La negrita Matilde

En honor a los héroes anónimos que diariamente luchan por la vida, les comparto este cuento inspirado en el invierno, en nuestra gente, en nuestra cultura  y en Colombia.

La negra Matilde parada en el patio de su choza, de frente a una piedra mucho más vieja que ella, restriega la ropa que el cura del pueblo le encarga en su rutina semanal, mueve sus brazos de manera mecánica y rítmica a la vez, canta un vallenato y continúa en su refregar.

Es el mismo cura desde hace ocho años, no tan simpático como su antecesor, el padre Miguel, quien ensuciaba más ropa y por eso mismo más le pagaba, a quien todo el pueblo admiraba por sus sabios consejos a los problemas cotidianos, por sus salomónicas decisiones para los enredos comunes, hasta cuando de cuernos se trataba y a quien todos convidaban a su humilde morada: a comerse un sancocho o aunque fuera, un café. Y eso sí, el padre Miguel, que de gula no pecaba, pero casi se acercaba, nunca rechazaba aquel tipo de invitaciones: se le notaba en su panza, demasiado circular.

Dicen que los superiores del padre Miguel, al ver tanto apego del pueblo del valle, lo enviaron de misión a otro, mucho menos poblado y un poco más reservado, para que aprendiera que se sigue es al Señor y no a su servidor.

Y ahora el nuevo cura Iván, tan pulcro en su vestir, tan serio en su mirar, tan inspirado en el hablar y que sentencia los pecados que perdonaba el padre Miguel, entrega su ropa casi sin saludar, mientras la negra no para de cantar. El padre le dice, que mejor cante un Aleluya y la negra sonríe, pero no se atreve a mirar.

Sus cinco negritos juegan y también revolotean. A la escuela sí van, gracias al padre Iván, quien insiste siempre en la importancia de la educación. Los grandes ya saben leer y hasta sumar. Es bueno que aprendan, a ver si así  pueden ayudar, aunque sea cobrando a esos que a veces no quieren pagar. Como si lavar fuera oficio fácil, a la negra Matilde le llevan montones de ropa, una manchada, otra olorosa o inclusive para coser y ella, resignada, continúa su oficio sin siquiera alegar.

Pasan los años y Matilde sigue lavando, nunca se queja ni se ha quejado, tampoco reclama, ni mucho menos llora. Fuerte como un roble trabaja sin descanso mientras lucha por sus negros, que ya se están marchando. La grande ya tiene marido y la que le sigue quiere uno, pero no cualquier descolorido. En cambio la pequeña, talentosa, bella y tierna, quiere un blanco adinerado, que la saque de la pobreza y la trate como princesa. Y por eso se aprovecha de los hombres que la acechan, no gasta ni para el almuerzo y ahorra hasta el último peso. Quiere irse a la ciudad a probar fortuna, tal vez como modelo, ¡qué tal que les falte una! Matilde ve esperanza en su hija consentida, tal vez cambie su vida, pues además de bonita es también muy divertida.

Los dos varones recogen la caña en las cosechas y cuando acaba la temporada, se beben el sueldo en cerveza, sin pensar en el mañana ni mucho menos en una pareja. Aunque pensándolo bien, muchas sí han tenido, pero ninguna que los haga sentar su cabeza. Hijos tal vez tienen, pero ni siquiera se enteran, lo mismo que le ha pasado a su madre la lavandera, pues sus hijos no tienen padre, ni parecido que los quiera.

La pequeña ya decide, emprender su camino, irá a buscar trabajo, a donde la lleve el destino. Parte con sus ahorros escondidos por debajo del sostén, como le enseñó su madre, desde que se lo pudo poner. Carga en la mano una mochila, tejida por Matilde cuando le quedaba tiempo libre. Lleva ropa, maquillaje y una virgen de amuleto, está casi segura de que eso le ayudará a conseguir un buen sueldo. Se despide de su madre, quien también lo hace con pesar, pero por su misma fortaleza no se detiene a llorar, simplemente da la vuelta y se pone a trabajar. Matilde nunca ha llorado y tampoco le ha faltado, tiene duro el corazón, con toda la razón. Su madre la dejó y tampoco así lloró, mucho menos cuando el río a su casa le llegó, pues las lluvias de abril todo el pueblo inundaron y sin nada la dejaron. Solo una lágrima le salió, cuando el mismo río se llevó al negrito más pequeño, que solito caminando, cuando apenas aprendía, de su casa se salió y Matilde no lo vio.

