina.

En otras cosas, son muy diferentes. Mario es hombre de varias mujeres, por eso sigue soltero y no piensa incitar a mujer alguna a llevar un vestido blanco a ningún tipo de altar, incluyendo al notarial. La vida es muy corta, las mujeres son muchas y demasiado bellas para desperdiciar el sentido del gusto en el néctar de una sola flor.

Por el contrario, Enrique cree en el hogar y se enorgullece de haberse casado con Diana, después de cuatro años de noviazgo. Así han sido todas sus escasas relaciones sentimentales: duraderas. No han tenido hijos, pero disfrutan mutuamente de su vida en pareja. Enrique es hombre de una sola mujer, con Diana todo lo puede hacer: conversar, cenar, bailar, amar. Para qué la quiere cambiar por otra, si todas las mujeres son la misma cosa, igual de complicadas.

Eso no quita que Enrique se detenga a admirar la belleza femenina cuando la ocasión se presenta, ni mucho menos le impide observar las voluptuosas nalgas de ancestro africano de Sandra, la arquitecta, cuando se inclina sobre la mesa vecina de su escritorio a estudiar los planos de la urbanización. Enrique la mira, con tan poco disimulo, que varios de sus colegas se han dado cuenta y no se cansan de hacerle bromas en la ausencia de Sandra. Tampoco se abstiene de fantasear con las mujeres bellas ni regocijarse en la leve y sutil sonrisa coqueta de que vez en cuando Sandra le lanza con disimulo.

Ya es poco lo que le falta a Mario para terminar. Por el contrario, Enrique le comenta que está un poco atrasado. Aprovechando el descanso cafetero, Enrique llama a su esposa para informarle que llegará tarde a casa.

Una hora después y justo a la hora en que a Mario le gusta cenar, envía por correo a su jefe  – dueño de la empresa –, de manera ordenada y concisa, el informe con los cálculos del proyecto para su revisión y aprobación. Ya varios de sus compañeros han terminado, excepto Enrique y Sandra. Ambos deben compilar el informe y terminar el ensamblaje final para presentarlo al siguiente día a su cliente principal.

Mario les pregunta si requieren algún tipo de ayuda, a lo que, para su alivio, responden que no. Orgulloso de su eficiencia y genialidad decide darse una retribución, la cual espera compartir con su novia de turno, a quien llama para invitarla a cenar.

Las velas de luz tenue, la suave y sensual música brasilera y las copas de vino de más, han invitado a Mario y a su novia a terminar tan ajetreado día con algo más relajante. Mario solamente dispone de su apartamento los fines de semana, cuando sus padres viajan de descanso a un pueblo cercano. Sara también vive con sus padres, pero Mario esa noche no puede esperar y, como en otras eventuales ocasiones, bendice a quien inteligentemente se inventó los moteles.

Con la experiencia de aquel que ha llevado muchas mujeres a ese tipo de negocios y con la sutileza de un hombre conquistador, propone a Sara una visita al motel Miramar. Sara acepta. Es la primera vez que ella irá a uno.

En los tiempos modernos los prejuicios de la primera vez se han convertido simplemente en aventura y expectativa. Es una experiencia completamente nueva y divertida para Sara, lo confirma desde el momento del ingreso, pues le parece graciosa la clandestinidad con que se invita a pasar a los clientes. El vigilante de la entrada, con voz misteriosa, les asigna el garaje número ocho, al fondo en el costado derecho.

Sara, expectante, ríe y observa todo detenidamente, como una niña pequeña en una nueva aventura. ¡Mira, ahí van entrando otros dos sin apartamento de soltero! – le comenta a Mario de forma casual.

Mario voltea a mirar y reconoce el carro de su amigo, Enrique, justo antes de entrar al garaje número siete, poco antes del fondo, costado derecho. Y no lo puede creer. Puede reconsiderar el hecho de que Enrique no sea tan fiel como aparenta, pero lo que le parece inaudito es que su amigo no confíe en él.

