Margarita

Inspirada en una historia similar, contada por mi madre. Pero que nos invita a reflexionar acerca de las cárceles autoimpuestas….

Margarita, dirige su mirada perdida a través de la diminuta ventana de su celda en la que solamente se divisa un patio interno del establecimiento por donde casi nadie circula, excepto cuando hay nuevos ingresos, mientras evoca nostálgica los pocos años de su juventud, cuando vivía en libertad. Ya casi no recuerda cuando corría libremente por el campo, descalza, ni cuando jugaba con sus hermanos más pequeños corriendo sin límites de potrero en potrero; ni cuando sumergía  los pies en el río sintiendo la frescura, el fluir y la pureza del agua tibia; ni cuando permanecía en soledad durante varias horas inmersa en su cotidiano paisaje de las fincas de Santander, donde sus canciones eran el sonido de los pájaros, de los grillos y el murmullo del río…No, casi no lo recuerda, solamente lo hace su alma solitaria, mientras que ella mira ausentemente por la ventana. Algo más profundo que ella llora, sin que el rostro de Margarita lo haga y ni siquiera lo intente.

Su estancia ha sido muy difícil durante todo este tiempo. Al principio no fue tan difícil: era joven, bella y estaba llena de esperanza, creía en Dios y por eso mismo puso su destino en Sus manos. Sus compañeras la recibieron de manera amigable, le delegaron algunas tareas que le hacían entretenerse durante el día; ella era fuerte y sus oraciones la hacían serlo cada día más. Además, Samanta tenía cierta preferencia por ella y le ponía -como autoridad que era- los trabajos más sencillos y menos aburridos, haciéndola sentir como en casa. Fueron años tranquilos que permitieron que  Margarita se conociera a ella misma y se adaptara a una rutina que, durante mucho tiempo, mantuvo sin cuestionarse su situación.

Todo comenzó a cambiar cuando una noche, sin poderse contener, Samanta irrumpió en su celda, le confesó su atracción por ella y trató de seducir a Margarita, quien sin pensarlo dos veces la rechazó, le dijo que la respetara, que a ella no le gustaban las mujeres y que además de todo no le parecía correcto. Desde ese día Margarita pasó de ser la preferida a ser mujer de menos categoría, haciendo los peores trabajos del establecimiento. Comenzó a sentirse desprotegida y a la vez observada y juzgada, pues sospechaba que sus compañeras ya supieran las intenciones de Samanta.

Margarita no se daba cuenta de que estaba pasando allí los años más preciados de su juventud, nunca extrañó la fragancia masculina de un hombre guapo, ni la belleza que inspira su paisaje natal, ni su libertad, ni a su familia. Buscaba la fortaleza en Dios, a quien constantemente le rezaba cada vez que algún recuerdo o deseo impuro llegaba a su mente.

A Margarita le pasaban los años mientras que la rutina continuaba, hasta que comenzó a verse ella misma reflejada en las nuevas mujeres jóvenes y bellas que llegaban al establecimiento, a quienes recibían con entusiasmo y  las hacían sentir como en su casa. Comenzó a ver cómo Samanta las miraba con deseo, -¡cómo no se había dado cuenta antes!- y a deducir quiénes accedían a sus pretensiones y quiénes las rechazaban, si de repente resultaban lavando los baños.  Comenzó a notar la marcada diferencia entre las feas y las bonitas, donde unas trabajaban más duro y otras no tanto, donde unas comían manjares y otras eran simples criadas.

Pasaron los años mientras todo iba empeorando, porque además de haber rechazado a Samanta y tener que asumir las consecuencias de una pesada cotidianidad marcada por la indiferencia, Margarita era cada vez más vieja y ya ni siquiera por su belleza podía ganarse su consideración. Y luego, más vieja aún, ni para trabajos pesados servía, se convertía en un estorbo y ella así mismo se sentía.