Juana María tiene miedo, aunque sabe que ya no hay remedio, no se echará para atrás, es mejor continuar. Toma un bus a la capital, sin saber en dónde parar, el instinto le dirá. Duerme cansada un rato hasta que su ansiedad la consigue despertar. Después de unas curvas más por fin habrá llegado ya a la gran ciudad.

Tiene un pequeño papel con la dirección de su tío en donde buscará abrigo mientras que busca un mejor sitio. No sabe por dónde empezar, ni tampoco a quién preguntar, todo es tan diferente, extraña a toda su gente, nadie se detiene a ayudar, ¡qué gente tan indiferente! Se anima por fin y se dirige a un anciano que por fin le da la mano y luego se va muy agradecida a buscar su guarida.

La recibe sonriente el tío sin tres dientes. Él tiene un taller, en donde repara herramientas. Hace mucho que no se ven, desde que ella era muy pequeña. Por la impresión del lugar todo parece sucio y desordenado, poco apropiado para ella, que se cree la Cenicienta. Igual lo intenta y mucho lo agradece: el primer día ayuda al tío, el segundo prefiere cocinar, el tercero limpia su casa y el cuarto ya se larga, pues no nació para eso.

Toma un periódico, necesitan vendedoras, se pone su mejor ropa, se perfuma hasta los huesos, se pone un labial coqueto y se dirige a su aventura. Llega a un almacén que casi no encuentra, a pesar de la indicación del tío. Luego viene el primer desafío cuando le hacen la entrevista: preguntan dónde ha trabajado, pero ella solo ha cobrado lo que lava su madre en el pueblo que ha dejado.

Parece que no le sirve tan poca experiencia. Entonces ella se acuerda de su madre Matilde, aquella que nunca se rinde, ni cuando llegó el río a su choza, ni cuando faltaba comida, ni cuando los hombres la dejaban después de quedar preñada. Y solamente ahora comienza a extrañarla y a descubrir la sabiduría, la fuerza y la energía que su madre le ha legado, sin que ella lo hubiera notado.

Así que Juana María sigue limpiando la casa del tío y también las herramientas. Ya los clientes contentos las reciben casi nuevas, pues las brilla con esmero. Y ni hablar de la clientela, que cada vez es más grande, no solo por la limpieza sino por semejante belleza.

En una de esas visitas, entra un hombre blanco a quien ella ve guapo, aunque es un poco flaco: él le ofrece trabajo y ella no lo rechaza, pues ha llegado la hora de que su vida cambie. Comenzará como ayudante, pero pronto se volverá la amante del guapo blanco elegante. Ella se enamora y no ve la hora en que su hombre pálido la vista también de blanco. Pobre ingenua muchacha, pues aunque él algo la quiere por ella no se muere, solamente es su ayudante, joven, bonita y eficiente, pero él mejor prefiere una mujer más decente.

Juana María vuelve a su pueblo, con dinero en mano, a visitar a Matilde, a quien tanto ha extrañado. Y qué sorpresa se lleva cuando alguien le confiesa, que su madre ha regresado a la vida celestial. La negrita Matilde, que nunca lloró y todo se lo guardó, un día amaneció con su corazón explotado. Fue la única forma en que pudo llorar, al brotar sus lágrimas de sangre de una forma muy singular.

Y entonces Juana María se queda a lavar, y así tratar de honrar a su madre la lavandera. Al poco tiempo se entera de que en su vientre lleva una semilla blanca, a quien debe cuidar: una pequeña criatura, bella sin igual, blanca como las nubes, rizada como su raza y con la misma mirada candela de su abuela la lavandera. Y cuando la mira a los ojos, se pregunta Juana María si es que su madre regresa, para volver a luchar y aprender a llorar.

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