Al comentarle a Sara, ella lo justifica. Hay hombres más reservados que otros. Además, a nadie le gusta estar contando sus pecados a diestra y siniestra, sobre todo cuando al considerarlos como tales hacen sentir el peso de la culpa.

A Mario se le ocurre una broma, e inmediatamente nombra como cómplice a su novia Sara. Esperan un rato en la habitación asignada. El deseo de sus cuerpos ha sido aplacado por la genialidad y la diversión de aquella oportunidad. Sara nunca se imaginó lo que iba a terminar haciendo en un motel.

Entonces se dirigen al garaje número siete, caminando sigilosamente. Sara revisa que la puerta de la habitación esté cerrada, mientras Mario confirma el número de las placas del automóvil. Sí, es Enrique. Así que procede a abrir el carro y tomar el panel del radio. Será un préstamo corto. Se lo devolverá al día siguiente, cuando Enrique le confiese sus travesuras de la noche anterior.

¿Con quién estará? Con su esposa es imposible, pues seguramente ese dinero lo prefieren para otro tipo de gastos. ¿Con Sandra? Ya se imaginaba Mario que entre esos dos había algún tipo de atracción. Definitivamente, y como dicen los dichos, “el que menos corre vuela” y “las apariencias engañan”.

Enrique tiene derecho a disfrutar de las nalgas de Sandra después de apetecerlas tantas veces bajo el cielo raso de su oficina y tener que conformarse con las de su parca esposa: planas como la sabana de Bogotá – piensa Mario. Hasta envidia le da que la dulce Sandra haya sucumbido a la prudencia de su amigo  – quien sabe cómo–, pero al mismo tiempo le admira.

Mario nunca había entrado a un motel para hacer algo diferente a lo usual en esos lugares, a pesar de que esa noche ambos se divirtieron como niños. Tampoco había robado, excepto una vez de niño. Sin embargo, la vergüenza de tener que confesárselo al padre Francis, antes de su primera comunión, le había hecho desistir definitivamente de tan terribles costumbres. Hasta esa noche en la que, en vez de culpa, Mario encuentra un regocijo inquietante.

De mañana temprano Mario, emocionado, no olvida lo más importante que debe llevar al trabajo: el panel del radio. No ve la hora de ver la cara de alivio y sorpresa que Enrique le devolverá a cambio.

Mario llega primero a la oficina. Solamente se encuentra Sandra, a quien mira con más detalle que de costumbre. Le examina sus redondas y protuberantes nalgas e inmediatamente justifica a su amigo. Luego la observa a toda ella, tan tranquila y  descarada, como si nada hubiera ocurrido la noche anterior. Cada vez más las mujeres le parecen un tipo de acertijo indescifrable.

Poco más tarde llega Enrique, quien saluda a Mario como de costumbre. Mario, forzadamente y sin más opciones, también lo hace, pues allí se encuentra Sandra, en la misma oficina.

Mario ha esperado más de tres horas para buscar el momento oportuno y preguntarle maliciosamente a Enrique, sin que Sandra lo escuche, “¿Cómo le fue anoche?”. Y por fin se ha dado el momento en que su jefe ha llamado a Sandra a la oficina. Mario tiene escondido el panel en el bolsillo trasero de su pantalón. No ve la hora de devolver lo ajeno, no solo por la risa que como amigos cómplices les va a causar, sino por la memoria del rostro inquisitivo del padre Francis recordándole el quinto mandamiento. Afortunadamente, en esa época de infancia no sabía exactamente qué era “fornicar”, pues sería muy grave que en todos sus habituales acercamientos recordara el rostro de ese cura predicando el sexto mandamiento.

Finalmente Mario, con picardía, le pregunta a Enrique:

  • ­ ¿Y cómo le acabo de ir anoche?

–  Muy mal hermano, anoche a mi esposa le robaron el radio del carro ¡en el supermercado!

Hubo un silencio sepulcral.

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2 comentarios sobre “Picardias de un motel

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