Una pequeña luz brilló cuando llegó de visita alguien de mayor rango que Samanta. Su corazón palpitaba, pues algo le decía que debía contar lo que ocurría, aunque no fuera correcto saltarse las jerarquías. Consciente de que iba a romper una regla, cuando se dio la oportunidad, siguió a la visitante, le guiñó el ojo y le dijo en voz baja que debía hablar urgentemente con ella. La superiora inmediatamente accedió y se fueron susurrantes caminando por un pasillo. Samanta las vigilaba, tal como Margarita lo sospechaba, por eso, en poco tiempo y de manera nerviosa y agitada, Margarita le contó todo lo que ocurría. La visitante le respondió sin asombro, de manera parca y sin importancia, que tomaría su preocupación en consideración. ¡Qué desilusión darse cuenta de que la superiora ya lo sabía y, lo peor, que no le incumbía!

La visitante se fue y todo volvió a la normalidad, excepto porque Samanta tomó represalias contra ella, y ya no le era permitido hablar. La última vez que Margarita habló fue cuando, bajo presión e intimidación, informó a sus compañeras que “voluntariamente” había hecho los votos de silencio.

Su corazón no aguanta más desengaños, lleva ya cuarenta años encerrada en el Convento de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, buscando a Dios, pero se ha encontrado con el diablo. Se ha enfermado varias veces y a duras penas le atienden. Por su condición de monja enclaustrada ha perdido contacto con toda su familia desde el mismo día de su ingreso. Mientras mira  por la pequeña rejilla de su celda, se pregunta si malgastó su vida, si tomó la decisión equivocada, si Dios existe, y si existe porqué no le habló, y si habla, porqué le habló de esa manera. Se siente completamente triste y se pregunta si esa soledad, que la hizo sentirse varias veces cerca de Dios, es la misma que ahora la hace estar en el propio infierno. Margarita no puede hablar por los votos que, con manipulación, se vio forzada a hacer. Su alma sigue llorando de manera desesperada, entonces toma lo único que hay en su humilde habitación y que le puede ayudar en ese momento: la Biblia. La conoce casi de memoria. Recuerda los sufrimientos que tuvo que padecer su Señor Jesucristo antes de la crucifixión, los suyos son insignificantes en comparación – se consuela –, pero ya no encuentra solución a su desesperanza.

Por la pequeña rejilla ve ingresar a otra bella muchacha, igual de ingenua que ella hace cuarenta años cuando al no sentirse capaz de volverse a enamorar y vivir un nuevo desengaño, cuando creyó que iría a encontrar una vida activa sirviendo al Señor, había confiado voluntariamente toda su existencia al servicio de un convento. Margarita no aguanta más y rompiendo sus votos, a través de la pequeña rejilla, grita un premonitorio NOOOO lleno de desespero y frustración.

Antes de que todas las demás monjas del claustro aparecieran para investigar la causa de semejante grito, la madre Margarita decide intentar pasar al cielo, tal vez pagando una pequeña temporada en el purgatorio, pues fue más el tiempo en que ella fue buena y devota, que los pocos minutos de pecado en los que cometerá la terrible falta de quitarse la vida para huirle al infierno. Reza un padrenuestro, pide perdón a Dios por anticipado, toma el tenedor que usó minutos atrás para ingerir su cena y lo entierra con ahínco en las venas de sus muñecas.

Al llegar a la escena, las demás monjas de la congregación se preguntan si sería una de sus crisis, como aquella que primero la hacía hablar sola, como la que luego le había quitado el habla, tal vez la misma que habría hecho culpar nuevamente a la imaginaria madre Samanta, mujer que solo Margarita conoce y que parece ser la autora del asesinato con un tenedor.

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6 comentarios sobre “Margarita

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  1. …y cada ser impone a su vida carceles que de una u otra forma no permiten ver la luz divina,su verdadera esencia.
    Un fuerte abrazo

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